El cielo siempre ha sido mágico, imposible no contemplarlo y ver la gama de matices, colores y hasta texturas que nos regala. El pasado Viernes S anto era un día caluroso y soleado, de pronto y como de película, llegó una nube negra y en punto de las 4 de la tarde comenzó a llover.
Para mí fue inevitable voltear al cielo y ver cómo se había cambiado de colores de un momento a otro y pensar: “Diosito, por favor que deje de llover”. La nube se desvaneció, dejó de llover y de pronto el sol nos regalaba resplandeciente sus rayos.
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Ese momento aparéntemente simple, me hizo cuestionarme de mi relación con Dios, de mi relación con la espiritualidad y sobre todo con mi fe. Después de todo, la Semana Santa se prestaba para tener esa conversación incómoda conmigo misma, además de beber cerveza y visitar la playa; aunque ya se haya vuelto una costumbre o casi una tradición de estos días vacacionales.
Él nunca fue un hombre de la iglesia. Supongo que en la fiesta cuando decidía picarse los brazos para meterse heroína, en su subconsciente buscaba ver a Dios. Quizás en sus largas fiestas en donde el alcohol se volvía el reemplazo del agua y su cuerpo ya no resistía más, pero que lograba llegar a las notas más agudas en el saxo tenor, era cuando podía sentir algo similar a las voces de los ángeles.
Pero esos mensajes de una fuerza mayor en el universo no siempre vienen cargados de cosas positivas, a veces y los más fuertes llegan en malas decisiones, que llevan a malas acciones y a tener consecuencias fatales. Con John Coltrane eso no fue la excepción. La historia se repetía como la gran mayoría de los jazzistas provenientes de la cuna de la segregación racial de la época.
El abuso de las drogas y el alcohol era la brújula que lo conducía cada vez más y paso a paso hacia la desgracia anunciada. Duke Ellington primero en 1954, y después Miles Davis en 1957, dos de los más grandes músicos de la humanidad, decidían correr de forma tajante a Coltrane como miembro de sus agrupaciones, la razón: el alcoholismo y la drogadicción, tan solo la punta del iceberg de nuestros propios demonios.
Como casi toda niña mexicana promedio, tuve que ir al catecismo, me bautizaron y me confirmaron por la Iglesia católica; para las tradiciones de mis abuelos querer saber si la existencia de Dios era verídica o no, era incuestionable. Nos enseñaron el Padre Nuestro a mi hermano y a mí, poniendo nuestras manitas con las palmas hacia el cielo, nos enseñaron a comportarnos y guardar silencio en la iglesia los domingos, a escuchar al padre sin ni siquiera entender lo que se decía en los sermones. También nos enseñaron que era necesario poner dinero en las canastillas que las señoras de las iglesias tenían, nunca nos explicaron porque teníamos que poner ahí el dinero.
Mi hermano y yo, como a eso de los diez años suponíamos que era para que Dios no nos olvidara y siempre nos cuidara. Algo así como pagar el cover del cielo y el cuidado de un viene-viene para que te cuide el coche.
Me gustaba cuando en las misas había música o la gente se ponía a cantar, a pesar de que la Iglesia católica no tiene una dinámica tan musical como la Iglesia cristiana. Para mí como niña era un momento asombroso escuchar como el murmullo desafinado de la gente tomaba forma y tonalidad colectiva para alcanzar un volumen considerable que resonaba en el eco que particulariza las iglesias.
Ahora mi hermano y yo somos adultos, y desde hace un buen rato decidimos dejar de pagar el cover del cielo y de ir a las misas. Dejamos también de llevar al catecismo a nuestros hijos, ahora, intentamos que ellos lo cuestionen todo, que investiguen del budismo, catecismo y cristianismo.
Que la duda y el cuestionamiento sea el camino que los lleven hacia donde puedan cultivar su propia fe, esa, que cuando las cosas se ponen complicadas suele irse muy lejos y es cuando más la necesitamos.
Después de que Miles lo corriera, John Coltrane empezó uno de los viajes hacia sus adentros más complicados de su vida. Algunos historiadores comentan que su proceso de desintoxicación fue en casa, de un momento a otro había tomado la decisión de dejar las drogas y el alcohol. Creo que cuando estas en una buena resaca, estos pensamientos pueden ser algo natural.
Pero tomar una verdadera decisión de dejar todo ello, no implica solo el dejar de ingerir, sino de sentarte a tomar un café con tus propios demonios, abrazarlos y perdonarlos.
Coltrane lo hizo, y en ese viaje de espiritualidad algo tocó su vida. El mensaje de Dios le había llegado en forma de ráfagas de notas. Los musicólogos le pusieron nombre a ese estilo de crear frases les llamaron “sheets of sound" (hojas de sonido), muchas notas con gran virtuosismo y el uso de la armonía densa, modulante pero claridosa.
Dicen que después de desintoxicarse Trane se encerró en su cuarto a escribir la música para uno de sus tantos discos, al salir del encierro, Coltrane ya no era el mismo y la historia del jazz tendría uno de los mejores discos de la humanidad. A love supreme, había nacido. El mensaje a Dios tenía compás y tonalidad, ese dios que lo había ayudado a salir del abismo y que ahora le regalaba una segunda oportunidad.
En 1965 Coltrane hizo en ese álbum una suite conformada por cuatro movimientos: (Reconocimiento, resolución, búsqueda y salmo). Al final del primer movimiento se escucha la voz de Coltrane con la frase A love supreme y la repite como si estuviese en una especie de trance. Logró pasar por las doce tonalidades. Lewis Porter, uno de sus biógrafos decía: «Él nos está diciendo, Dios está en todas partes, en cada registro, en cada tonalidad».
Cada uno tiene a su Dios. Esa energía, ese amor supremo que hace que la fe nunca muera, a través de su música, Trane empezó a promover la fe de las personas, y a conectarla con su espiritualidad, tan fue así que en 1969 el arzobispo Franzo W. King fundó la Iglesia Ortodoxa Africana de San Juan Coltrane (St. John Coltrane African Orthodox Church) en San Francisco, California, la cual aún sigue vigente hasta nuestros días.
El viernes que veía al cielo y pedí que dejara de llover, fui sincera y supe que no es la primera vez que pido algo viendo hacia el cielo. Cuando siento que una situación de verdad es compleja pido desde mi alma que las cosas se solucionen y de una u otra forma siempre se resuelve.
Honestamente nunca se a que Dios de los que el hombre les ha puesto nombre, le digo mi mensaje, pero siempre me ha escuchado. Hoy sé también que para mí no es necesario ir a un lugar a orar; tampoco es necesario pagar el cover del cielo ni rezar diez Padres Nuestros.
Para mí el estar en contacto con algo supremo es hacer el bien al prójimo, hacer las cosas desde el amor. Compartir lo que somos desde la forma más honesta que tengamos, Coltrane lo hizo. Dejó un gran legado y una gran enseñanza: la música es nuestra conexión directa con nuestro espíritu y nuestro amor supremo.