Nos emocionamos mucho con el Mundial, con la selección mexicana. En verdad le dio un giro al sentimiento nacional que lo unificó. Once jugadores en la cancha, poniendo todo su empeño, nos dieron la satisfacción de cuatro victorias seguidas y un afán por el gol que no terminó por concretarse para empatar con el equipo inglés. En el futbol, como en la vida, uno no termina por comprender por qué ocurren ciertas jugadas, algunas completamente azarosas y definitorias de la victoria o la derrota.
Después de la derrota ante los ingleses, el sabor que queda es agridulce: pese al empeño, a la posesión del balón, a la insistencia y persistencia, el pase a la siguiente fase se cerró. El sueño y la ilusión quedaron en eso. Sólo quedó un riachuelo de gratitud a esos 26 jugadores y al cuerpo técnico que dio su mejor esfuerzo. Pero, como dijo el director técnico: Nosotros nos dedicamos a jugar, no a resolver problemas. Y con ello aclaró que una cosa es el futbol y otra cosa es la vida cotidiana, aunque se parezcan.
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Volvemos a la realidad cotidiana, la más generalizada es la económica, una economía que, pese a su estabilidad, no crece; además, con la incertidumbre que ha generado la negativa norteamericana de prolongar por 16 años el T-MEC, y revisarlo cada año, la poca inversión traducida en bonanza parece diluirse. Otras realidades como la inseguridad y las desapariciones —con la cara de la violencia— no sólo no parecen disminuir o contenerse, sino incrementarse y ocultarse. El régimen así lo quiere.
Y tampoco hay que soslayarla, sino mirarla de frente: la política del régimen ha cobrado un rostro antidemocrático, sumamente opaco y con escándalos de corrupción inusitados; así lo muestran la eliminación de la pluralidad política, la supresión de instituciones autónomas (incluyendo ya a las electorales) y los casos de huachicol fiscal. Lo peor de todo es que esos escándalos ya no mueven ni conmueven a la sociedad civil ni a los medios de comunicación ni a los actores políticos y sociales.
La indiferencia y el valemadrismo mexicano parecen campear sin nubarrón alguno. Las madres (y familias) buscadoras siguen luchando por encontrar a sus familiares desaparecidos con sus propios medios, ante la indiferencia social y, peor aún, ante la aversión gubernamental. Las víctimas de extorsiones y de la inseguridad siguen clamando por su seguridad y la seguridad de sus patrimonios y personas y las autoridades responsables siguen empeñadas en bajar sus índices delictivos antes que atender a aquéllas y brindarles seguridad.
El Mundial y la selección nacional han sido un oasis en medio del desierto. Pero no hay que confundir esa pasión por el balón con una mera inclinación del inconsciente a evadirse de la realidad (aunque en muchos casos así se manifieste). El sentido lúdico es también parte de la condición humana y de su formación. El juego, en sentido estricto, es una de las pocas cosas que no tiene otro propósito que el juego mismo. Se juega por jugar, como cuando uno es niño o niña. Aunque el futbol esté comercializado.
El juego tiene una seriedad especial, tan se lo toma así que, incluso, se distingue éste de la realidad. El juego no evade la realidad, sino que se sale de ella para buscar un solaz, un reposo e incluso un significado. Aunque es un fin en sí mismo, el juego reconecta con la vida, con la existencia concreta y nos hace ver similitudes que de otra manera no veríamos. León XIV nos ha recordado cómo es importante trabajar en comunidad: “Quien no sabe pasar el balón (…) no ha entendido el juego. Y quien no sabe vivir con los demás no ha entendido la vida.” (1).
Si algo nos enseñó la experiencia de la selección nacional en el Mundial es precisamente eso: sin equipo no hay victoria. Sin todos los involucrados, sin los once en la cancha, cada uno ocupando su lugar y dando lo mejor de sí, incluso más, no se llega a nada. Si, además de todo ello, los rivales son fuertes (futbolísticamente), el tiempo puede jugar en contra. La victoria no es fácil, requiere esfuerzo, disciplina, trabajo conjunto, también en los detalles. Todo ello, junto con el tiempo… y un poco de suerte.
Como país, la realidad es más compleja, pero hay similitudes, analogías, metáforas. Lo primero es superar la polarización que diversos agentes, sobre todo políticos, han querido instalar en los espacios públicos: “Ellos —los enemigos— contra nosotros, el pueblo, el país, la nación”.
Con ello han querido borrar la pluralidad mexicana, tanto social y política como cultural y educativa; han querido ignorar el mosaico que es México y sus regiones. Esa división es falsa. El fenómeno futbolístico nos enseña otra cosa, precisamente que, para resolver los graves y grandes problemas necesitamos de todos. El régimen ha ignorado a las oposiciones y ha introducido esa división.
Si algo nos ha mostrado ese sentimiento de adhesión a la selección nacional, sin importar preferencias políticas, ideológicas y de toda índole, es precisamente que el país es más que su gobierno, más que sus políticos, más que sus problemas. Ese sentimiento, como al buen samaritano del pasaje bíblico, puede hacer que no pasemos de largo ante las madres (y familias) buscadoras, ante los niños y ancianos sin medicamentos para sus tratamientos, simplemente ante los caídos, los que sufren.
Es León XIV quien nos ilustra en su encíclica. Toma el pasaje de Nehemías, el profeta: “El relato muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo” (2).
Esto incluye a todos. Si como país tuviéramos esa iniciativa, fuera de la polarización, buscaríamos consensos básicos aun en medio de la diversidad de posturas y opiniones. Trabajar en equipo, en comunidad, no es fácil, pero es necesario. Es lo que reclama el país.
Referencias
1) Alina Tufani-Díaz, “León XIV: La vida no es una carrera en solitario, se juega en equipo”, Vatican News, Ciudad del Vaticano, 10/jun/2026, https://goo.su/q65dSK.
2) León XIV, Magnifica humanitas, n. 8.