Hace dos días apareció en La Jornada un artículo denominado “Pedagogía del control” de Fernando Jiménez Mier y Terán, profesor de la UNAM.
Su análisis pone de manifiesto no sólo lo injusto, por muchas razones, de someter dos veces a los estudiantes al examen de admisión, sino el cinismo de llamar por su nombre lo que decidió hacer la UNAM ante el fallido examen virtual: llamó al segundo examen “Examen de Control”.
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Señala el autor: “El pomposo, obsoleto e injusto examen de ingreso a la licenciatura, conocido como examen de selección, establecido en la legislación universitaria, se convirtió por arte de magia, sin ningún sustento jurídico, en examen de control. ¿Cómo explicarán lo anterior los consejeros universitarios?”
Este examen no hizo sino mostrar lo que campea en la universidad: una educación impregnada de control, “un control que se extenderá, minuto a minuto, por los salones de clase, por los laboratorios y talleres, por los seminarios de posgrado (competición feroz y egoísmo, calificaciones que cuantifican, tareas sin sentido, obediencia ciega, reglamentos fríos, silencio, lecturas controladas, programas rígidos, domesticación, autoritarismo, etcétera). Control del que tampoco se escapa el profesorado.”
Esta descripción del control no es privativa de la UNAM sino de todo el sistema de educación pública.
Hace décadas que las tareas propias del magisterio han sido usurpadas por una burocracia supuestamente “experta” en tecnología de la educación. Los tecnócratas de la educación con su lenguaje pseudocientífico renombraron el trabajo docente y, a través del control de funcionarios de distintos niveles les dicen a los maestros cómo quieren que les presenten su trabajo para ser evaluados, les dicen cómo elaborar un programa, cómo evaluar a los alumnos, cómo revisar un plan de estudios, cómo impartir su materia, cómo relacionarse con sus alumnos, en fin, cómo encajar en la imagen del “facilitador” que no maestro.
El lenguaje no es neutro, el lenguaje es la conceptualización de lo que hacemos. Las teorías no son puras, en este caso las teorías educativas, expresan la forma de concebir a las personas involucradas en el proceso educativo, estudiantes y maestros, sólo que el modelo educativo impuesto en el sistema público de educación introdujo un actor más: el tecnócrata de la educación que se constituyó en el dictador absoluto de todo proceso educativo con el pretexto de su “expertise”.
Este modelo tenía que sostenerse con un aparato de control férreo. Bien dice Mier y Terán que el control se traduce en domesticación y autoritarismo.
La preciada autonomía es ahora de uso exclusivo de la administración universitaria que la usa para preservar sus privilegios. Claro que esto no significa que debemos renunciar a ella. Todo lo contrario. El ejercicio autonómico genuino es lo que puede devolver a las universidades la independencia de acción, de decisión y de planeación de sus fines educativos, a la luz de los derechos estudiantiles y magisteriales.
El modelo educativo actual es un fracaso. Ni los estudiantes pueden estudiar ni los maestros pueden enseñar. Los primeros están sometidos a un examen de ingreso que los excluye y los segundos enseñan a destajo lo que al burócrata se le ocurre. En la UNAM sucedió lo inaudito: los estudiantes tuvieron que hacer doble examen de exclusión y en aras de la “limpieza” del proceso acabó entrando la cuarta parte de los aspirantes, incluidos los egresados de la propia UNAM con el “pase reglamentado”.
Es cierto que el gobierno federal está creando nuevas universidades no autónomas, pero el modelo es el mismo con la agravante de que las autoridades no son electas. Y aunque el modelo ha permitido la preservación de los grupos de poder en las universidades autónomas, al menos en algunas universidades, como la BUAP, se tiene en el papel un sistema paritario de elección de autoridades personales.
Por otra parte, el hecho de crear nuevas instituciones públicas de educación superior no exime al gobierno, en sus distintos niveles, de incrementar el presupuesto de las universidades autónomas, presupuesto que no se ha incrementado por la eufemísticamente llamada “austeridad”. Un presupuesto que se dedicara a incrementar la matrícula y a profesionalizar la enseñanza con las plazas magisteriales que se requieren no estaría alimentando a las burocracias.
Así nos podemos explicar que tras el desaguisado de la UNAM la BUAP, a petición del gobierno federal, haya ofrecido más de 4 mil plazas para los estudiantes que no lograron un lugar en la universidad de su preferencia.