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OPINIÓN

Discurso filosófico y discurso literario

Filosofía y literatura se sostienen en un trípode discursivo: yo-aquí-ahora

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Agosto 5, 2026

La filosofía y la literatura tienen similitudes y grandes diferencias; ambas han tenido funciones de crítica social, política y cultural. Aunque tienen cercanía con el periodismo, en el análisis del día a día, no se pierden en la dinámica cotidiana ni quedan rezagadas en el marco de las hemerotecas. Su discurso tiene una actualidad que permite plantear, antaño como hogaño, un «aquí» y un «ahora» de un «sujeto» capaz de plantear un sentido, o una verdad, que gravita sobre lo que llamamos «real».

No se trata de una mera reducción de todo al lenguaje, sino de «traducir» la realidad, de suyo compleja, al horizonte de la palabra, el logos, el discurso, y descubrir en éstos la verdad, el sentido, el origen de lo real o de lo que palpamos como tal. El discurso también tiene, además, su complejidad; de manera que pensar la realidad también es complejo. De ahí que nos valgamos de los diversos tipos de discursos para acercarnos a la compleja realidad mediante una forma de pensamiento poliédrico.

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Pensadores, como Octavio Paz, ubican la literatura como una forma de poesía, un mundo que nos revela otro mundo: “esto es aquello” (1); el poeta ha visto otra dimensión de las cosas, como el filósofo. Otros autores, como Vargas Llosa, plantean la literatura como la visión y/o el deseo de un mundo mejor, cuya fórmula es decir “la verdad escondida en el corazón de las mentiras humanas” (2); otros más, como Foucault, señalan la gran similitud entre el «ahora» de la filosofía y la literatura (3).

Querría centrarme en este último autor para hablar del «yo-aquí-en este momento» de la filosofía y de la literatura (que Foucault llama: ficción). A diferencia del discurso científico, que neutraliza esa trilogía («yo-aquí-ahora»), el discurso filosófico retoma en sí mismo ese «ahora» discursivo del sujeto hablante; lo mismo hace la literatura, aunque de forma distinta (ya veremos). Ese «ahora» se muestra en tales discursos como conciencia de sí, como manifestación del «yo pienso», «aquí» y «ahora».

Aquí se asemejan la filosofía y la literatura; ambas hacen suyo a ese sujeto hablante en su propio discurso. El cogito cartesiano (yo pienso) se parece al discurso de don Quijote, ya que plantea un espacio sin geografía particular (“en un lugar de la Mancha”), un tiempo sin comienzo ni fin y un «yo» sin otra identidad que la gramatical. El discurso científico, por el contrario, prescinde del sujeto que habla en un lugar y tiempo determinados; su verdad discursiva «neutraliza» esa trilogía, no la requiere.

Los discursos de la filosofía y la literatura parecen ser iguales en algún sentido; sigamos con don Quijote: “no se sabe con exactitud cuál es la extraña voz que dice «yo» ni de donde viene, desde cuándo habla, de conformidad con qué calendario” (4). En su discurso la justificación puede confundirse con lo narrado; la voz del narrador con la de un personaje; o, por el contrario, la voz narradora se aleja de lo narrado; cuenta por qué y cómo inventó el relato, el personaje y la historia misma. La verdad es aventura.

Decíamos que hay similitudes entre filosofía y ficción. La filosofía, sobre todo la moderna, ha brotado ya sea como un develamiento de la verdad al sujeto (sobre todo de Descartes a Kant), ya como una manifestación de la verdad que envuelve al sujeto en su dinámica manifestativa (sobre todo en Hegel y sus descendientes). La literatura también muestra dos tipos de relato: Ya como un autor ficticio que inventa, descubre y cuenta una historia; ya como la voz que envuelve al relato y habla mediante éste.

“La teoría del develamiento (en la filosofía) y la ficción de un narrador (en la literatura) son dos formas funcionales análogas; la teoría de la manifestación y el desarrollo autónomo del relato constituyen a la vez dos formas funcionales que se corresponden en el discurso filosófico y en el discurso literario.” (5). En la filosofía, sobre todo la moderna, ha surgido con amplitud y profundidad la teoría del sujeto. En la literatura ha brotado la ficción de un sujeto que percibe, siente, recuerda, escucha, habla y muere.

En la ciencia, por ejemplo, leer un texto es comprenderlo, lo que significa que su sintaxis y morfología, independientemente del sujeto que la diga, es la misma. En cambio, en la filosofía y la literatura, en cada texto aparece un nuevo sujeto que habla y enuncia mediante el pastiche, la lectura y/o el comentario. Aparece lo nuevo sobre la base de un texto ya existente: el sujeto con su «aquí» y «ahora» (6). Cada obra filosófica o literaria es única e irreductible a otra, o a todas (principio de clausura Foucault dixit).

Pero hay diferencias entre ambos discursos. La literatura absorbe el «ahora» en su discurso, agota su sentido —como el lenguaje cotidiano—. Es así un simulacro de la realidad, una imitación y/o reproducción de su discurso. La filosofía, en cambio, mantiene abierto ese significado y ese sentido. Toma su «ahora» no como cuasi-sujeto, sino para transformarlo en palabras, proposiciones y argumentos para volverlos objeto de su discurso, justificarlo y volverlo teoría. Todos pueden hablar a partir de ese «ahora (7).

La filosofía interpreta el «ahora» desde el cual habla, la literatura lo imita. La interpretación de ese «ahora» obliga a la filosofía a “una búsqueda de origen o una búsqueda de sentido”; las búsquedas de la filosofía giran en torno al origen, al sentido y al sujeto de su propio discurso, “no concibió un proyecto más decisivo para ella que el descubrimiento de las significaciones originarias del sujeto.” (8). En efecto, el sujeto autónomo fue un paradigma de la modernidad, especialmente de la filosofía.

Es verdad que, a partir de esa formulación del sujeto autónomo, la filosofía mantiene una fascinación por las diversas disciplinas que se ocupan de la conciencia del sujeto hablante; la tuvo en el siglo pasado, pero no dudo que la mantenga, así su insistencia en la lingüística, la etnología, el psicoanálisis, el marxismo y la psicología en general. Se ha llegado a desdibujar la especificidad del discurso filosófico, en nombre de una doctrina rigurosamente científica del sujeto. Pero eso supondría eliminar la triada: yo-aquí-ahora del discurso filosófico que le permite precisamente la crítica social.

En suma, filosofía y literatura son indispensables, más allá del periodismo, para formular una conciencia crítica de la sociedad y del poder, que permita, sobre todo, mantener abierto el «aquí» y el «ahora» del sujeto hablante, no la humanidad o la sociedad o el «pueblo» en general, sino el sujeto personal, individual, relacional que es capaz de decir: «sí» y/o «no» a la verdad que se le plantea o que él mismo formula a través de esa búsqueda de las significaciones originarias de su propia subjetividad.

 

Referencias:

1. Octavio Paz, El arco y la lira. El poema. La revelación poética. Poesía e historia, Fondo de Cultura Económica, México 2008, p. 100ss.
2. Mario Vargas Llosa, La verdad de las mentiras, Punto de lectura, Madrid 2007, p. 26.
3. Michel Foucault, El discurso filosófico, Siglo XXI, México 2025, p. 55ss.
4. Ib., p. 56.
5. Ib., p. 58.
6. Ib., pp. 60-61.
7. Ib., pp. 62-63.
8. Ib., p. 65.

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