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OPINIÓN

México, sin salida al norte

En 2024 recibimos unas 80 mil solicitudes de refugio, sin políticas públicas sólidas para la integra

Norma Angélica Cuéllar

Investigadora y periodista mexicana. Actualmente realiza una estancia de investigación posdoctoral en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP. Tiene publicaciones sobre migración y política en revistas especializadas y en diarios nacionales. Sus temas de investigación son migración, religión y política nacional.

 
 

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Miércoles, Agosto 6, 2025

México se está convirtiendo en un destino forzado para miles de personas migrantes, pero no porque sea un país que ofrezca oportunidades reales de vida. Con un 56 por ciento de su población en el subempleo y sin políticas públicas sólidas para la integración, quienes deciden quedarse lo hacen más por descarte que por convicción.

El verdadero motor de este asentamiento no es el atractivo de México, sino el cierre sistemático de las rutas hacia Estados Unidos: ni legales ni irregulares. El tránsito se convirtió en encierro.

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En 2024, unas ochenta mil personas solicitaron asilo en México. ¿A cuántas se les otorgó en 2025? Apenas 711. Es decir, menos del 1 por ciento. La Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR) está completamente rebasada, pero eso no detiene a las agencias internacionales de lanzarse elogios mutuos. Que si México es ejemplo regional, que sí ha mostrado liderazgo humanitario. Pues si tanto aplauden, que se caigan con más lana. Porque los reconocimientos no dan de comer, y mucho menos dan estatus legal ni protección efectiva.

El endurecimiento de la política migratoria estadounidense, agudizado desde el 20 de enero pasado, cuando Trump eliminó de tajo el CBP One, está dejando a miles varados en nuestro país. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), la proporción de personas que consideran quedarse en México subió del 24 al 46 por ciento en apenas unos meses. No porque aquí les espere algo mejor, sino porque ya no hay para dónde ir.

Estados Unidos cerró las puertas y blindó las ventanas. Y México, sin siquiera tener piso firme, se está quedando con quienes fueron expulsados del tablero.

Es brutal ver cómo cambia la ruta sobre la marcha: un 65 por ciento de los migrantes partieron pensando en llegar a Estados Unidos, pero ya solo el 46 lo sigue considerando. México, en cambio, pasó de ser contemplado como destino por el 30 por ciento al inicio del viaje, al 46 por ciento durante el trayecto. Eso no habla de esperanza. Habla de resignación. De aceptar quedarse en un país que apenas sobrevive y que ahora funge como tapón migratorio del Norte Global.

La narrativa oficial intenta vender esta situación como liderazgo y compromiso humanista. El propio Filippo Grandi, titular de la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR) envió una carta a la Secretaría de Relaciones Exteriores felicitando a México por su política de protección a personas refugiadas.

Pero basta darse una vuelta por los albergues saturados, los campamentos improvisados, las redadas diarias y la lentitud del sistema de asilo para entender que aquí no hay integración: hay contención. No hay inclusión: hay sobrevivencia.

Y si los números no son suficientes, pensemos en el modelo: un país que no garantiza derechos a su propia población difícilmente podrá sostener una política sólida para quienes llegan. La precariedad es estructural. No hay acceso al trabajo formal ni vivienda digna. La mayoría de las personas migrantes que deciden quedarse aquí, lo hacen sin red de apoyo, sin papeles y sin horizonte.

Mientras tanto, el Estado mexicano se sienta a la mesa de los organismos multilaterales a cosechar elogios, cuando lo que falta es infraestructura, presupuesto y voluntad real para crear condiciones dignas. ¿De qué sirve ser “referente regional” si lo único que se ofrece es encierro y papeleo? El liderazgo humanitario no se mide en aplausos sino en derechos garantizados.

La presencia internacional debería venir acompañada de financiamiento real. Porque si el plan es que México se quede con esta población, entonces el costo no puede recaer en los mismos de siempre: en las redes comunitarias, en las organizaciones al borde del colapso, en los migrantes que sobreviven como pueden. Si quieren que México sea “destino”, entonces que sea también receptor de recursos, de responsabilidad compartida y de justicia internacional.

Aquí no hay país de acogida. Hay país de descarte. Y eso, por más que lo adornen en comunicados diplomáticos, no tiene nada de humanismo.

Hasta aquí, ya veremos qué pasa con la marcha de migrantes que planean salir de Chiapas para presionar a la COMAR y al gobierno mexicano para que agilice sus solicitudes de la condición de refugiados. Ya hemos hablado de lo mal que está la COMAR. Estaremos pendientes.

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