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OPINIÓN

Canto Nuevo: exilio y libertad en México

México fue el epicentro que dio cobijo a artistas de América Latina

David Córdova Tello

Licenciado en Relaciones Internacionales por la UNAM con maestría en Administración para la Seguridad y Defensa Nacional. Analista y consultor en seguridad, inteligencia y análisis político, especialista en análisis estratégico. Ha ocupado diversos cargos en instituciones como el CISEN, la Secretaría de Seguridad Pública y el INE.

Miércoles, Julio 2, 2025

A finales de los años setenta y durante toda la década de los ochenta, México se convirtió en refugio y en poderosa caja de resonancia del Canto Nuevo latinoamericano, o como lo nombrábamos coloquialmente en aquel entonces, Música de Protesta.

Esta corriente musical, con decidido contenido político, social y cultural, se asentó en México como respuesta a las dictaduras y a la represión —no solo de la libertad de expresión— que padecían países como Chile, Argentina y Uruguay, entre otros. El Canto Nuevo tenía como pilares la denuncia social, la defensa de los derechos humanos, la libertad, el antimilitarismo y la identidad cultural latinoamericana.

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Los jóvenes mexicanos de aquella época fuimos afortunados: testigos y cómplices de un florecimiento musical que, pese al dolor del exilio, trajo consigo un torrente de talento, poesía y resistencia. Muchos artistas eligieron vivir su destierro en México, buscando un paraíso posible en medio del asedio, la persecución y el miedo. No todos lo lograron: algunos fueron encarcelados, torturados o silenciados.

Desde México, esa cruel realidad fue denunciada musicalmente. Nuestro país se convirtió en el megáfono de Latinoamérica para el mundo, sin necesidad de Spotify.

Con nuestros escasos ahorros universitarios invertíamos en lo que sabíamos era un tesoro: aquellos LP prehistóricos que compartíamos y, por supuesto, asistiendo a cuantas presentaciones se anunciaban.

Los conciertos eran rituales semanales, celebraciones pequeñas pero intensas, donde escuchábamos a Sanampay, Alfredo Zitarrosa, Caito, Nacha Guevara, Inti-Illimani, Mercedes Sosa, los hermanos Parra, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, por mencionar solo algunos. Y, por supuesto, a los nuestros: Los Folkloristas, Amparo Ochoa, Tehua y Óscar Chávez.

Los escenarios eran modestos e independientes, generalmente universitarios, e incluso gubernamentales, como el Auditorio Nacional y la Sala Ollin Yoliztli. No guardaban ninguna semejanza con los conciertos que hoy se realizan en el magnífico Zócalo capitalino, con muy distintas tonadas.

Recuerdo —solo para dar constancia de la libertad de la que aún gozábamos bajo la "Dictadura Perfecta" de Vargas Llosa— haber presenciado en el Auditorio Nacional un excelente concierto de Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina, donde presentaron su disco Guitarra Armada, un manual musical que instruía sobre cómo emprender la revolución armada en Nicaragua. Paradójicamente, tras alcanzar el triunfo, hoy ese país está nuevamente bajo una dictadura, esta vez dirigida por aquellos mismos guerrilleros. Una desalmada ironía de nuestros tiempos.

Esa propuesta, desde luego, distaba mucho de sus clásicos como “Son tus perjúmenes mujer” o “Clodomiro el ñajo”, que también entonaron, muy alejados de la violencia revolucionaria.

Más allá del contenido político y social de denuncia, el mérito esencial radicaba en su extraordinaria calidad musical y expresiva. Aunque no eran "comerciales" y apenas sonaban en la radio, accedieron a estudios de grabación de alto nivel y a ingenieros de excelencia equivalente. Nunca sacrificaron su talento musical, ni su perfeccionismo, en aras de la ideología. Transitaban por la misma cuerda.

Y aunque México vivía bajo un sistema político autoritario —con represión interna, como el movimiento del 68 y la Guerra Sucia— el gobierno mantenía una postura internacional solidaria, contraria a las dictaduras militares del Cono Sur. Su apertura al Canto Nuevo constituía una válvula de escape simbólica que amortiguaba las tensiones internas, mientras abría los brazos a cientos de artistas perseguidos.

Gracias a ello, fue posible acoger a un sinfín de compositores exiliados y perseguidos políticos. Era parte de nuestra tradición diplomática y de la solidaridad instaurada desde tiempos de Lázaro Cárdenas y el exilio español, que otorgó a México un prestigio moral en el mundo.

La Música de Protesta en México floreció y dejó una huella imborrable en la conciencia política de nuestra juventud. Nutrió la solidaridad entre pueblos y elevó la música a un nivel ético y artístico extraordinario. Su legado a la cultura es, sin duda, invaluable e imperecedero.

Hoy resulta paradójico que esa corriente esté diluida. No porque el arte deba ser estático —todo lo contrario—, sino porque hay poca preocupación real por la política y la libertad en México y otras naciones latinoamericanas. Muchos de aquellos artistas siguen vivos, pero sus voces ya no suenan, o se han ahogado. Y los nuevos ejecutan otros ritmos, sin compromiso, sin memoria.

Es una de las tantas contradicciones mexicanas actuales: vivimos un asedio a la libertad de expresión, mientras olvidamos que alguna vez fuimos un faro ético, un refugio cálido, un país que convirtió el exilio en arte y a la protesta en esperanza de un mejor porvenir.

Quizá Sanampay, con Naldo Labrín al frente, sea el mejor ejemplo acabado de lo que se logró: la fusión del exilio argentino con el talento mexicano que dio origen a esta corriente. Cómo olvidar su excepcional composición “Yo te nombro, Libertad”, basada en el poema de Paul Éluard.

P.D. Siempre ha existido un dilema entre arte y política. Jorge Luis Borges lo dejó claro: el arte no debe tener compromiso político, con lo que estoy de acuerdo. Pero también es cierto que, ante realidades particulares, el arte —y la música, en particular— puede, y subrayo puede, ser un vehículo indispensable para defender la libertad.

¿Habrá una nueva edición del Canto Nuevo en México? ¿O solo nos quedará la nostalgia de Sanampay, Zitarrosa y tantos más? Esperemos, por ahora, que los mexicanos nunca sean los futuros exiliados.

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