“¿Cómo estás?” Es probablemente una de las preguntas que más hacemos a las personas que queremos. La decimos al encontrarnos, al regresar de la escuela, durante una llamada o mientras compartimos la mesa. Sin embargo, muchas veces la formulamos casi automáticamente y recibimos un “bien” con la misma rapidez con la que continuamos nuestra rutina.
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Pero ¿qué pasaría si alguna vez nos detuviéramos realmente a escuchar la respuesta? Septiembre nos invita a hacerlo. El próximo 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio y, durante 2026, la Organización Mundial de la Salud mantiene como lema “Cambiar la narrativa sobre el suicidio”, acompañado de una invitación particularmente significativa: comenzar la conversación. La propuesta busca sustituir el silencio, el estigma y los prejuicios por conversaciones abiertas, empáticas y capaces de conducir hacia la ayuda.
Y es que necesitamos hablar, ya que, en México, durante 2024 ocurrieron y fueron registradas 8 mil 856 muertes por suicidio entre personas de 10 años y más, equivalentes a una tasa de 6.8 por cada 100 mil habitantes. Hace una década, en 2014, esa tasa era de 5.1.
Cuando observamos las edades, los datos deberían llamarnos especialmente la atención como familias. Entre niñas, niños y adolescentes de 10 a 14 años, la tasa fue de 2 suicidios por cada 100 mil habitantes; entre las personas de 15 a 29 años aumentó hasta 10.2. En los hombres jóvenes de ese último grupo alcanzó 15.4 por cada 100 mil habitantes y en las mujeres, 5.1. En Puebla, la tasa estandarizada registrada para la población de 10 años y más durante 2024 fue de 6.8 suicidios por cada 100 mil habitantes, igual a la tasa nacional.
Detrás de cada uno de estos números hubo una persona, pero también una familia, amigos, compañeros de escuela o de trabajo y una comunidad que probablemente quedaron preguntándose qué ocurrió y si algo habría podido hacerse diferente. Debemos ser muy cuidadosos con esa pregunta.
El suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial. No puede atribuirse a una sola causa, a una discusión familiar, a una separación, al uso de las redes sociales ni a una supuesta falta de comunicación. Mucho menos debemos colocar sobre madres, padres, parejas o familiares la idea de que son responsables de impedirlo.
Pero reconocer esa complejidad tampoco significa pensar que nada podemos hacer. Desde la familia, una de nuestras herramientas más importantes puede ser precisamente la comunicación y esto no significa únicamente hablar, sino también observar.
Un hijo puede no llegar a casa diciendo claramente: “Estoy sufriendo” o “necesito ayuda”. Algunas veces el dolor se expresa de otras maneras: aislamiento, desesperanza, irritabilidad, pérdida de interés en actividades que antes disfrutaba, cambios importantes en su comportamiento o comentarios relacionados con sentirse una carga, no encontrar salida o pensar que nada tiene sentido.
Por eso, en una familia necesitamos aprender a escuchar no solamente las palabras. También debemos aprender a reconocer los silencios, los cambios y aquello que a alguien le está costando decir. Después viene quizá la parte más difícil, como es el atreverse a preguntar.
A muchos padres les asusta hablar directamente sobre suicidio con sus hijos porque existe todavía la creencia de que mencionar el tema podría “ponerles ideas”. Este temor puede llevarnos precisamente a evitar una conversación que alguien necesita tener.
Hablar de lo que duele no significa promoverlo, sino abrir un espacio en el que otra persona pueda expresar aquello que quizá lleva tiempo guardando. Podemos empezar con algo tan sencillo como: “Te he notado diferente últimamente, ¿quieres contarme qué está pasando?”, “Me preocupa cómo te has sentido” o “Estoy aquí para escucharte.”
Y, cuando existen señales preocupantes, también debemos ser capaces de preguntar directamente si la persona ha pensado en hacerse daño o en morir. Pero tan importante como preguntar es saber qué hacemos después de recibir la respuesta.
Porque escuchar no significa interrogar, ni tampoco es responder inmediatamente con frases como “échale ganas”, “no tienes motivos para sentirte así”, “hay gente con problemas peores”, “todo está en tu cabeza” o “tienes toda la vida por delante”.
Probablemente esas palabras nazcan del amor y del deseo desesperado de hacer sentir mejor a alguien. Sin embargo, pueden comunicar algo distinto: lo que estás sintiendo no debería estar pasando. Escuchar implica hacer algo que en nuestra vida acelerada resulta cada vez más difícil, como lo es permanecer.
Permanecer junto al otro sin intentar solucionar inmediatamente su dolor. Reconocerlo. Tomarlo en serio. Hacerle saber que no tendrá que enfrentarlo solo.
Además, debemos recordar que la comunicación familiar tiene límites. Una madre o un padre no tienen que convertirse en psicólogos de sus hijos. Una pareja tampoco tiene la obligación de tener todas las respuestas. Escuchar no sustituye la atención profesional.
La familia puede ser el puente para identificar una situación de riesgo, acompañar y buscar ayuda especializada. De hecho, la prevención del suicidio requiere la participación conjunta de familias, comunidades, escuelas, servicios sanitarios e instituciones.
Quizá por ello tendríamos que dejar de pensar que la prevención comienza solamente cuando aparece una crisis, sino analizar que inicia mucho antes.
Empieza en aquellas familias donde podemos hablar de tristeza sin sentir vergüenza; donde un adolescente puede reconocer que tiene miedo; donde alguien puede decir que fracasó sin pensar que perderá el reconocimiento de los demás; donde un hijo no necesita aparentar permanentemente que está bien para no preocupar a sus padres.
Empieza cuando preguntamos por el día y dejamos el teléfono para escuchar la respuesta. Cuando aprendemos a no ridiculizar las emociones. Cuando los adultos también podemos reconocer: “me equivoqué”, “no sé qué decirte, pero estoy contigo” o “vamos a buscar ayuda”.
No existe la familia perfecta ni una fórmula de comunicación capaz de protegernos de todos los riesgos, pero sí podemos construir familias donde hablar sea posible. Por ello este septiembre, quizá podamos comenzar por recuperar aquella pregunta aparentemente cotidiana: “¿Cómo estás?”, pero esta vez sin decirla de paso. Preguntarla mirando a los ojos. Preguntarla sin juzgar. Preguntarla dispuestos a escuchar incluso aquello que nos asusta escuchar.
Porque hablar no siempre resolverá el problema, pero una conversación puede abrir una puerta. Y, en determinados momentos, hablar también puede salvar una vida.
Si tú o alguien cercano atraviesa una crisis emocional, tiene pensamientos suicidas o necesita orientación, en México puede comunicarse gratuitamente a la Línea de la Vida: 800 911 2000, disponible las 24 horas, los 365 días del año. En una situación de emergencia inmediata, llama al 911.