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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

La cabeza de Medusa

La muerte de “El Mencho” dará vida a nuevos capos con una ferocidad organizada

Rodolfo Herrera Charolet

Licenciado en Administración de Empresas. Escritor, articulista, periodista, pintor, exdiputado del H. Congreso del Estado y exfuncionario público del Gobierno del Estado de Puebla. Autor de más de veinte libros, en su mayoría sobre temas de corrupción y denuncia pública.

Viernes, Febrero 27, 2026

La cabeza de Medusa, aunque ya estaba cortada, seguía siendo un peligro mortal. Perseo la decapitó mientras dormía, pero el terror no se fue con el cuerpo: esa cabeza con serpientes todavía vivas convertía en piedra a cualquiera que la mirara de frente.

El mítico personaje la guardó en su mochila y la sacó como arma secreta: petrificó a Polidectes y a su corte entera, salvó a Andrómeda del monstruo del mar y, al final, se la regaló a Atenea para que la pusiera en su escudo. Aunque ya no tenía cuerpo, seguía matando. De su sangre nacieron Pegaso y más serpientes venenosas en la tierra.

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Es como si el miedo, la maldición o el puro poder de horror no murieran con el que lo llevaba: se quedan, se convierten en trofeo, en advertencia, y siguen jodiendo a los vivos mucho después de que el verdugo piense que ya ganó. Ahí está lo terrible: no era solo un monstruo vivo; era un monstruo que, aun muerto, no dejaba de ser letal.

La caída de Nemesio Rubén Oseguera Cervantes, conocido en las crónicas del horror contemporáneo como El Mencho, no fue un episodio policial pasajero: fue el resultado de un estallido de una herida que México llevaba años negándose a reconocer en toda su profundidad y que hoy pone en duda la estrategia nacional de “abrazos no balazos”. Una herida que se profundizó desde que Felipe Calderón llegó a la presidencia de la República, en donde su secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna enfrenta una condena de 38 años 8 meses por vínculos con el narcotráfico.

El 22 de febrero de 2026, en las sierras de Tapalpa, Jalisco —ese rincón del territorio mexicano que oculta más secretos que bellezas—, un operativo conjunto de las fuerzas armadas, la Guardia Nacional y la inteligencia federal (y supuestamente el apoyo de inteligencia de los Estados Unidos de Norteamérica) puso fin a la existencia del hombre que había convertido al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en un imperio transnacional de muerte y dinero.

La caída de El Mencho no se trató de una ofensiva triunfal, sino de un enfrentamiento cruento que dejó herido de gravedad al capo, que finalmente, lo llevó a la muerte durante su traslado aéreo hacia la capital. (Aquí los teóricos de la conspiración darán rienda suelta a los supuestos que envuelven su muerte)

Su cuerpo, identificado genéticamente por la Fiscalía General de la República (FGR), cierra un capítulo, pero abre otro mucho más peligroso, de una novela que está aún por escribirse.

Tan pronto el capo fue exterminado, no se hizo el silencio en las calles de distintos centros urbanos de la República, el ruido ensordecedor de la metralla y bombas molotov, se hicieron presentes. En donde el CJNG demostró, con una ferocidad organizada, que su poder no dependía exclusivamente de un solo hombre.

Cientos de bloqueos carreteros —algunas fuentes oficiales hablan de 252 en 20 estados, otras de 85 en 11 o más—, incendios de vehículos, autobuses, gasolineras, bancos y establecimientos comerciales (Oxxo´s), ataques directos contra elementos de seguridad y, en el saldo lamentable de decenas de muertos: al menos 25 o 26 miembros de la Guardia Nacional y otras fuerzas, además de una mujer civil inocente que se encontró atrapada en el enfrentamiento.

Los habitantes de Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima, Guerrero, Tamaulipas, Veracruz, Zacatecas, Nayarit, Aguascalientes y hasta Baja California y el Estado de México vieron cómo el narco declaró una guerra abierta contra el Estado, no por venganza ciega, sino para demostrar que el decapitado seguía vivo en sus serpientes, cual Medusa en escudo de Atenea.

El estallido de violencia revela una verdad incómoda que los comentócratas prefieren eludir: el crimen organizado en México ya no es un problema de policías y narcos o partidos; es un desafío estructural al monopolio de la fuerza legítima. El Mencho no inventó el CJNG de la nada: lo construyó sobre la base de una corrupción endémica, una impunidad casi absoluta y una economía criminal que permea regiones enteras y procesos electorales.

Durante el sexenio de Felipe Calderón y de Enrique Peña Nieto, escapó a innumerables operativos, no solo por astucia o suerte, sino porque el Estado —en sus distintos niveles— le permitió operar con impunidad.

Su caída en Tapalpa, en un complejo rural que incluía hasta instalaciones médicas privadas para su diálisis, ilustra el nivel de sofisticación y protección que había alcanzado. Pero su muerte no desmantela esa estructura; la expone en su fragilidad y, al mismo tiempo, en su resiliencia.

En mi opinión sobre este 22 de febrero de 2026 marca un punto de inflexión, pero no necesariamente hacia la esperanza. El vacío de liderazgo en el CJNG abre diversos escenarios posibles:

  • Puede generar una fragmentación sangrienta, con facciones internas que lucharán por el control de sus respectivas plazas, rutas y laboratorios. Las serpientes de una cabeza de Medusa cercenada, que derivará en una guerra civil hacia el interior del cártel.
  • Fortalecer a un sucesor impredecible y más sanguinario.
  • El enfrentamiento con grupos antagónicos al CJNG que aún tienen el respaldo de los narco políticos locales, para disputar plazas y rutas.

Ante los tres escenarios, la respuesta del gobierno —el despliegue masivo de fuerzas, la mesa de seguridad permanente, las detenciones— serán insuficientes de no acompañarse de una limpia profunda y efectiva de las estructuras judiciales, policiales, económicas y partidistas.

Mientras los grupos delictivos puedan paralizar carreteras en 20 estados en cuestión de horas, mientras puedan quemar la vida cotidiana de millones con una sola orden, el Estado seguirá siendo, en amplias zonas del territorio, un espectador de acciones roñosas y el pueblo el rehén de las atrocidades.

México no necesita más operativos espectaculares ni más cadáveres de capos exhibidos como trofeos. Necesita recuperar la soberanía real sobre su territorio, desmantelar las redes de complicidad que sostienen al crimen organizado y, sobre todo, entender que la violencia no se derrota solo con balas, sino con instituciones fuertes, justicia efectiva y una sociedad que deje de tolerar —por miedo o por conveniencia— la coexistencia con el crimen organizado.

Aún cuando ahora se habla de narco, como la peor de las pestes, también lo es la corrupción imperante en los gobiernos iniciando por los municipales. Ejemplos hay muchos y también los tenemos en Puebla.

El financiamiento de campañas de alcaldes que se reeligen y que pagan esos favores con contratos abultados, que simulan obras y que suman a su cartera millones de pesos del erario. Son claros ejemplos de una impunidad imperante, en donde la complicidad es el condimento común en todos los platillos de la corrupción. Alcaldes que se eligen como legisladores o legisladores que se acomodan como presidentes, gobernantes que ponen a su esposa, primos o hermanos como sucesores de los territorios que ya gobiernan, son algunos de los casos de esa maraña de complicidades.

Aquí los partidos juegan un papel relevante, que en búsqueda de los votos que les den sustento y más presupuesto, dirigen sus miradas hacia otro lado, propiciando el financiamiento ilegal de las campañas y la postulación de miembros o cómplices de esas bandas criminales.

Finalmente, y a manera de conclusión anticipada, el verdadero imperio que cae no es el de un hombre de 59 años (el narcotraficante más poderoso del mundo) muerto en un enfrentamiento; es el de una nación que, durante décadas, ha permitido que el terror dicte sus reglas. Y mientras no lo queramos reconocer, seguiremos condenados a repetir el mismo ciclo: un capo abatido, una oleada de sangre, y la promesa —siempre diferida— de que esta vez sí será diferente, pero que ya nadie confía.

¿O no lo cree usted?

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