Sin crítica no hay pensamiento racional riguroso. El término griego κρίνω (krino): juzgar, separar, decidir, cribar, indica la acción de limpiar, discernir, quitar la paja, limpiar de imprecisiones o “impurezas” un juicio. Sin esa acción no hay juicio adecuado; vaya, ni siquiera hay propiamente un juicio. Y éste se necesita no sólo para pensar la realidad, sino para resolver los problemas que ella nos presenta. El pensamiento racional busca el significado de las cosas y resolver los problemas de la vida. Su objeto propio es la verdad, el ser mismo de la realidad.
El pensamiento, en ese sentido, nos ubica en el horizonte de la existencia, no sólo individual, sino también comunitariamente. Desde luego hay tipos de pensamiento: simbólico, mítico, poético, racional, emotivo y funcional. El racional es propio de la filosofía. Los griegos lo descubrieron hace veinticinco siglos y trataron de llevarlo a los diversos ámbitos de la actividad humana. Uno de dichos ámbitos es el de la actividad política: ahí la razón se hizo diálogo, consenso, acuerdo y resolución de problemas.
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En su origen, la política es razón —logos, palabra, argumento y discurso—, luego búsqueda de consensos mediante el convencimiento y, finalmente, resolución. Gracias a la razón fue posible salir de la ley de la selva, de la ley del más fuerte, de la ley del garrote. A partir de ahí nació la pretensión de la comunidad, la ciudad, la polis. La razón dio origen al derecho (jus, juris, de donde deriva justitia). El pensamiento racional (ss. XII-XIII) abarcó los términos: entender, explicar y aplicar un conocimiento.
En sentido estricto, riguroso, lo racional supone la crítica, máxime para los asuntos públicos: la política, la economía y la cultura en general. Es verdad que la Modernidad (ss. XV-XX) prevaleciente terminó por subordinar la razón al poder, mutilando una de sus partes fundamentales: aquella del significado de las cosas y de la licitud de las decisiones y acciones. Entonces, el poder arrolló a la razón (y a la crítica). Los totalitarismos y tiranías son las expresiones de tal arrollamiento.
En México está pasando precisamente lo anterior. La muestra de tal aserto es que, en el régimen que gobierna desde hace casi siete años, no hay crítica (crítica al poder y al régimen que lo detenta). Hay una falsa crítica a los regímenes del pasado —como lo hizo la Ilustración en el siglo XVIII—, pero no hay un ejercicio de juicio crítico al poder actual (que es síntoma de salud pública). Hay alabanzas, justificaciones, repeticiones ad nauseam del discurso del poder: “Antes estábamos peor con la corrupción y el saqueo. Hoy el pueblo toma las decisiones”.
Pero la propaganda y la publicidad —con todo el aparato estatal— no pueden acallar la realidad. En primer lugar, vemos un régimen que no sólo ha abolido la razón y la crítica, sino que, como el gandalla del barrio, se ha burlado del pueblo. Así lo muestran la artificial mayoría legislativa en el Congreso, las reformas constitucionales y legales implementadas por el oficialismo y, la corona del pastel, la reforma judicial y una elección repudiada por el pueblo, por la mayoría de más de 87 millones de electores.
Dictadura, tiranía, autoritarismo, es lo que discuten los cientistas sociales y políticos para definir el perfil de este nuevo régimen populista, pero no popular (ya que no puede decir: “Todo el pueblo”, menos con la elección judicial recién pasada). Se ha desmantelado el régimen republicano democrático-federal; se ha demolido la separación de poderes y se ha desmantelado la institucionalidad de rendición de cuentas. La tiranía disuelve el Estado de derecho, pero mantiene el control y el orden.
Este régimen morenista ha desmantelado al Estado, pero —como formula Diego Valadés (1)— no ha creado algo nuevo (institucionalmente hablando). Hay un cambio de régimen, de uno constitucionalista a uno con horizonte de ingobernabilidad institucional. Aquí, además de desmantelar el Estado de derecho, hay un desorden, una anarquía, una incapacidad de que el Estado gobierne. Con la elección judicial, el régimen ha entregado la justicia a los grupos de presión, a los caciques locales y al crimen organizado. Así, ni la justicia llegará ni la corrupción se irá. El poder dominará.
Pero como la 4T no escucha, no oye, no hace lugar a la crítica ni se nutre de ella, no podrá plantear argumentos racionales, rigurosos, para rectificar, corregir, depurar y, sobre todo, resolver problemas. Las personas que lo conforman, sobre todo las que toman las decisiones, no escuchan más que a sí mismos, o a sus coros. Quienes dentro del régimen se atreven a pensar o criticar, son marginados (de esas decisiones) o ellos solos se exilian. Viven, están, a veces corean, pero se sienten extraños. Lo son.
Albert Camus, Nobel de Literatura (1957), cuando se enteró de las inhumanidades del régimen soviético, y de las barbaridades de gobiernos de izquierda, no sólo denunció intelectualmente tales atrocidades —por ejemplo en El hombre rebelde (2)— y las consecuencias de determinados planteamientos revolucionarios, sino que rompió con la izquierda intelectual europea, especialmente con Jean-Paul Sartre, un ícono de la misma. “Lo que me interesa es sobre todo ser un hombre”, dice uno de sus personajes.
Más allá de ideologías, más allá de polarizaciones, más allá de los regímenes, es importante mantener nuestra humanidad. Para ello el pensamiento es indispensable. Es la llama divina —la luz— que la divinidad nos concedió; así lo comprendieron los griegos. Era, desde luego, una imagen viva, metafórica hasta cierto punto. Pero no menos real. Si algo nos puede sostener como seres humanos es precisamente una razón que ejerza la crítica como su dinámica propia. La razón libera de la ideología y de la polarización, de la división y de la discordia. Puede pervertirse, es cierto, cuando se somete al poder y renuncia a la verdad.
Nota
Carmen Aristegui, Elección judicial será un fracaso y un fraude, advierte Diego Valadés, Aristegui Noticias, Youtube, Entrevista, https://goo.su/DVl1lc.
Albert Camus, El hombre rebelde, Alianza-Losada, México 1989. El libro se publicó en 1951.