Empleados, choferes, vendedores ambulantes y trabajadores independientes de Puebla no piensan entrar en cuarentena por el virus Covid—19, pues esto representaría no comer o dejar sin alimento a su familia.

A pesar de que sus ventas y prestación de servicios se desplomaron hasta en 90 por ciento de una semana a otra, están dispuestos a morir en la raya hasta que pase la contingencia o hasta que su negocio aguante.

El aislamiento es un privilegio para la gente que vive al día, pues no concibe en su mente la posibilidad de no salir a trabajar y poder sostenerse.

“No tenemos de otra, tenemos que trabajar. Para nosotros no hay otra posibilidad de ganar dinero”, sentenció una vendedora de papas fritas, que hasta el mediodía de este martes no había vendido nada.

La semana pasada —recuerda— por el edificio Carolino transitaban cientos de estudiantes y autos, como todos los días, pero ahora no hay nadie.

Con la declaratoria de la fase II de la contingencia, el gobierno de Miguel Barbosa Huerta decretó oficialmente la cuarentena. Cines, bares, antros, gimnasios, centros de esparcimiento y baños públicos, estarán cerrados del 24 de marzo al 19 de abril, en una primera etapa, pues el periodo podría extenderse conforme a las circunstancias.

Sin aislamiento, solo esperan

Con el Centro Histórico semivacío, sin gente, pocos autos y en silencio, sin estar obligados también cerraron hoteles, restaurantes, cafeterías, papelerías, tiendas y locales de artesanías.

En un ambiente de incertidumbre, con las calles vacías que se ven más grandes y el calor del mediodía, la espera es más larga para quienes no habrá aislamiento.

“Ya nos dijeron que esta semana estará abierto, pero la otra quién sabe. No sabemos qué va a pasar, sólo queda esperar”, relata Lucía mientras limpia el mostrador de la tienda de artesanías que atiende en la 6 Oriente.

De ella dependen dos hijos estudiantes y este empleo es su único ingreso. Confiesa que está preocupada por la crisis, pues las ventas cayeron 90 por ciento, pero enfatiza que a pesar del riesgo del coronavirus, no puede quedarse en casa, como sugiere el gobierno.

La gente se va a quedar sin comer

“La gente se va a quedar sin comer, eso es lo que va a pasar”, sentencia un locatario de “El Parían”, quien advierte que el aislamiento provocará una crisis económica nunca antes vista.

Él es parte del pequeño grupo que abrió su negocio, pero ve con tristeza la soledad del mercado de artesanías, al que destaca como “un bello lugar”.

A su izquierda, en la 2 Oriente, están cerrados los bares y restaurantes de comida tradicional. Culpa a los medios masivos de sembrar el pánico en la población, y luego bromea que su hijo y su nuera tendrán que mantenerlo, porque seguramente llegará el día que no podrá pagar la renta de su local.

Con desánimo, un joven no despega la vista de su teléfono. Son las 2 de la tarde y junto a su bicicleta en el zócalo solo espera algo: su primer pedido del día.

Con más de un año en Uber Eats revela que la última semana ha sido la peor de todas. Si en domingos aún no completaba un encargo cuando ya tenía otro, el último que pasó no tuvo ningún pedido en tres horas.

El fenómeno lo atribuye a que, a pesar de estar en casa, la gente prefiere preparar la comida en vez de comprarla, o que hay temor de que los alimentos estén infectados.

Con sentido irónico relata que también era mesero, pero el bar donde laboraba cerró por el decreto. Convencido de que la situación no mejorará de inmediato, adelanta que buscará otro empleo, pues sus deudas “no van a esperar”.

“Algo tiene que salir”

Un taxista espera frente a la iglesia de San Francisco. A las 3 de la tarde solo había realizado un viaje desde las 8 de la mañana que comenzó su jornada.

Pese a la tragedia, confía en que “algo debe de salir”, y con optimismo enfatiza: “algo tenemos que hacer, pero tenemos que levantar la economía”.

Si bien su esposa e hijo dependen de él, se dice dispuesto a entrar en el aislamiento si de eso depende la salud de todos, aunque al mismo tiempo reconoce que no sabe si habrá comida en casa.