Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

¿Quién descompuso a Cuba?

Una isla rota, una doctrina vieja y un hemisferio en disputa

David Córdova Tello

Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.

Jueves, Febrero 5, 2026

La crisis cubana que hoy observamos no puede entenderse como un hecho aislado, sino como el segundo capítulo de una reconfiguración más amplia de la política exterior de Estados Unidos en el hemisferio occidental, que inició en Venezuela y la detención de Nicolás Maduro hace apenas un mes. Lo anterior no implica necesariamente que la situación en ese país esté resuelta; como señaló Marco Rubio, secretario de Estado de EE. UU., se encuentran apenas en la primera de tres fases: estabilización. Faltarían la recuperación y la transición, en ese orden.  Colombia y Petro parece que por el momento han salido de escena, ya sabremos a que costo.

Para quienes aún tenían dudas —incluido el gobierno mexicano—, en su nueva Estrategia de Seguridad Nacional la administración de Donald Trump revivió la histórica Doctrina Monroe con el objetivo de restaurar su hegemonía en el hemisferio occidental y frenar la incursión de actores extra hemisféricos como China, Rusia o Irán.

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Actualmente, ese principio no solo ha sido resucitado, sino redefinido bajo lo que algunos analistas denominan el “Corolario Trump”, que combina control geopolítico, sanciones económicas, coerción militar y presión diplomática sobre gobiernos considerados “hostiles” o no alineados con los intereses estadounidenses, categoría en la que —en los hechos, aunque no en el discurso político— comienza a colocarse México.

En este contexto, la reciente política de asfixia petrolera hacia Cuba no es simplemente una medida económica: es un paso más dentro de una lógica de estrategia de sitio —que hemos señalado en colaboraciones pasadas— que avanza desde Venezuela hacia Cuba sin tregua alguna y que podría presagiar un incremento de las tensiones con México.

Como lo hicieron hace miles de años Alejandro Magno en Tiro (332 a. C.) y Julio César en Alesia (52 a. C.), así como en otras ciudades conquistadas mediante esta estrategia militar, el objetivo de Washington no parece limitarse a debilitar regímenes adversos, sino a asegurar que la región quede bajo su dominio, sin gobiernos que desafíen el nuevo statu quo.

Una breve digresión autobiográfica

Viajé a Cuba como viajaron muchos de mi generación: con el equipaje cargado de lecturas de toda índole y una curiosidad casi obligada. Habíamos estudiado Relaciones Internacionales y, antes de que muriera Fidel Castro, sentíamos la necesidad de ver con nuestros propios ojos aquello que durante años se nos había presentado como una gesta: la isla que resistía, el experimento que sobrevivía, el milagro que desafiaba al imperio.

No viajé solo. Me acompañaba uno de mis hijos; tenía cuatro años. Él no llevaba mapas ideológicos ni expectativas históricas: llevaba una mirada recién estrenada, esa que todavía no sabe mentirle al mundo.

El trayecto de Varadero a La Habana fue placentero y silencioso. Al principio, el paisaje parecía sostener la promesa turística: palmeras, luz, playas y una calma impostada. Pero conforme el autobús se internaba en la ciudad, algo empezó a resquebrajarse. La Habana se nos fue revelando como un cuerpo antiguo: hermoso y herido. Fachadas que alguna vez fueron palacios respiraban moho; balcones vencidos sostenían vidas apiladas; casas que habían sido orgullo ahora eran refugio. No era ruina súbita, sino deterioro progresivo.

Mi hijo observaba con atención, con una seriedad impropia de su edad. De pronto, sin levantar la voz, lanzó una frase que me dejó desarmado:

-Papá, ¿quién descompuso a Cuba?

No dijo qué pasó, ni por qué, ni quién tiene la culpa. Dijo descompuso. Para él, descompuesto era el juguete que ya no sirve, el mecanismo que no cumple su función, el objeto que alguna vez prometió alegría y diversión y que ahora apenas persiste. En su lenguaje mínimo, Cuba no era un símbolo político: era algo roto.

No supe qué responder. Todo lo que había aprendido —Guerra Fría, mundo bipolar, asalto al Cuartel Moncada, la crisis de los misiles, carrera nuclear, bloqueos, resistencias y culpables externos— sonó de pronto demasiado extensa y demasiado pequeña a la vez. Demasiado grande para caber en una pregunta infantil, demasiada diminuta para explicar una ciudad que se desmoronaba lentamente sin terminar de caer.

En ese instante comprendí que la decadencia casi nunca se acepta, ni se reconoce. A veces se instala como una humedad persistente, como una grieta que nadie repara. Comprendí también que hay verdades que solo pueden formularse desde la inocencia de quien aún no ha aprendido a justificar con retórica el deterioro.

Hoy Cuba enfrenta una crisis energética profunda: reservas de petróleo que podrían agotarse en cuestión de semanas y apagones que ya amenazan servicios esenciales como la salud y el transporte. La isla es un claro ejemplo de cómo la presión económica se traduce en consecuencias sociales inmediatas y, al mismo tiempo, le permite a Trump abrir un espacio para negociar con sus dirigentes desde la lógica de la capitulación.

México en la mira: ¿el tercer capítulo de la Trumproe?

Partiendo de esta lógica, México deja de ser simplemente un vecino con intereses económicos y sociales compartidos para convertirse en un eslabón estratégico en la reconstrucción del dominio estadounidense en la región.

Desde 2025, México superó a Venezuela como principal proveedor de petróleo a Cuba, abasteciendo una parte significativa de la demanda energética de la isla. Sin embargo, esta relación comercial se ha convertido en un punto de tensión con Washington, que ha impuesto aranceles a los países que suministran crudo a Cuba como parte de su estrategia de sitio. La presidenta Claudia Sheinbaum ha advertido que dichas medidas podrían desencadenar una crisis humanitaria, subrayando la complejidad del equilibrio entre la solidaridad regional y la relación con Estados Unidos.

Para México, vivir bajo este nuevo mapa geopolítico implica un desafío profundo: ¿mantener una política exterior que combine soberanía y solidaridad regional, o ceder a las presiones estratégicas de su socio comercial y superpotencia vecina? La respuesta a esta pregunta definirá no solo su papel en la región, sino el grado real de su soberanía en un escenario donde las reglas del hemisferio son reescritas.

La tesis de una estrategia de sitio moderna y progresiva —de Venezuela a Cuba y luego México— bajo una Doctrina Monroe reconfigurada no es una exageración teórica, sino una lectura crítica de los hechos actuales.

Este retorno no solo tiene implicaciones políticas y económicas, sino también éticas y humanas. Los pueblos cubano, venezolano y mexicano se convierten —en la retórica y, lamentablemente, en la práctica— en piezas de un tablero geoestratégico mayor, donde la soberanía y la autodeterminación quedan subordinadas.

Posdata. Años después del viaje cubano, aquella pregunta volvió a resonar cuando leí a Donald Trump, hablar de la anexión de una parte sustantiva del territorio mexicano a Estados Unidos en 1848, con el tratado Guadalupe Hidalgo. Lo hizo como si las fronteras fueran líneas indelebles y la historia negociable. Lo dijo con ligereza no como una amenaza formal, sino como una proyección psicológica y posibilidad imaginable. Entonces recordé lo que mi hijo había percibido en Cuba no era solo el desgaste de una isla, sino el anuncio de una lógica más amplia: los países, como los objetos, pueden ser declarados descompuestos, fallidos o inservibles. Lo que se considera inservible se corrige o se absorbe.

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