El mote de Generación Gerber tomó carta de naturalización en el mundillo político de nuestro país en la inclemente y despiadada administración de Carlos Salinas de Gortari. Su significado era obvio: jóvenes amigos, compinches y entenados del presidente se adueñaron de las posiciones políticas más relevantes y desde ellas iniciaron el desbarranco del país.
El mentado modismo, como todas las frases y lemas que se acuñaron entonces, primero se pronunciaban con admiración y respeto (Democracia y Solidaridad; ¡Con el TLC entraremos al Primer Mundo!), para tiempo después decirse con sorna y rencor debido a la miserable vida nacional que sufrimos de tan nefasto sexenio.
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Sin embargo, el sustrato de esta práctica de Heredar la Patria a las nuevas generaciones de las familias priistas y panistas y ahora morenistas, ha penetrado tan profundamente las entrañas de la política mexicana que se antoja titánica, cuando no imposible de erradicar, ya sea que se trate de gerbercitos o gerbercitas municipales, estatales o nacionales.
Ante ello me pregunto: ¿cuál es la edad óptima para asumir responsabilidades trascendentales lo mismo en una familia, que en una sociedad, que en un estado? La respuesta depende de varios factores y circunstancias y aún de la época de la cual se hable y no guarda ninguna relación con la edad constitucional de ciudadanía.
En los tiempos de mi niñez no había duda: se pasaba de niño a adulto tan pronto como terminabas la educación elemental, te gustara o no y así nos fue. Y aún había los casos extremos cuando la ausencia de alguno o ambos de los padres, madres y abuelos o abuelas, el mayor de los hijos o hijas, sin importar la edad que tuviera al momento del asunto, pasaba a ser la cabeza de familia, de quien dependían los demás niños o adultos que formaran su círculo familiar.
Hoy día esta realidad continúa en muchas de las latitudes de nuestra patria, pero, sin duda, en otras no; sobre todo en aquellas donde la o el orgullo de su nepotismo tiene como progenitor a una política o político influyente y machuchón.
Y dicha práctica de favorecer a los nenes y nenas aspiracionistas a funcionarios, rara vez tiene final feliz, sin importar si se trata de cachorros del priismo, del panismo o del morenismo, pues siempre alguna o alguno de estos Hijos de la Malinche Política termina protagonizando escandalosos desvaríos, inocultables ineficiencias o francos delitos.
Y esta condición de beneficiario nepótico y abusivo es tan insultante, que en los momentos más cínicos cuando poco o nada podía hacerse como ahora a través de las redes sociales, tuvo cual única válvula de escape la representación televisiva ácida y burlona en la caracterización que Luis de Alba interpretaba de un jovenzuelo baquetón y mantenido apodado El Pirruris, cuya materialización biológica y verdadera conocimos en las indignantes confesiones que Roberto Palazuelos Badeaux hizo de su vida de pirrurrete al lado de los hijos de Miguel de la Madrid, Ernesto Zedillo y Carlos Salinas de Gortari y que, sin ningún empacho ni vergüenza, enarboló con la mira en ser designado candidato a gobernador de Quintana Roo o, de perdis, senador.
Actualmente ―desdeñando el pasado nacional― y con la intención de dar mejores oportunidades a los jóvenes el gobierno poblano ha incorporado a sus filas a noveles talentos ―casi todos hijos e hijas de connotadas familias revolucionarias― con el deseo, supongo, de foguearlos en el escabroso camino de la política, que a decir de los dinosaurios priistas ―hoy redimidos aquí, allá y acullá―, es el arte de tragar sapos, sin hacer gestos.
Y, sin duda, la intención de brindar una oportunidad laboral tempranera vale para un inocuo discurso de fin de cursos escolar, pero que en la vida real tiene sus asegunes puesto que la necesaria curva de aprendizaje que todo trabajador del gobierno tiene que transitar ―ya sea este político, manual o intelectual― se financia con el dinero y precaria atención institucional de todos los poblanos, mientras esperamos a que el gerbercito o gerbercita se entere de las entretelas de su encargo y actúe en consecuencia a nuestro favor y satisfacción.
Y esto resulta particularmente alarmante en el caso estatal puesto que, a diferencia del salinismo donde la Generación Gerber la formaban másteres y doctores egresados de las más prestigiadas y costosas universidades norteamericanas, algunos de estos imberbes poblanos apenas alcanzan una reciente licenciatura y otros ni eso.
Y, todo aquel que sea o desee ser padre o madre, bien que comprendemos ―porque podría tratarse de los nuestros― que el nene o la nena aspirante a funcionario público, líder sindical, juez o legislador merecen ir haciendo sus pininos en eso que les chifla y desvela.
Sin embargo, el juicio y razón se topan con la cuestión indiscutible de ¿por qué deben comenzar la carrera política a sus tiernos 23, 24 o 27 años como secretarios de gabinete, subsecretarios o diputados y no como modestos aprendices, jefes de departamento o ¡bueno, si sacó puros dieces, como subdirector de área!, condiciones éstas más acorde a su limitado expertise en las escabrosas faenas de la grilla política y politiquera, en la que hasta nuestra bragada presidenta traga sapos, hace entripados y saca las castañas del fuego de más de uno de los vampiros y vampiras que la rodean?
¿O será que en Puebla nuestra Generación Gerber local no tiene que lidiar con tal runfla de compañeros de sector y de partido que busquen aprovecharse de la limitada experiencia administrativa para llevar agua a su propio y subalterno molino burocrático?
A lo mejor es por eso y yo aquí de desfasado freudiano, creyendo que la clase política en Puebla no es como en todo el demás país y aquí sí se autocontendrá de darle la vuelta y el avión al Señorito o Señorita Secretaria, mientras el cuerpo y el presupuesto aguante o el Gran Elector le enmiende la plana en una mañanera y, días después, lo cambie por otro novel talento… o un ser sintiente.