Celebramos con mucho gusto un año más de vida del periódico digital e-consulta, un ejemplo de lo que podemos llamar, sin temor a exagerar, un templo de la libertad de expresión.
Si ustedes se asoman a la lista enorme de colaboradores de este medio de comunicación, se encontrarán con las más variadas expresiones de distintas posiciones ideológicas, políticas y morales que pudieran imaginar y que, en un diálogo interno generado por la propia dinámica del medio, constituyen la más clara expresión de lo que los ciudadanos entendemos por la libre expresión e intercambio de ideas, en el marco de un manifiesto respeto por las distintas posiciones externadas y, a la vez, una demostración de la firme convicción que tenemos de poder persuadir al otro de la bondad de nuestros argumentos.
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Yo tengo el privilegio de colaborar para e-consulta desde el 6 de julio de 2021. En esas fechas el maestro Ruiz me entrevistó como Secretaria General de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y precandidata a su rectoría. Al finalizar este interesante ejercicio profesional eminentemente ideológico y político, me invitó a participar como columnista de e-consulta, invitación que obviamente acepté y agradecí.
La acometida nacional que hemos presenciado en contra de la libertad de expresión nos plantea al menos dos preguntas: ¿qué se castiga cuando se castiga el acto de criticar y por qué se castiga?
Cuando alguien emite una crítica está ejerciendo, entre otras cosas, la libertad que el estado de derecho le garantiza. Esa crítica es la expresión de una persona concebida como racional, libre y autónoma, capaz de entender y de seguir las normas de conducta establecidas por la comunidad a la que pertenece, y de hacerlo por convicción propia. En esto se muestra su libertad y autonomía.
Es fundamental reafirmar esta concepción del quehacer humano, pues de no hacerlo, estaríamos cayendo en la idea absurda de que a cada paso que la persona da se plantea una ecuación entre las ventajas y desventajas de actuar de uno u otro modo. Se la pasaría imaginando los escenarios de una u otra acción e imposibilitado de actuar.
Esta es justamente la esencia de la educación, tanto la familiar como la escolar, formar a las personas de tal manera que su conducta sea la conducta esperada por parte de su comunidad.
Por esta razón, cuando alguien actúa fuera de “lo esperado” nos planteamos la pregunta: ¿por qué no siguió la regla? Y con ‘regla’ nos referimos no a las normas escritas, sino a las formas de conducta establecidas y aceptadas dentro de la comunidad.
Ahora podemos responder a la pregunta de qué se castiga cuando alguien emite una crítica, pues se está castigando una práctica instalada y aceptada por nuestra sociedad. ¿Es esto racional, aceptable o justificable? ¡Claro que no! Es como si castigaran a la sociedad entera.
Esta respuesta nos lleva de inmediato a nuestra segunda pregunta: ¿por qué se castiga entonces?, ¿por qué algo tan absurdo se hace por parte de quien debiera velar por la protección de nuestros derechos y libertades?
Es imposible aceptar que se castigue a alguien por ser una persona, por actuar como tal. Por otra parte, si el Estado te dice que las leyes que aprueba no son sino la expresión del consenso social, o sea, que la sociedad está de acuerdo en castigarte por ejercer tu libertad de expresión, no puede sino estar cometiendo una contradictio in adjecto, pues son contradictorias las leyes que constituyen una autoinhibición, una autocensura del consenso que establece la libertad de expresión para cada miembro de la sociedad.