Septiembre es el mes de la Prevención Mundial del Suicidio y en esta columna abordaré algunas cosas. Desde una perspectiva con datos no reales para cuidar la privacidad de la persona involucrada, pero sí verídicos, comparto una historia cercana sobre alguien que conocí y que lamentablemente tomó la decisión de quitarse la vida este año. En honor a esa persona, decido escribir estas líneas.
Hace unos meses conversé con una amiga que, en voz baja, me contó que había perdido a un compañero de trabajo. No hubo notas públicas ni cobertura ruidosa; hubo un silencio largo y, al final, preguntas que nadie se atrevió a formular en voz alta. Ese silencio —esa incomodidad para nombrar que alguien se estaba ahogando en su propia angustia— es parte del problema.
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Hablar de suicidio incomoda y da miedo. Pero evitar el tema no lo hace desaparecer: lo naturaliza como una tragedia inevitable, no como un problema prevenible. La evidencia y la experiencia coinciden: muchas muertes por suicidio ocurren en contextos donde faltaron apoyo, acceso a atención o redes comunitarias que supieran cómo acompañar. Por eso necesitamos mover la conversación del tabú hacia la respuesta pública y comunitaria.
Prevenir el suicidio no es sólo una cuestión clínica: es sanitaria, social y política. La falta de servicios accesibles de salud mental, la precariedad laboral, la violencia, la soledad y la estigmatización del sufrimiento emocional son factores que convergen. Intervenciones sencillas —una línea de ayuda atendida 24/7, protocolos en escuelas y centros de trabajo, formación para primeros auxilios psicológicos, mayor inversión en atención primaria de salud mental— han demostrado reducir riesgos cuando se aplican de forma sostenida.
Los medios y las autoridades tienen una responsabilidad especial. La cobertura informativa debería evitar el sensacionalismo y ofrecer información útil (cómo pedir ayuda) en lugar de detalles gráficos. Las políticas públicas deben priorizar recursos y crear redes intersectoriales: educación, salud, seguridad social y trabajo. Pero la respuesta no puede quedar sólo en el Estado: comunidades, vecinas, escuelas y lugares de trabajo también pueden ser espacios de prevención si aprenden a escuchar y a canalizar.
Si conoces a alguien que atraviesa una crisis, algunas acciones concretas ayudan: pregúntale con cuidado cómo está, escucha sin juzgar, acompáñalo a buscar ayuda profesional y elimina —si es posible— objetos o circunstancias que aumenten el riesgo. Acompañar no es resolver todo, pero sí puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
Hablar de prevención es también un acto de esperanza. Impulsemos políticas que amplíen la atención, formemos a la gente para detectar señales de riesgo y cambiemos el relato público sobre el dolor emocional: de culpa o vergüenza a comprensión y apoyo. Porque la vida de cada persona importa y, muchas veces, una red atenta llega a tiempo.
Si tú o alguien que conoces necesita ayuda ahora, en México puedes comunicarte a la Línea de la Vida: 800 911 2000, disponible las 24 horas, los 365 días del año.
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