Viernes, 22 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Me gusta llamarte Atilio

Desde muy niña recorrí caminos solitarios donde aprendí que la muerte no es muerte

Alejandra Fonseca

Psicóloga, filósofa y luchadora social, egresada de la UDLAP y BUAP. Colaboradora en varias administraciones en el ayuntamiento de Puebla en causas sociales. Autora del espacio Entre panes
 

Viernes, Mayo 22, 2026

En memoria de Atilio Alberto Peralta Merino

Sé que te vas a reír de mí porque eso a ti no te importa, y tienes razón. Pero me gusta llamarte Atilio. ‘Albertos’ hay muchos; Atilio sólo conozco uno: tú.

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¿Sabes? Desde muy niña recorrí caminos solitarios donde aprendí que la muerte no es muerte.

Cuando murió mi hermanito Moncho, Dios se fue con él.

Durante años caminé divagando por múltiples senderos deseando que algo me devolviera a ambos. Busqué a Dios y busqué a mi hermano, en caminos, personas, soledades, ciudades, ideas, libros, viajes, espiritualidades y derrumbes. Di demasiados tumbos por el mundo -terrenal y espiritual-, creyendo que en algún sitio iba a encontrarlos de nuevo. Juntos. Y no fue así.

Hasta que un día, sin saber exactamente cómo ni por qué, algo se abrió dentro de mí. Comprendí que jamás volvería a encontrarlos afuera, porque ambos están dentro. Ahí recuperé a Dios. Ahí recuperé a Moncho. Por dentro.

Te preguntarás por qué te cuento esto.

Te explico.

Cuando nos conocimos hace veinte años, en aquellas reuniones de un grupo selecto, me impactaste desde la primera vez que te escuché hablar. Tu inteligencia era preclara y soberbia; la manera exacta y rigurosa en que estructurabas las ideas tenía algo hipnótico. La cadencia de tu voz, en mi imaginación, me transportaba a los tiempos de los grandes filósofos griegos, y te escuchaba embelesada, abrevando de esa fuente antigua de sabiduría.

Ahí empecé a convertirme en tu más atenta y asidua alumna y discípula.

Después, una tarde cualquiera de aquellas reuniones, te ofreciste a redactar un documento del grupo y pediste un escriba. Me propuse sin chistar.

Y ahí, así, empezó nuestra amistad.

Fue entonces cuando pude mirar de cerca aquello que más admiraba de ti: tu memoria privilegiada, tu precisión obsesiva, la manera en que perseguías las palabras exactas para expresar puntualmente lo que querías decir y no otra cosa. No dejabas ningún cabo suelto. Aclarabas todo hasta el exceso y documentabas hasta el más mínimo detalle. Puntualizabas cada idea para que no existieran dudas, ni interpretaciones complacientes, ni veleidades.

Contigo aprendí que pensar, también, es una forma de honradez.

Y sí, ya te estoy viendo levantar una ceja y decirme con parsimonia:

“Ajá… ¿y eso qué?”

Ahí te va:

Retomo la muerte de mi hermanito y la pérdida de Dios porque muchos años después entendí que ambos seguían vivos en mi memoria profunda. Pero fuiste tú quien me enseñó que Dios también habita el mundo terrenal.

Sí, Atilio.

Lo descubrí observándote.

Lo descubrí siendo fiel a lo que me dictabas para que yo escribiera.

Lo descubrí cuando corregías. En tu perseguir las palabras exactas para expresar lo que querías decir y no otra cosa.

Lo descubrí cuando no dejabas cabo suelto alguno. Cuando aclarabas en exceso. Cuando puntualizabas para que no existieran dudas, veleidades ni interpretaciones complacientes.

Lo descubrí cuando documentabas. Cuando reordenabas.

Lo descubrí en tu manera de desgranar la realidad. En tu disciplina feroz para separar el ruido de lo esencial. En tu necesidad casi sagrada de llamar a las cosas por su nombre exacto. En esa batalla tuya por impedir que las palabras se prostituyeran.

Ahí está Dios en el mundo terrenal.

No como dogma. No como sermón. Sino afuera: en el acto profundamente humano de perseguir la verdad con pasión y rigor.

Porque lo tuyo no era sólo mente: también es corazón.

Y gracias a eso recuperé otra vez a Moncho en este mundo. Lo seguí en la memoria intacta de nuestra infancia: en la alegría de cada risa, en la emoción de cada hormiga investigada, de cada mariposa perseguida, de cada diminuto instante que se vuelve eterno cuando alguien se niega a olvidarlo; al perseguir la verdad con pasión y rigor.

Ahora te confieso algo tuyo que siempre me hizo reír hasta las lágrimas que a la fecha me desgaja a carcajadas.

Me fascina la manera en que mandabas directito “a chingar a su madre” a cualquiera que osara ofender tu inteligencia, tu memoria inviolable y la precisión de tus ideas respaldadas siempre por montañas de libros y argumentos imposibles de refutar.

Yo lo hago, pero distinto, que en esencia es lo mismo: También mando a chingar a su madre a quien merece irse mucho a la chingada.

Y eso te divertía. Mucho. Tal vez porque ahí nos parecemos.

Por eso me gusta llamarte Atilio.

Porque algunos nombres dejan de pertenecerle a una persona y se convierten en una manera de habitar el mundo.

Porque la solidaridad que siempre tuviste para conmigo,

Es sagrada.

Y la venero.

Reafirmo lo que desde niña aprendí:

La muerte no es muerte.

Y aquí estás, en esa transición.

Y GRACIAS.  

Con mayúsculas.

alefonse@hotmail.com

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