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OPINIÓN

Solidaridad y justicia social en Magnifica humanitas

Muestra un horizonte más amplio, más completo, más detallado sobre cómo seguir a Jesús

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Agosto 12, 2026

Esta primera encíclica de León XIV, «Magnifica humanitas», nos recuerda el valor de la persona humana en su «magnífica humanidad», su humanidad grande y valiosa, creada por Dios y destinada a participar de su amor íntimo, en lo personal y en la comunión fraternal con los demás, ya desde ahora en el tiempo y, en plenitud, en la gloria del Padre al final de los tiempos. Se trata de una dignidad de origen y de destino. Pero, dada la libertad, los seres humanos podemos construir Babel o Jerusalén.

El Papa señala la opción constante que tenemos los seres humanos de construir una sociedad sin Dios, para lo cual utiliza el pasaje bíblico de la construcción de la Torre de de Babel (Gn 11, 1-9), donde esa pretensión de excluir a Dios de los proyectos humanos, termina en confusión de las lenguas y en falta de entendimiento, sin justicia ni fraternidad. O, bien, por otro lado, la opción de una sociedad donde los seres humanos hagamos presente a Dios en nuestra convivencia. La imagen es la de Nehemías reconstruyendo Jerusalén: primero sus vínculos como pueblo, luego, físicamente, la ciudad con la colaboración de todos (Magnifica humanitas, MH 7-8).

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Aunque no lo dice al principio sino hasta el final del capítulo III, el Papa también alude a los dos amores que fundan dos ciudades de san Agustín. El amor a sí mismo hasta el desprecio de Dios, funda la ciudad del mundo; el amor a Dios hasta el olvido de sí, funda la ciudad de Dios (cf. MH 130 y Agustín, La ciudad de Dios, XIV, 28). Esos dos amores siguen pugnando entre sí, tanto en nuestros corazones como en las sociedades en que actualmente vivimos, tiempo de la inteligencia artificial (IA).

Sentado lo anterior, podemos considerar los principios de subsidiariedad, de solidaridad y de justicia social provenientes de ese núcleo fundamental cristiano trazado en la encíclica: Somos imagen de Dios, iguales ante Él, llamados a la comunión con Él, con los demás y con la creación, no obstante, el mal y el pecado, arraigados en nuestro tiempo y en las estructuras sociales. De ahí que esos principios de la vida social se vuelvan relevantes hoy día.

La subsidiariedad

El principio de subsidiariedad, acorde con la dignidad de la persona humana, parte de la consideración de que todo hombre y toda mujer son libres y responsables de participar en la construcción de una sociedad más justa y humana, es decir, de participar en la construcción del bien común y de beneficiarse de éste. Así, lo que pueden hacer por sí mismas las personas, las familias y los cuerpos sociales intermedios, no pueden ser instrumentalizados, disminuidos o excluidos por instancias superiores, como el Estado (yo añadiría también al mercado, ya que maneja muchas dinámicas de la vida actual, incluyendo la IA). Al contrario, tales instancias deben reconocer y proteger esa libertad y responsabilidad (MH 68).

Así pues, ni el Estado ni otras instancias supraestatales pueden ni deben absorber, instrumentalizar, aplastar o nulificar la libertad y la creatividad de la sociedad civil en la construcción conjunta del bien común. “En una lógica de subsidiariedad, las decisiones se toman al nivel más cercano posible a las personas involucradas, valorando la vida asociativa, de modo que el pueblo no se encuentre frente a decisiones ya tomadas, sino que pueda entrar en su camino de construcción.” (MH 70).

En el contexto de la era digital, el principio de subsidiariedad se torna vital. “El nivel que absorbe competencias, datos y capacidad decisional está constituido por empresas y plataformas, que definen condiciones de acceso, reglas de visibilidad, formas de relación e incluso oportunidades económicas. La subsidiariedad requiere que dichos procesos no se impongan desde lo alto de modo opaco y unilateral, sino que estén orientados al bien común mediante la transparencia, la responsabilidad y formas reales de participación (auditorías independientes, transparencia en los algoritmos, acceso equitativo a los datos, herramientas de apelación).” (MH 71).

Dejar esas decisiones en pocas manos, al margen del bien común global, no sólo atenta contra el principio del destino común de los bienes, sino también contra el principio de subsidiariedad, al dejar al margen a las comunidades menores, las familias y las personas, de las decisiones que les afectan y que les impiden participar en la construcción del bien común y de beneficiarse de éste. Dice el Papa: “es necesario construir formas de cooperación que respeten los diversos niveles de la comunidad mundial y los hagan corresponsables del bien común.” (MH 72).

La solidaridad

La solidaridad, por su parte, es la conciencia y la voluntad firme de que nuestro destino está ligado al de los demás y al de la creación; en ese sentido, “nadie se salva solo” (MH 73). Y añade el Papa: “Cuando la subsidiariedad no está acompañada de la solidaridad termina por transformarse en la simple protección de intereses particulares; cuando la solidaridad no está sostenida por la subsidiariedad, degenera en asistencialismo que no promueve la responsabilidad.” (Ídem).

La solidaridad, así, permite que cada uno, dentro de sus posibilidades, se haga cargo “de la vida y de las heridas del hermano y de la hermana” (MH 74). Es, por eso mismo, un principio y una virtud. Como principio muestra la convicción de que “el bien de cada uno pasa a través del bien de los demás” (MH 75). Como virtud es la “«determinación firme y perseverante» de trabajar por el bien común, con una atención particular a los más débiles.” (Ídem). Por solidaridad, alguien es capaz de cuestionar privilegios cuando éstos impiden que alguien viva con dignidad.

En el contexto de la era digital, este principio, la solidaridad, “requiere que las decisiones en materia de datos, algoritmos, plataformas e IA tengan en cuenta no sólo el beneficio inmediato de algunos, sino el impacto en todos los pueblos y en las generaciones futuras.” (MH 76). La solidaridad abarca el presente y el futuro para que sea completa y abarca también el globo. Bajo la conciencia de que todos somos igualmente dignos, la solidaridad abre los caminos de fraternidad, presente y futura.

La justicia social

La justicia social es la forma concreta, dice el Papa, de seguir a Jesús y ser fiel a su Evangelio. Es también la capacidad que tiene un orden social, económico y político de permitir a todos —especialmente a los más vulnerables— vivir de manera realmente humana, sin que nadie “se quede atrás” (MH 77). Esto supone mirar a “los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia, las personas que viven en periferias urbanas o existenciales.” (MH 78).

Las injusticias que padecen nuestras sociedades, no sólo en nuestro país, sino a escala mundial, no se deben sólo a decisiones individuales, frecuentemente se trata de estructuras, mecanismos, dinámicas y sistemas económicos y culturales que producen desigualdad y miseria casi en automático, «estructuras de pecado» las llamó Juan Pablo II, que requieren una conversión personal y social, a fin de restablecer vínculos rotos y resarcir los daños infligidos a personas e incluso pueblos (MH 79).

En el contexto presente la justicia social exige estar atentos para que las plataformas, la IA y las nuevas dinámicas digitales no generen nuevas formas de exclusión y de privación de la libertad. Es apremiante tenerla en cuenta para detener la exclusión de sociedades enteras, por no decir pueblos completos, del acceso a tecnologías básicas; las formas invasivas de vigilancia; el acoso, el prejuicio y la discriminación de grupos sociales por la replicación de algoritmos opacos que los reproducen (MH 80).

Cobra especial relevancia los casos de los migrantes, refugiados y desplazados. El trato que se les da muestra el miedo o la fraternidad. Nuevamente aquí se presenta las imágenes que el Papa da al inicio de la encíclica: Babel o la reconstrucción de Jerusalén a partir de sus ruinas. León XIV plantea dos compromisos respecto a estos grupos vulnerables: 1) Mantener su esperanza en una real integración a las sociedades a las que llegan; 2) Garantizar su derecho de permanecer en sus lugares de origen en paz y seguridad, afrontando las causas profundas que los hace desear irse (MH 81).

La encíclica muestra un horizonte más amplio, más completo, más detallado sobre cómo seguir a Jesús en nuestro tiempo. La subsidiariedad, la solidaridad son principios sociales que, junto con la justicia social y la paz, han de conducirnos al bien común, siempre y cuando reconozcamos la dignidad humana de toda persona, sobre todo de los más vulnerables. Así, podremos superar la polarización y vitalizar el tejido social de nuestras comunidades, con vínculos afectivos, significativos, de convivencia y de logros comunes. Podemos hacerlo desde los ámbitos en que vivimos y trabajamos.

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