Hace algunos días autoridades de Puebla dieron a conocer la detención de un estudiante de la Máxima Casa de Estudios del Estado, tras descubrirse que planeaba un ataque armado contra sus compañeros, inspirado en una masacre ocurrida en el CCH Sur de la UNAM. El joven, que se autodenominaba “incel” (acrónimo de involuntary celibate o célibe involuntario), compartía en redes sociales mensajes de odio y amenazas directas hacia sus compañeros.
El caso se volvió viral por la rapidez con que las autoridades actuaron al detectar las publicaciones, pero también porque cada día, con más frecuencia, se presentan este tipo de situaciones extremas entre los jóvenes de nuestro país.
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Las redes sociales son hoy una extensión de la vida cotidiana de adolescentes y jóvenes. En ellas expresan emociones, frustraciones, aspiraciones, e incluso, sus malestares más profundos. Allí dejan pistas que pueden ayudar a detectar conductas de riesgo si hay alguien -un padre, una madre, un docente, un amigo- que observe con atención y, sobre todo, que esté dispuesto a escuchar.
Durante mucho tiempo se pensó que lo digital era un mundo paralelo. Sin embargo, los entornos virtuales están profundamente conectados con la realidad emocional de quienes los habitan. En las redes, los jóvenes buscan identidad, pertenencia y validación. Pero también pueden encontrar comunidades que refuerzan el aislamiento, la misoginia o la violencia, como ocurrió en este caso con los grupos “incel”, en los que se promueven discursos de odio hacia las mujeres y el resentimiento hacia la sociedad.
Los algoritmos amplifican estas emociones y en cuestión de días un adolescente que atraviesa una etapa de vulnerabilidad puede terminar sumergido en foros que normalizan la agresión y la deshumanización. Por eso, mirar lo que nuestros hijos publican -o lo que consumen- no es invadir su privacidad, sino cuidar su integridad.
Muchos padres temen ser vistos como intrusivos si revisan las redes de sus hijos. Pero acompañar no es espiar, es generar espacios de confianza en los que los adolescentes sientan que pueden hablar de lo que ven, piensan o sienten, sin miedo a ser juzgados.
La comunicación familiar efectiva no se limita a preguntar “¿cómo te fue hoy?”, implica aprender a leer entre líneas, a escuchar lo que no se dice, a notar cambios en el tono de las conversaciones o en la forma en que un hijo se aísla. Cuando un joven se siente incomprendido o ignorado en casa, buscará un refugio en comunidades digitales que pueden reforzar su enojo o tristeza.
La vigilancia pasiva -solo mirar sin intervenir- no es suficiente. La clave está en la comunicación activa, empática y dialogante, es decir en preguntar con genuino interés, sin ironías ni sermones, pero sobre todo en escuchar con paciencia. Y si se detectan señales de alerta, actuar con prontitud, buscando orientación de especialistas en salud mental o instituciones educativas.
Casos como el del estudiante poblano muestran lo que puede ocurrir cuando la soledad emocional se combina con entornos digitales hostiles. Detrás de cada perfil que amenaza o agrede puede haber un adolescente herido, confundido o que no encuentra otro modo de expresar su dolor. No se trata de justificar la violencia, sino de comprender sus raíces.
La intervención temprana -desde casa, la escuela y la comunidad- puede evitar tragedias. Detectar publicaciones agresivas, mensajes de odio o conductas autodestructivas en redes sociales debe llevarnos a preguntar, no a castigar de inmediato. Necesitamos cuestionar el “¿Qué te hizo sentir así?”, “¿por qué piensas eso?”, “¿qué pasó que te hizo enojarte tanto?”. Las respuestas pueden revelar sufrimiento, acoso, falta de pertenencia o incluso problemas de salud mental que necesitan atención profesional.
En COMFAM Comunicación Familiar trabajamos con la convicción de que la comunicación no es solo hablar, sino también construir vínculos de confianza que protegen. Las familias que dialogan abiertamente desarrollan una especie de radar emocional, pues detectan antes los cambios, previenen riesgos y saben cuándo pedir ayuda.
Hoy, más que nunca, la crianza requiere alfabetización digital. No basta con enseñar a usar las redes “con cuidado”; hay que enseñar a pensar críticamente sobre lo que se ve, lo que se comparte y lo que se siente. Y, sobre todo, enseñar que siempre es posible hablar con alguien de lo que preocupa o duele.
El caso de Puebla debe ser una llamada a la acción, no al miedo. La prevención comienza en casa, en la escucha cotidiana, en esas conversaciones aparentemente simples que construyen confianza. Cada mensaje leído a tiempo, cada diálogo abierto, puede ser la diferencia entre una crisis contenida y una tragedia anunciada. No me cansaré de decirlo, ya que al final la mejor red social sigue siendo la propia familia.