Logo e-consulta

Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Yo también hablo de mi abuela

La amo y agradezco por inmunizarme, entre otros, del mal de la arrogancia política

Patricio Eufracio Solano

Es licenciado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras, ambos por la UNAM; así como doctor en Historia por la BUAP. Estancias de investigación en la Universidad de Georgia, y en la Universidad Complutense, donde se benefició de la beca para Hispanistas extranjeros del Ministerio de Cultura del Gobierno de España.

Viernes, Julio 11, 2025

Recurrir a las enseñanzas de las abuelas como ejemplo, exculpación o descargo es algo harto socorrido en nuestra patria. Lo terrible de esto es que, por inmerecido egoísmo hacia ellas, en ocasiones terminamos ensombreciendo su recuerdo con nuestra incontinencia verbal o hiperquinético comportamiento, a través de bochornosos escenarios como el reciente desaguisado entre la nueva secretaria de Turismo y el gobernador del estado.

Yo sólo tuve una abuela. La madre de mi madre. La otra, la de mi padre, no la conocí. Así que cuando en mis remembranzas hablo de “mi abuela”, me refiero a ella, a la única que viví y vivió en mi cotidianidad hasta cuando ya era casi un hombre; siempre pendiente de mí con sus grandes ojos, su cabello chino y su eterna sonrisa amorosa.

Más artículos del autor

Todos los que la conocieron coinciden en que fue una buena mujer, mejor madre y espléndida abuela. Ella nunca reconocía en público estas alabanzas y menos aún nos permitía que la usáramos de ejemplo, tanto para nuestras buenas acciones, como para nuestras faltas y tonteras. «Yo únicamente te muestro la forma de ser hombre de bien, respetuoso y cordial con todo mundo en todo momento, pero honrar esta enseñanza está en ti y no en mi», decía mientras cocinaba, bordaba o se trenzaba el cabello antes de dormir.

El hogar donde me formé era una casa de mujeres, no totalmente femenina (aunque algo feminista sin definir aún entonces, pero con su esencia ya presente en sus propuestas y protestas), porque las faenas “masculinas” debían realizarse igualmente y, pues ni modo, algunas de ellas ―madre, tías, abuela― se arremangaba las enaguas y lo mismo enarbolaba un martillo, que sustituía un foco de algún cuarto o se trepaba al tapanco para llevar o traer algo que hacía falta en esos instantes o que había dejado de servir momentáneamente y debía arrumbarse hasta el próximo año o más.

Quizás por estas formas y maneras, la educación de esas mujeres de mi vida ―comandada emocionalmente por mi abuela―, era una suerte de amasijo de ternuras y firmezas, puntualidades y retrasos, aproximaciones y reverberancias y muchas angustias y más y más esperanzas. Todo ello dentro de un marco de rigidez extrema cuando era preciso y conciencia diaria y aún a cada momento por lo rudo de la existencia y la seriedad de vivir en el filo de la carencia o el susto de lo desconocido.

Sin embargo, uno de las enseñanzas más profundamente arraigada en mi corazón fue ver a mi abuela defender a sus nietos ―superando la fragilidad y precariedad de sus años― de cualquier peligro o afrenta, incluso si esta provenía de la frustración o furia desmedida de mi madre o alguna otra de las mujeres de su casa que, desesperadas a ratos por nuestra ignorancia o abulia innata de los niños y adolescentes de un México aún bronco y despiadado por momentos, recurría a toda la autoridad de sus canas y la amenaza de su bastón para evitar las nalgadas o guantones tan socorridos como instrumentos de enseñanza en esos años de mi niñez. Más aun, en su presencia ninguna persona, autoridad o pelagatos salió inmune si nos insultaba o faltaba al respeto.

Está de más confesar que jamás me tronó los dedos, ni me recriminó frente a los demás, ni me amenazó o humilló con sus palabras o sus actos. Quizás por ello nunca deseé ser político y ello me reconforta, porque estoy seguro que habría sido un gobernante pretencioso, grosero y pedante, pero la presencia de aquellos ojos de mi abuela, su sonrisa y amoroso trato me salvaron de ello. La amo y agradezco por inmunizarme, entre otros, del mal de la arrogancia política tan desatada a últimas fechas en Puebla.

La madre de mi madre se llamaba Rosa y, parafraseando a Villaurrutia y Carballido: Yo también hablo de la Rosa… mi abuela.

 

Vistas: 974
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs