Si en los últimos días ha navegado por TikTok, Instagram o alguna otra red social, quizá se haya encontrado con jóvenes que se miran fijamente, adoptan una pose, hacen algún movimiento aparentemente sencillo y esperan la reacción de quienes los rodean. No están bailando, tampoco protagonizando una pelea. Están, como dicen ellos, “farmeando aura”.
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La expresión puede resultar extraña para quienes no estamos familiarizados con algunos de los nuevos códigos digitales. “Farmear” proviene del lenguaje de los videojuegos y se refiere, en términos generales, a realizar determinadas acciones para acumular recursos, experiencia o puntos. El “aura”, en cambio, representa algo mucho menos tangible: presencia, carisma, seguridad, estilo o esa capacidad difícil de explicar que hace que una persona llame la atención.
Así, “farmear aura” significa hacer algo que aumente simbólicamente nuestro atractivo o prestigio frente a los demás.
El fenómeno no es nuevo, pero durante este mes, agosto, tomó especial fuerza en México y otros países de América Latina con las llamadas “batallas de aura”, es decir encuentros en los que principalmente adolescentes y jóvenes se enfrentan mediante miradas, poses, movimientos y actitudes para demostrar quién proyecta mayor seguridad o presencia. Las redes hacen el resto, ya que a través de videos, comentarios y espectadores deciden, simbólicamente, quién ganó o perdió “aura”.
Visto desde fuera puede parecer absurdo, incluso podemos sentir la tentación de concluir que se trata simplemente de “otra moda de los jóvenes”, pero quizá valdría la pena mirar un poco más allá. Porque detrás de este juego existe algo profundamente humano, como es la necesidad de ser visto por los demás.
Durante la adolescencia y la juventud, la identidad también se construye en relación con otros. Importa pertenecer, ser reconocido, encontrar un lugar dentro del grupo y descubrir cómo somos percibidos. Eso ocurría mucho antes de TikTok, pero queda claro que cambian los códigos, las palabras y los escenarios, pero no necesariamente las necesidades humanas que están detrás.
Hace algunas décadas alguien podía ganar popularidad por vestir de cierta manera, bailar bien, destacar en los deportes, pertenecer a determinado grupo o simplemente tener “personalidad”. Hoy un joven podría decir que cualquiera de esas acciones “suma aura”.
Lo particularmente interesante es que esta expresión convierte la percepción social en una especie de marcador imaginario. Haces algo admirable: +1,000 puntos de aura. Intentas impresionar y sale mal: -500. Te mantienes tranquilo mientras todos pierden la cabeza: aura infinita.
Hay humor detrás de ello, por supuesto. Pero también una manera muy contemporánea de hablar sobre reputación, reconocimiento y aceptación. Y aquí aparece una paradoja todavía más interesante, ya que tener “aura” significa, precisamente, proyectar seguridad, naturalidad y una aparente indiferencia frente a la opinión ajena. La persona con aura parece no esforzarse por llamar la atención.
Sin embargo, cuando esa imagen se construye deliberadamente para provocar una reacción, estamos frente a algo muy conocido en la comunicación digital, como lo es el esforzarnos para parecer espontáneos.
La fotografía aparentemente casual que requirió veinte intentos. El video que parece improvisado, pero fue ensayado. La respuesta cuidadosamente pensada para parecer despreocupada. La vida cotidiana convertida en escenario para comunicar quién soy, quién quiero ser o, quizá más precisamente, cómo quiero que los demás me vean. Por ello, antes de señalar a los jóvenes, convendría hacernos una pregunta incómoda: ¿realmente ellos inventaron esto?
Los adultos también “farmeamos aura”, aunque no utilicemos esa expresión. Lo hacemos cuando exhibimos el ascenso laboral, el viaje, el reconocimiento profesional, el restaurante de moda, el cuerpo ejercitado, los logros de nuestros hijos o esa fotografía de la familia perfecta en la que, curiosamente, todos lograron sonreír al mismo tiempo.
Las redes sociales llevan años enseñándonos a administrar impresiones.
Quizá las generaciones más jóvenes solamente encontraron una expresión divertida y brutalmente transparente para describirlo, por eso el fenómeno resulta interesante desde la comunicación familiar. Porque más allá de preguntarnos si nuestros hijos utilizan palabras que no entendemos, podríamos preguntarnos qué necesidades están expresando mediante ellas, como lo es ¿Qué significa para un adolescente sentirse visto? ¿De dónde obtiene reconocimiento? ¿Qué sucede cuando la valoración de los demás comienza a convertirse en el principal criterio para medir su propio valor?
No se trata de impedir que nuestros hijos busquen aceptación fuera de casa. Necesitar la aprobación de los pares forma parte del crecimiento. Tampoco podemos pretender que permanezcan ajenos a los códigos culturales de su generación, pero sí podemos construir algo desde la familia, como lo es un espacio en donde el valor personal no dependa exclusivamente de la mirada externa.
Una casa donde no sea necesario demostrar permanentemente que se es interesante, exitoso, divertido o extraordinario para merecer atención, porque también existe una manera de comunicarle a alguien que importa sin darle “likes”, compartir su publicación o asignarle simbólicamente puntos de aura.
Escucharlo, preguntarle qué piensa, interesarnos por aquello que le importa, aunque inicialmente no lo comprendamos; reconocer su esfuerzo y no únicamente sus resultados, conversar sin convertir cada intercambio en una corrección o un consejo, hacerle sentir que puede mostrarse vulnerable sin perder nuestro reconocimiento. Quizá esa sea una de las grandes tareas de la comunicación familiar en tiempos digitales: ofrecer espacios donde podamos dejar de administrar nuestra imagen y simplemente ser.
“Farmear aura” seguramente pasará, como pasan tantas expresiones virales. Aparecerán otras palabras, otros memes y otras tendencias incomprensibles para quienes pertenecemos a generaciones anteriores. Pero la necesidad que hay detrás permanecerá, ya que todos queremos ser vistos, todos necesitamos sentir que pertenecemos, todos construimos parte de nuestra identidad en la mirada de los demás. La diferencia puede estar en saber que, cuando regresamos a casa, no necesitamos acumular ningún punto para saber que tenemos valor.