La ejecución de Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan, en presencia de su hijo menor de edad y acompañado por el pueblo de esa localidad cuando celebraban juntos el Festival de las Velas, conmocionó al país entero el fin de semana.
El brutal acto, amenaza con provocar una irritación social profunda difícil de contener. Las protestas sociales no cesan.
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Indignación nacional
La indignación fue unánime, nacional. La afectación que recorrió el país recordó a la que se vivió en marzo de 1994, tras el asesinato de Luis Donaldo Colosio. La furia se apoderó de los michoacanos y se extendió a todo México, apuntando directamente al gobernador Alfredo Ramírez Bedolla y, de manera furibunda e inevitable, a la presidenta Claudia Sheinbaum.
Por primera vez en años, el repudio ciudadano y de amplios sectores sociales alcanzó niveles inéditos. También, como nunca antes, miles de mensajes en redes sociales —muchos con insultos directos y soeces— responsabilizaron a los gobiernos estatal y federal. La conclusión fue contundente y clara: “lo abandonaron, lo dejaron solo” y permitieron que lo masacraran.
Las saetas se enfilaron directamente a Sheinbaum y a su secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, quienes no pudieron esquivarlas esta vez. Los antecedentes del caso —las ejecuciones de Bernardo Bravo, líder de los limoneros y del sobrino de Hipólito Mora, cabeza de las Autodefensas— fueron determinantes para que así fuera. Durante semanas, pidió auxilio y advirtió de amenazas. El gobernador de la entidad, Alfredo Ramírez Bedolla, la presidenta y Harfuch, incluidas sus “batichicas”, desecharon su súplica. Fue ignorado, quizá por tratarse de un alcalde independiente y crítico de Morena.
La fallida contención
Los liderazgos del partido en el poder quedaron paralizados, sin saber qué hacer. Pasaron horas para que reaccionaran y entendieran que había que salir a rescatar a la presidenta. Marcelo Ebrard, María Luisa Alcalde, Monreal y otros personajes plantaron pecho y emitieron mensajes de “condena y condolencia”, que más que calmar las aguas, las agitaron aún más. La estrategia mediática ordenada logró que la rabia se atomizara, pero fue inservible para evitar que el fuego se propagara por toda la pradera nacional. El asesinato de Manzo marcó un antes y un después y el gobierno parece no entender su magnitud.
El nieto del Tata Cárdenas a escena
Como en otras crisis, el gobierno volvió a sacar de su chistera el cartucho quemado, y culpó al pasado y a Calderón. En la reunión del Gabinete de Seguridad del domingo, Sheinbaum apareció flanqueada por Lázaro Cárdenas Batel, exgobernador de Michoacán. Vale recordar que, en noviembre de 2006, él mismo solicitó la intervención militar en la entidad, dando origen —según la versión popular— a “la guerra de Calderón”, para frenar la expansión del cártel del Golfo y Los Zetas, que el nieto del Tata Cárdenas dejó penetrar en la entidad.
¿Por qué, entonces, apareció a su lado en un momento tan delicado? Si la intención era desmarcarse de aquella política, su presencia resultó un error estratégico. Ese detalle refleja un desorden gubernamental que se vuelve cada vez más recurrente.
Dos días después del crimen, la presidenta —que tuvo tiempo suficiente para reflexionar y mostrar templanza— volvió a la carga, pero ahora la agarró contra los mexicanos que cometieron el grave pecado de indignarse. Sheinbaum tuvo la oportunidad de convocar a la unidad nacional. En cambio, eligió confrontar a los ciudadanos, incluso insinuando que se revisarían sus redes sociales. No mostró el mismo rigor frente a los responsables del asesinato. Su respuesta fue emocional y el tono, impropio de la investidura presidencial.
Desde luego que la anémica oposición partidista y otros personajes trataron de llevar agua a su molino —siempre ha sido y así será la política en México y en el mundo, nada de qué ruborizarnos—, pero lo preocupante es la negación persistente del gobierno frente a la realidad. Esa estrategia de minimizar, culpar y polarizar funcionó durante un tiempo, pero los tiempos han cambiado.
Seguridad fracasada
Los catorce elementos de la Guardia Nacional encargados de proteger a Manzo fracasaron rotundamente en su misión. Lo dejaron morir solo, frente a su hijo y su pueblo. La imagen del alcalde, con su hijo en brazos mirando al cielo, es desgarradora y se volvió emblemática. No tiene ideología: es humanidad pura y debe entenderse así.
No hay elementos reales para saber si su gestión fue la mejor, pero sí sobre su valentía. Se enfrentó al crimen sin pactos, defendió a sus ciudadanos y habló con la verdad que lo llevó a la tumba. Sus llamados de auxilio fueron ignorados, y su voz se ahogó en su propia sangre. Por eso, más allá de la política, Carlos Manzo encarna el ejemplo de un servidor público con dignidad, y quizá el mejor presidente de México, como lo definió su esposa.
Posdatas
Uno. Por el bien de Michoacán y de México, Alfredo Ramírez Bedolla debería renunciar, como lo hizo Fausto Vallejo cuando se revelaron sus nexos con La Tuta durante el “Plan Michoacán” del presidente Peña Nieto.
Dos. Sheinbaum intenta ahora “refritear” aquel mismo plan para acallar la indignación nacional. En los hechos, renunció a la política de “abrazos, no balazos” y recurre a estrategias heredadas de Calderón y Peña Nieto. Paradójicamente, culpa a ambos de los males del país mientras adopta sus fórmulas.