La escena podría ocurrir muy pronto en cualquier familia: una madre recibe con alivio la noticia de que la escuela de su hijo limitará el uso del celular durante la jornada escolar. “Qué bueno”, piensa. “Así por fin dejará de estar pegado al teléfono”.
Horas después, la familia se sienta a cenar. El adolescente mira una pantalla; su hermana revisa TikTok; papá responde mensajes del trabajo y mamá consulta WhatsApp mientras conversa a medias con los demás. El teléfono salió de la escuela, pero nunca salió de la mesa.
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Por eso, el debate que México ha abierto durante estas semanas sobre la regulación de celulares y redes sociales entre niñas, niños y adolescentes resulta necesario, aunque sería un error reducirlo únicamente a decidir si los teléfonos deben entrar o no al salón de clases.
La presidenta Claudia Sheinbaum ha planteado la construcción de una regulación mediante foros y acuerdos, en un país donde ya existen disposiciones para restringir los celulares en escuelas de educación básica de 16 entidades. El Gobierno federal ha insistido además en que la discusión debe involucrar a docentes, estudiantes, especialistas y familias.
Y es que esta discusión no ocurre en el vacío. En México, el grupo de población con mayor penetración de internet es precisamente el de jóvenes de 15 a 24 años, de los cuales el 97.6 % utilizó internet en 2025. Incluso entre niñas y niños de 6 a 14 años, la proporción alcanzó 85.4 %.
Es decir, para las nuevas generaciones la vida digital ya no constituye una actividad paralela a la vida cotidiana; sino que forma parte de ella. Allí estudian, conversan, juegan, construyen amistades, reciben información, buscan reconocimiento, se entretienen y también enfrentan riesgos, como lo es el ciberacoso.
Los datos más recientes del INEGI muestran que durante 2025 20.4 % de las personas usuarias de internet mayores de 12 años en México experimentó alguna situación de ciberacoso. Esto representa alrededor de 19.4 millones de personas.
En Puebla el porcentaje fue todavía mayor con un 22.4 %, frente a 23.4 % registrado un año antes. Aunque existe una disminución, seguimos por encima del promedio nacional. Entre las poblanas usuarias de internet, la prevalencia fue de 22.7 %, mientras que entre los hombres alcanzó 22.1 %.
Estos datos permiten dimensionar por qué resulta legítimo preguntarnos qué está ocurriendo con las pantallas dentro de las escuelas. Pero también deberían obligarnos a formular otra pregunta: ¿qué está ocurriendo con las pantallas dentro de nuestras casas?
Porque podemos pedirle a una escuela que retire un teléfono durante cinco o seis horas, pero difícilmente una disposición administrativa enseñará por sí sola a un adolescente qué hacer cuando alguien lo insulta en una red social; cómo identificar una cuenta falsa; cuándo dejar de mirar una pantalla; por qué no compartir una fotografía íntima; cómo reaccionar ante contenido violento o sexual; o cómo reconocer que necesita pedir ayuda. Eso se llama educación digital y también es educación familiar.
No significa que madres y padres deban convertirse en especialistas tecnológicos ni conocer cada aplicación que aparece. Tampoco significa vigilar obsesivamente cada conversación de sus hijos. Representa algo mucho más cercano a la tarea cotidiana de criar, como lo es acompañar, conversar, poner límites y enseñar criterios.
La tecnología cambia rápidamente; los principios de una relación familiar saludable no tanto. Un niño sigue necesitando adultos que le enseñen autocuidado. Un adolescente continúa necesitando límites claros y progresivamente negociados. Ambos requieren saber que pueden acercarse a sus padres cuando algo los asusta, los incomoda o los avergüenza.
Y aquí aparece un elemento frecuentemente olvidado en el debate: el ejemplo. No podemos exigir que un adolescente abandone su celular durante la comida si los adultos respondemos cada notificación. No podemos reprocharle que duerma con el teléfono junto a la almohada cuando nosotros hacemos exactamente lo mismo. No podemos pedirle que sostenga una conversación mirándonos a los ojos mientras escuchamos su historia con medio rostro iluminado por nuestra propia pantalla. Educar digitalmente también implica revisar los hábitos adultos.
La discusión, además, no es exclusiva de México. Cada vez más sistemas educativos alrededor del mundo establecen restricciones al uso de teléfonos móviles. Para marzo de 2026, UNESCO reportaba que 114 sistemas educativos, equivalentes a 58 % de los países monitoreados, contaban ya con prohibiciones nacionales al uso de celulares en las escuelas. En 2023 la proporción era mucho menor.
Sin embargo, la propia experiencia internacional deja una advertencia importante, la cual es que quitar el dispositivo no sustituye la alfabetización digital. Porque tarde o temprano ese teléfono regresará a las manos del estudiante. Y entonces la verdadera pregunta será si aprendió a gobernarlo o si terminó siendo gobernado por él.
Las escuelas tienen un papel fundamental. Pueden establecer espacios libres de dispositivos, favorecer la atención, recuperar la convivencia cara a cara y construir protocolos para enfrentar riesgos digitales. Pero las familias tienen una responsabilidad que ninguna regulación puede reemplazar.
Necesitamos hablar con nuestros hijos de aquello que hacen en internet con la misma naturalidad con la que preguntamos cómo les fue en la escuela. Preguntar qué red les gusta, a quién siguen, qué los divierte, qué los incomoda. Establecer momentos familiares sin dispositivos, acordar horarios, así como acompañar de manera distinta según la edad.
Y, sobre todo, procurar que cuando un hijo tenga un problema digital, su primera reacción no sea esconderlo por miedo al castigo, sino acercarse a un adulto en quien confía. Por ello, regular los celulares en las escuelas puede ser una buena decisión. Puede ayudar a recuperar atención, conversación y convivencia.
Pero no confundamos una medida escolar con la solución completa, ya que la escuela puede enseñarle a un estudiante que durante algunas horas deberá guardar su celular. La familia puede ayudarle a aprender algo mucho más complejo y duradero, como es cuándo utilizarlo, para qué hacerlo, cuándo apagarlo y cuándo una persona que tenemos enfrente merece más atención que cualquier pantalla.
Quizá necesitamos escuelas con menos celulares, pero necesitamos, todavía más, familias con más conversación.