Escribo esta ocasión en primera persona porque para mí hablar de Palestina apela a lo más profundo y la lucha de la humanidad contra el colonialismo y el fascismo es en lo personal un deber ético. Ante el genocidio que se desarrolla frente a los ojos del mundo, asumirme neutral no sólo es insuficiente sino moralmente insostenible. Sin embargo, no ser neutral no implica que no pueda ser objetivo.
Mi objetividad se basa en datos irrefutables: más de 70,000 palestinos asesinados desde octubre de 2023, con al menos 17,492 niños muertos, frente a alrededor de 1,200 israelíes fallecidos el 7 de octubre, cifra que el propio gobierno de Israel ha revisado a la baja múltiples veces, reduciendo el número original de 1,400 tras admitir que inicialmente habían contado como víctimas israelíes a combatientes de Hamas. Mi objetividad también se fundamenta en 75 años de despojo sistemático que comenzó con la Nakba de 1948 y la expulsión de 750,000 palestinos, en décadas de colonialismo que han reducido a Palestina de un territorio completo a fragmentos sitiados, son cifras comprobables, no son juicios de valor ni preconcepciones.
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Sin duda todas las vidas valen igual, pero las cifras ilustran lo desigual del "conflicto" y desmontan la falsa simetría que se pretende establecer. El ataque a civiles es inadmisible, venga de Israel o de Palestina, pero es necesario denunciar esta equiparación cuando Israel lleva décadas atacando sistemáticamente a civiles palestinos, y eso sin el afán de argumentar si las acciones de Hamas en octubre de 2023 estaban legitimadas o no. Hoy en día ningún hombre de bien señala al levantamiento del Gueto de Cracovia como un acto terrorista.
Escribo también porque este genocidio me interpela como ser humano (y debería interpelar a todos) y exige una respuesta que vaya más allá del análisis frío y la equidistancia cómoda. Tengo claro y lo digo en voz alta: Israel es una organización que practica el terrorismo genocida y la limpieza étnica contra el pueblo palestino. Su fundamento ideológico, el sionismo, al igual que el nazismo, se sustenta en una visión supremacista que deshumaniza al pueblo que pretende exterminar, replicando la misma lógica que el régimen nazi aplicó contra los judíos hace ochenta años.
Antisionismo no es antisemitismo
Una de las armas más efectivas del aparato israelí ha sido equiparar el antisionismo con el antisemitismo, convirtiendo así cualquier denuncia de sus crímenes en un acto de odio racial. Esta manipulación, amplificada por los medios occidentales, silencia sus crímenes y pervierte el horror histórico del Holocausto para justificar un nuevo genocidio. Ser antisionista no es odiar a los judíos; es oponerse a un proyecto colonial que desde su origen planteó la expulsión y eliminación de la población nativa de Palestina. El sionismo no es judaísmo: es nacionalismo colonial europeo que instrumentaliza la identidad judía para sus fines expansionistas. Muchos judíos genuinamente religiosos rechazan el sionismo por considerarlo una blasfemia que seculariza y politiza su fe. Los sionistas actuales no son semitas, son europeos colonialistas que usurparon la identidad judía para sus fines imperiales, los antisemitas son ellos.
El uso de creencias religiosas para justificar estas atrocidades es particularmente perverso. El sionismo ha pervertido la fe judía hasta convertirla en una ideología de supremacía racial. Millones de evangélicos apoyan estas alucinaciones mesiánicas cuando contradicen frontalmente las enseñanzas bíblicas que dicen profesar: "No matarás" no tiene excepciones geográficas ni étnicas. Invocar a Dios para masacrar niños no es fe, es satanismo disfrazado.
Netanyahu equipara el grito "Palestina libre" con el "Heil Hitler". [1] Esta inversión obscena busca convertir el llamado por la liberación de un pueblo colonizado en un grito de exterminio nazi, mientras el verdadero exterminio, el que él mismo ejecuta, se presenta como defensa legítima. Millones de personas en Occidente realmente creen que quienes pedimos justicia para Palestina somos los nuevos nazis, mientras los verdaderos genocidas se travisten de víctimas del Holocausto.
Campo de concentración
Gaza se ha convertido en el campo de concentración más grande del mundo. Con 2.3 millones de personas encerradas en 365 kilómetros cuadrados, sin posibilidad de escape, Israel ha creado las condiciones ideales para la masacre. La ocupación sionista de Palestina es un proyecto colonial clásico que presenta similitudes escalofriantes con el proyecto nazi: ambos buscan la eliminación del "otro", ambos construyen muros y guetos, ambos implementan leyes raciales, ambos justifican la eliminación en nombre de la supervivencia del pueblo elegido.
Llamar genocidio a lo que sucede en Gaza no es retórica militante sino una precisión jurídica. La Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio de 1948 define claramente los actos que constituyen este crimen: matar a miembros del grupo, lesionar gravemente su integridad física o mental, someter al grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física total o parcial. [2] Cada bombardeo a hospitales, cada corte de agua y electricidad, cada bloqueo de ayuda humanitaria encaja perfectamente en esta definición. Esta limpieza étnica que comenzó en 1948 no ha cesado, al contrario, se intensifica. Basta de justificar el genocidio actual por un día de furia de la resistencia palestina que, además, actuó en su propio territorio: los asentamientos israelíes son ocupaciones ilegales según el derecho internacional. A pesar de esto, reitero, los civiles no deben ser objetivos nunca, de ningún lado.
Complicidad internacional
La complicidad de Occidente constituye uno de los aspectos más graves de este genocidio. Estados Unidos, Alemania y Reino Unido no son observadores pasivos: son cómplices activos. Las bombas que destrozan los cuerpos de la niñez palestina llevan el sello "Made in USA". Cuando estos gobiernos hablan de "complicada situación", no están siendo diplomáticos: están siendo cómplices. El doble rasero moral es obsceno: cuando los ucranianos reivindican abiertamente símbolos nazis y son aliados estratégicos de Israel, Netanyahu no dice nada porque son cómplices del mismo colonialismo que Israel representa. En el concierto de las naciones México se comporta como pelele servil que balbucea tibiezas diplomáticas mientras masacran niños. El país que presume de tradición anticolonial y solidaria, que recibió a los exiliados republicanos españoles, hoy se arrodilla ante el genocida israelí por miedo a incomodar a Washington.
Negacionismo moderno
Cuando un periódico titula las palabras del genocida sin contexto crítico, cuando una televisora presenta como "debate equilibrado" la confrontación entre víctima y verdugo, no están ejerciendo periodismo: están siendo voceros de la masacre. Los que justifican el genocidio actual se asemejan a los negacionistas del Holocausto: niegan la evidencia, minimizan las cifras, buscan excusas para lo inexcusable, sólo que estos negacionistas operan en tiempo real, justificando cada bomba que cae sobre niños palestinos mientras invocan perversamente la memoria de las víctimas del Holocausto. La realidad es exactamente la opuesta a lo que Netanyahu declara: el sionismo actual es una variante contemporánea del nazismo y del fascismo. "Palestina libre" no es un grito de muerte: es un grito de vida, de justicia, de liberación. El triunfo final palestino requiere la unidad que estamos viendo, porque la alternativa no es la derrota política: es la aniquilación física total. Israel no busca vencer a Hamas; busca eliminar a todos los palestinos, y Hamas es sólo el pretexto de turno.
Acción colectiva
Ante un genocidio en tiempo real la neutralidad es una posición moralmente insostenible. Cada día que pasa sin que detengamos esta masacre nos convierte en testigos cómplices de uno de los crímenes más documentados de la historia. No se trata de tomar partido en un conflicto político: se trata de defender el principio básico de que ningún pueblo merece ser exterminado. Hoy en día nadie pone en duda el carácter criminal del nazismo; ningún hombre de bien abogaría por Hitler. Así lo verá la historia con lo que está pasando en Palestina. Estar del lado correcto de la historia implica estar en contra del genocidio y en contra del sionismo.
No podemos permitir la normalización de la guerra, no podemos acostumbrarnos a las cifras escalofriantes de niños muertos, no podemos dejar de nombrarlo por su nombre: genocidio. Tal vez escribir estas líneas desde el singular no haga la mínima diferencia, pero es una postura moral e histórica que es necesario sostener. Que quede constancia de que no todos fuimos cómplices del silencio, así sea desde nuestro pequeño espacio en el mundo. Tal vez la movilización de todos, el grito colectivo, la indignación global sí logre cambiar algo. Tal vez si seguimos hablando, si no permitimos que esto se normalice, si no dejamos que el cansancio de la muerte diaria nos venza, podamos detener este exterminio.
Por eso: no dejemos de hablar de Palestina.
Referencias:
[1] Netanyahu, Benjamin. Declaraciones en video. Jerusalén: Oficina del Primer Ministro de Israel, 22 de mayo de 2025. Citado en: Europa Press. "Netanyahu: 'Palestina libre' es la versión actual del 'Heil Hitler'". Teleprensa, 22 de mayo de 2025. Disponible en: https://www.teleprensa.com/articulo/internacional/netanyahu-palestina-libre-es-version-actual-heil-hitler/202505222047202122796.html
[2] Naciones Unidas, Asamblea General. "Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio", Resolución 260 A (III), adoptada el 9 de diciembre de 1948, entrada en vigor el 12 de enero de 1951, Artículo II. Disponible en: https://www.un.org/en/genocideprevention/genocide-convention.shtml