La reciente visita a México del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, para reunirse con la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido ampliamente comentada. Como siempre ocurre en encuentros de esta naturaleza, las opiniones han oscilado entre quienes celebran “los acuerdos alcanzados” y quienes critican “las concesiones otorgadas” a Washington en detrimento de nuestra soberanía e independencia. Reitero: siempre ha sido así.
Sin embargo, en esta ocasión las expectativas eran inusualmente tensas. Se anticipaban agendas marcadamente distantes —tal como se encuentra el país en este y otros temas—, cuando en realidad el encuentro terminó siendo una visita tradicional, protocolaria e incluso cordial. Los acuerdos oficiales resultaron descafeinados, pero hubo acuerdos, que no redefinieron de manera sustancial la relación bilateral, como algunos esperaban.
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Tratemos de poner las cosas en perspectiva para dar un poco de claridad al tema, que fuera -o dentro- de los entretelones diplomáticos, nos trajo una insospechada sorpresa:
Los claros
El primer punto, y quizá el más relevante, es el reencauzamiento del diálogo y la cooperación en materia de seguridad y narcotráfico, casi a los niveles que se tenían en sexenios anteriores y que se interrumpieron abruptamente durante el gobierno de AMLO. Para dar fe de ello, vale la pena recordar lo expresado por Marco Rubio: “No hay ningún gobierno que esté cooperando más con nosotros que el gobierno de México”, al tiempo que agradeció el envío de 55 capos sin aduana legal de por medio. Poco más que añadir, salvo la retórica.
Otro aspecto significativo es el epitafio del “abrazos, no balazos”. Desde el inicio de la actual administración quedó claro el giro de 180 grados en materia de seguridad, pero esta visita sepultó aún más la manida estrategia del gobierno anterior. Lo que sigue ahora es que ambos gobiernos cooperen con un fin común: desarticular a los grupos criminales —para ellos, terroristas— que afectan a ambas naciones. Y eso, imposible hacerlo con abrazos.
Un tercer logro, que no debe minimizarse, fue la creación de un grupo binacional de alto nivel para la coordinación en seguridad y la lucha contra el crimen organizado. Aunque no se precisaron detalles ni alcances —lo que resulta natural—, se demostró que, pese a las fricciones en otros temas como el arancelario, es posible obtener beneficios para ambos países.
Un punto adicional fue mantener en la agenda conjunta el tema del tráfico ilegal de armas, que desde Estados Unidos sigue alimentando a los grupos criminales con armamento cada vez más poderoso y sofisticado. México ha insistido en este asunto, donde escasamente se ha avanzado del lado estadounidense.
Finalmente, Rubio atemperó y colocó en su justa dimensión los excesos verbales de Donald Trump, quien había afirmado que la presidenta teme a los criminales y por eso rechaza el “generoso apoyo militar” que le ofrece. Las aguas volvieron a su cauce.
Los oscuros
Desde el lado mexicano se quiso presentar la visita como la oportunidad de alcanzar la firma de un acuerdo integral en materia de seguridad, migración y frontera. Esto no ocurrió y se pospuso para mejor ocasión. México aseguró que el documento estaba concluido, pero parece que en Washington no hay prisa, y quizá tampoco la confianza ni el consenso necesarios para dar ese paso adicional. Al parecer, no bastan las detenciones de capos y el desmantelamiento de narco laboratorios: quieren algo más, y todos sabemos qué.
Se mantuvo latente la posibilidad de que Estados Unidos, apelando a su recién estrenada ley contra el narcoterrorismo aplicada en Venezuela, pudiera implementarla unilateralmente si así lo dispusiera Trump. Aunque la cooperación alcanzada es el antídoto más efectivo contra esta amenaza, la posibilidad sigue pendiendo como una espada de Damocles.
Respecto a la extracción de “El Mayo” Zambada, oficialmente no se abordó el tema ni fue mencionado por el canciller estadounidense. El silencio sobre la extraterritorialidad del operativo parece más bien una confirmación tácita sobre las dudas mexicanas, por encima de las traiciones internas en el Cártel de Sinaloa. Un tema que seguirá siendo motivo de desacuerdo bilateral y que toca de lleno la soberanía nacional.
El principal logro
No puede pasarse por alto que la cumbre ocurrió un día después de la detención del vicealmirante Manuel Farías Laguna, con su hermano Fernando prófugo, ambos sobrinos de Rafael Ojeda, almirante y exsecretario de Marina, acusados de delitos relacionados con una amplia red de huachicol fiscal. El entramado criminal alcanza a la cúpula de la SEMAR, empresarios y funcionarios aduaneros, concentrando sus operaciones en Tamaulipas, epicentro del escándalo que también involucra a autoridades locales de alto nivel. Este caso está manchado de sangre con tres personas vinculadas que han perdido sospechosamente la vida violentamente.
Es probable que este fuerte golpe al crimen organizado haya tenido éxito gracias, en parte, al intercambio de información e inteligencia con Estados Unidos, que ha puesto especial atención en las redes financieras y en el huachicol ligados al narcotráfico en México. Se trata de un tremendo e histórico golpe, que lamentablemente mancha la reputación y el uniforme inmaculadamente blanco de una institución en la que Washington había depositado gran confianza y que en nuestro país gozaba de elevada aprobación.
Posdata
La militarización de las aduanas mexicanas, vista ahora con el affaire de Rafael Ojeda y sus sobrinos consentidos, demostró el rotundo fracaso de su gestión. Y no lo dice la oposición, sino las propias autoridades de seguridad y ministeriales del gobierno mexicano. Por más tierra que se quiera echar encima, el tema seguirá dando de qué hablar en los próximos días. Envía una señal plausible de entendimiento con Trump, sí desde luego, pero al mismo tiempo, también desnuda el nivel de podredumbre hecha… en México.