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OPINIÓN

«El loco de Dios en el fin del mundo»

Reseña del libro del escritor español Javier Cercas, una rareza con fuertes dosis de belleza

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Martes, Junio 30, 2026

“A mi hijo Pablo Noel, mi primogénito, por su cumpleaños y su santo, san Pablo, apóstol de los gentiles.”

Este libro es una rareza con fuertes dosis de belleza. No es una biografía, aunque detalla pasajes de la vida del papa Francisco o, mejor dicho, de Jorge Bergoglio, o de ambos. No es una crónica, aunque el horizonte es la visita del Papa a Mongolia en 2023. Tampoco es un ensayo, aunque el autor, Javier Cercas, introduzca reflexiones de diverso tipo en torno a un propósito central: Preguntarle al papa Francisco si su madre tiene razón al sostener que, después de muerta, volverá a ver a su difunto esposo.

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Es una mezcla rara, pero bien lograda, de todos esos estilos literarios, aunque es más. Ese plus conecta dos cosas: por un lado, retrata muy bien al Papa, aunque deja al final el perfil de ese retrato; por otro lado, reseña muy bien las obsesiones del autor. El libro, por eso, vincula al autor, un loco sin Dios, o sea, un ateo militante, con otro loco, el loco de Dios, el papa Francisco, que es capaz de ir al fin del mundo, en este caso a Mongolia, donde hay una comunidad de apenas 1, 500 católicos. Dos locuras que se encuentran.

Como todo libro, éste es un bosque y, para no perderse, hay que ir dejando pistas, datos, elementos para un feliz regreso. No se trata sólo de una excursión, sino también de una incursión en la cual se traen algunos elementos para compartir y poner en la mesa, a fin de animar a que otros emprendan esa excursión-incursión de leer el libro de Cercas. Aunque mi propósito inicial haya sido hacer un buen resumen, a fin de ahorrar la lectura del libro, eso no será posible por la rareza que he mencionado.

¿Cuáles son las obsesiones del autor? En realidad sólo es una: tratar de comprender lo que su madre, desde la muerte de su esposo (o sea el padre de Cercas), había venido afirmando: Que, una vez fallecida ella, volvería a ver a su esposo en la eternidad, en la resurrección de la carne. Esa convicción materna no es la del autor, éste ha perdido la fe desde los catorce años, pero ha vivido en entornos católicos: familia, escuela, sociedad. Sin fe, como el cura de San Manuel Bueno Mártir, de Unamuno, puede hacer el bien.

Sin embargo, aprovechando la propuesta de Lorenzo Fazzini, de la Librería Editrice Vaticana (LEV), de hacer un libro sobre el Papa, la Iglesia y/o el viaje a Mongolia, el autor quiere hacerle al mismísimo Francisco la pregunta sobre la convicción de su madre. Este parece ser el hilo conductor de toda la aventura y de los vericuetos en que se enfrasca el autor: se entrevista con diversos jefes del Vaticano, con algún amigo del Papa, con vaticanistas durante el viaje mencionado y con algunos católicos mongoles.

En todas estas conversaciones, además de la figura de Jesús y del Papa, una y otra vez, emerge la pregunta sobre la vida eterna y la resurrección de la carne como núcleo, o uno de los núcleos de la fe cristiana católica. En una de las entrevistas, con el cardenal “Tucho” Fernández, del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, el núcleo que éste plantea es el amor. Y claro, por amor, Jesús, el Señor, vino a dar precisamente la vida en abundancia, ya presente de alguna manera desde ahora, y completa en la eternidad.

Hay dos entrevistas que llamaron mi atención: Una con Antonio Spadaro, de La Civiltà Cattolica; la otra con el cardenal-poeta José Tolentino, del Dicasterio de la Cultura y la Educación. Uno le muestra que el Papa, como buen jesuita, usa el discernimiento para encontrar lo que Dios quiere en la historia, en las circunstancias presentes: la verdad de Dios en la vida de uno. El otro, con un poema de Cesaryni (Al final lo que importa es no tener miedo: cerrar los ojos frente al precipicio), le muestra la intuición de la fe.

Ya en Mongolia, durante el viaje papal, el autor tiene diversos encuentros, tanto con los misioneros como con los católicos de aquel país. Le llaman la atención la entrega del padre Ernesto y de sus compañeros y compañeras. Tiene una conversación con un matrimonio mongol y le pregunta a la pareja sobre la resurrección de la carne y la vida eterna. La respuesta es curiosa, pero no insensata: La fe tiene que madurar, como todo proceso de crecimiento, pues “hay algo que está más allá” de toda comprensión. (1)

En una plática con una religiosa, la hermana Francesca Allasia, de origen italiano, pero ya radicada en Ulán Bator, le pregunta sobre su vocación. Ella le platica sus inquietudes vocacionales. Al verla tan joven, Cercas recuerda un poema de Wislawa Szymborska: «Sé que nada me justificará mientras viva/, porque yo misma soy mi propio obstáculo». (2) Más adelante, la religiosa resume: “Yo siempre sentí que mi corazón quería dimensiones grandes… Tan grandes como el mundo…”. (3)

En torno a la misa que celebró el Papa el 3 de septiembre de 2023, el autor escribe: “Lo esencial, sin embargo, es la homilía del papa, el mejor discurso que le he oído pronunciar. Aunque en realidad no es un discurso: es un poema; más precisamente: un poema de amor, más precisamente todavía: un poema de amor divino, un poema místico.” (4) El Papa había hablado sobre el salmo 63 (“mi alma tiene sed de ti”) y la cita evangélica del seguimiento de Jesús: perder la vida para encontrarla (Mt 16, 24-25).

Tal mensaje, reflexiona Cercas, sin duda alienta a los misioneros liderados por el padre Ernesto y por el cardenal Marengo. Es una comunidad pequeña, apenas 1,500 católicos en medio de 3 millones 500 mil habitantes; una periferia que permitirá ver mejor lo que, a veces, no se ve en los núcleos, en los grandes centros de la fe católica. Al final, ocurre, sin embargo, lo que vaticinaban los vaticanistas: un mensaje a China. De la mano de dos prelados eméritos chinos, Francisco dice lo siguiente:

“Quisiera aprovechar la presencia de estos dos hermanos para mandar un saludo al noble pueblo chino —dice—. A todos les deseo lo mejor. Seguid adelante. Progresad. Y a los católicos chinos les pido sean buenos cristianos y buenos ciudadanos.” (5)

Muchos se quedan pasmados —el padre Ernesto, Fazzini, algunos vaticanistas, Cercas—, como si hubieran recibido un balde de agua fría. Pareciera que Mongolia y la misma visita papal a ese país y la propia comunidad periférica mongola pasaran a un segundo término. Francisco parece haber dado la razón a la mayoría de vaticanistas: el viaje en realidad buscaba enviar un mensaje a China. A su regreso a Roma, el Papa hablará de la comunidad católica de Mongolia como la semilla que ha de florecer.

Hacia el final del libro, se revela el misterio de Bergoglio y el contenido del encuentro privado de Cercas con el Papa en el vuelo hacia Mongolia, el cual no se conoció sino hasta publicado aquél. El misterio plantea la cuestión de si el Bergoglio real —con sus contradicciones—, al aspirar al Bergoglio ideal, pudo superarse a sí mismo —quizá con la figura de Francisco—, y si éste en el fondo era el Bergoglio real, “un hombre normal y corriente” (6), sin secretos ni poses, humilde, sin afanes de poder. Tal es su secreto.

En cuanto a la pregunta sobre la vida eterna y la resurrección de la carne, sobre si la madre de Cercas volverá a ver a su esposo, padre de aquél, la respuesta del Papa alude a la promesa del Señor, a su resurrección que cada domingo los creyentes celebramos. La resurrección ya está aquí como promesa y tendrá cumplimiento en el fin de los tiempos. El autor pregunta: —Entonces le puedo decir a mi madre que, cuando muera, va a ver a mi padre. Y la respuesta del Papa: —Con toda seguridad. (7)

La mamá de Cercas tenía Alzheimer, pero contaba con flashazos y reconocía al Papa y en alguna ocasión a su propio hijo Javier. Murió el 1 de diciembre de 2024. El autor se lo comentó un día después, vía remota, a Fazzini, su contacto de la LEV. Le decía que si veía al Papa se lo dijera. Ese mismo día, después de la comida, de regreso a casa, Cercas y su esposa oyeron la llamada de un número desconocido. El escritor iba a desecharla, pero la esposa le dijo que la tomara. Era el Papa.

No sé si spoileé el final. Era importante señalar que no es una novela. Se trataba, más bien, de una excursión-incursión, donde no sólo se ven lugares y personas, sino se traen algunos pasajes para mostrar y poner sobre la mesa, a manera de objetos valiosos que recogen parte de la aventura. Se muestra la humanidad del Papa y, al mismo tiempo, su mirada a lo trascendente. Se muestra también la humanidad del autor, su inquietud, sus dudas, sus obsesiones. Ese vínculo es lo que hace del libro un texto hondo, profundo, serio y, por qué no, exitoso. Con tanta sed, el libro será agua fresca para quien quiera leerlo.

 

1 Javier Cercas, El loco de Dios en el fin del mundo, Random House, México 2026, p. 257.
2 Ib., p. 315.
3 Ib., p. 318.
4 Ib., p. 351
5 Ib., p. 353.
6 Ib., p. 463.
7 Ib., p. 476.

 

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