En su Encuentro con eclesiásticos de Las Palmas de Gran Canaria (11/jun/2026), León XIV citó a san Agustín al utilizar la imagen del mar para señalar el deseo más profundo del corazón humano: la plenitud, el gozo de los bienes que no se acaban. La imagen es elocuente —no hay que olvidar que las Islas Canarias están rodeadas por el Atlántico—, ya que el mar tiene, además, una simbología que denota la vida misma, el misterio, la inmensidad, no sólo para la vida personal, sino también para la social.
«Si alguien divisara desde lejos su patria, pero un mar se interpusiera entre los dos: ve a dónde ir, pero ignora el camino. Así nos ocurre a nosotros: anhelamos alcanzar nuestra condición estable, […] pero está por medio el mar de este mundo […] para enseñarnos el camino, vino el mismo a quien queríamos ir. ¿Y qué hizo? Nos puso el leño con el que poder atravesar el mar. Nadie es capaz de pasar el mar de este mundo si no lo lleva la cruz de Cristo» (1). Esa cruz es el barco y la brújula de navegación.
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El otro elemento o actitud que añade el Papa, además de abrazar la cruz de Cristo, es el cultivo de una espiritualidad eucarística, la participación en el sacrificio del Señor, traducido, sobre todo, en la comunión con los demás; esto es el “amor que se hace alimento en la acogida, en la escucha, en la cercanía y en el cuidado de los más frágiles: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,35-36).” (2).
Se trata del amor, que para san Agustín es el anhelo fundamental del corazón humano: estamos hechos para amar y ser amados. Hannah Arendt desarrolla, en su tesis sobre el santo, tres marcos conceptuales del amor agustiniano: a) El amor como anhelo, que se vive como un futuro anticipado; b) El amor del creador y la criatura, vivido como un pasado recordado; c) El amor en la vida social (aquí y ahora). En todas estas formas de vida se encuentra el amor como núcleo del corazón humano, del anhelo humano (3).
En efecto, dice Arendt, con el cristianismo brotó una nueva noción de amor. Amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo es algo enteramente novedoso. De hecho, “la verdadera relevancia del amor al prójimo sigue siendo incomprensible.”(4) Más aun, como dijera Iván a Aliosha en Los hermanos Karamázov: “es imposible amar a los hombres una vez que los conoces”. Es más fácil amar la idea de hombre —abstracta, sin rostro concreto— que un rostro visible, máxime si es el rostro del enemigo. Y justamente lo que pide Cristo es amar al enemigo.
Volvamos al estudio de Arendt; para la pensadora alemana, Agustín parte, para plantear la vita socialis, del hecho de la fe en común. “En primer lugar, la comunidad de creyentes se basa sobre algo que por principio es no mundano y se trata por tanto de una sociedad con otros que no descansa en una realidad predada en el mundo, sino en una posibilidad específica.” (5). El segundo aspecto de esa comunidad de fe es que, a diferencia de otras sociedades, exige la totalidad de la persona (6).
Allí radica una de las distinciones esenciales del cristianismo, que luego Agustín retomará para formular la distinción entre Ciudad de Dios y Ciudad terrena. La distinción es la misma que hace Jesús ante los fariseos cuando éstos le preguntan si es lícito pagar tributo al César. La respuesta del Maestro, mostrando la moneda que le han dado, es precisamente: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21). Con ello inaugura algo nuevo: La totalidad de la persona no es —como se creía— del César, del poderoso, del Estado ni de ningún poder terreno.
Lo anterior no significa que el César, el poder y/o el Estado, constituyan automáticamente la Ciudad terrena (o del mundo); ni que la Iglesia y/o las autoridades eclesiásticas conformen la Ciudad de Dios se suyo. El propio san Agustín plantea que, mientras dure la historia, en la Iglesia, como comunidad en el tiempo, se entremezclan ciudadanos de la Ciudad de Dios y ciudadanos de la Ciudad del mundo. Lo que define la pertenencia a una o a otra es la adhesión del corazón humano.
“Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial. La primera se gloría en sí misma; la segunda se gloría en el Señor. Aquélla solicita de los hombres la gloria; la mayor gloria de ésta se cifra en tener a Dios como testigo de su conciencia.” (7).
Agustín plantea el origen de las dos ciudades y su posterior desarrollo de acuerdo al amor de los ciudadanos de una y de otra: unos viviendo según el Espíritu (según Dios) y otros según el mundo (según el hombre) (8). Aquí es pertinente una observación: El orden natural es bueno de suyo, pero ha sido herido por el pecado, de ahí la relevancia de la redención. Pero la redención es apertura al Espíritu de Dios. Si el humano no se abre a lo sobrenatural, se quedará en la Ciudad del mundo; si se abre, trasciende y formará parte de la Ciudad de Dios. El hombre natural si se abre a la gracia será transformado en ciudadano de la Ciudad de Dios, el hombre interior de san Agustín.
Notas:
1. León XIV, Discurso del Santo padre, Encuentro con los obispos, los sacerdotes, los diáconos, los religiosos, las religiosas y los agentes pastorales, Catedral de Santa Ana (11/jun/2026), Viaje Apostólico de Su Santidad, el papa León XIV, a España (6-12/jun/2026), cita a san Agustín, Comentario al Evangelio de San Juan, 2, 2, https://lix.li/MNUUR .
2. Ídem.
3. Hannah Arendt, El concepto de amor en san Agustín, Encuentro, Madrid 2001.
4. Ib., p. 133.
5. Ib., p. 134.
6. Agustín, Sermón 34, 7: “Quien te ha hecho te requiere todo entero”; citado por Arendt, op. cit., p. 134.
7. Agustín, La ciudad de Dios, XIV, 28, en Obras completas de san Agustín, T. XVII, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1988, p. 137.
8. Ib., XIV, 4, 1-2, pp. 71-72.