El relato es harto conocido: Mamá Cuervo extravía a sus polluelos y al solicitar ayuda para localizarlos los describe como si fueran pavorreales, cuando en realidad era unos cuervitos esmirriados y sin gracia. La moraleja de esto es doble: el amor de mamá es inconmensurable y la realidad es eso que los ilusos se niegan a aceptar aun teniéndola frente a sus narices.
Hace unos días tuvimos en la capital poblana la vívida representación de este cuento llevando en el papel de Mamá Cuervo a Josefina Farfán, directora general de la OPD Museos Puebla, cuando a pregunta expresa respondió que la exposición Desafío Dalí:
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“llegaba a Puebla por las certificaciones y permisos con los que cuenta el recinto (Museo Internacional del Barroco), que incluso demostró “es más importante que el Museo Nacional de Antropología”…. “Es el único que cumple con todas las normas como para traer exposiciones de alto nivel, me refiero a obras reales y también a eventos como el de Desafío Dalí”. (La Jornada de Oriente).
Su respuesta evidencia, por un lado, la limitada cultura museística de la funcionaria y, por el otro, su lamentable conocimiento de la historia nacional que llena, hasta el desborde, los llamados museos nacionales mexicanos.
Para entender mi aseveración analicemos la historia, los alcances y dimensiones histórico culturales que representan ambos museos en cuestión: el Internacional del Barroco y el Nacional de Antropología.
Como en el cuento, comencemos por describir al polluelo de cuervo desde la realidad y no desde los ojos de Mamá Farfán.
El MIB nació desde la víscera megalomaniaca de Rafael Moreno Valle Rosas. Su caprichosa planeación duró el tiempo en que encontraron a un arquitecto de renombre que estuviera dispuesto a enfrentar el reto de construirlo antes que terminara el sexenio de Rafael. Se cuenta que lo intentaron con las mejores firmas, incluido Salvador Calatrava, quien les pidió un adelanto de varios millones de dólares para ponerlos en su lista de espera. Finalmente hallaron y convencieron a Toyo Ito, que en el momento de su aceptación aún no recibía el galardón Pritzker de arquitectura. Sin embargo y a pesar de ser un gran recinto arquitectónico, la conceptualización no tiene nada de barroca, a más que, en sus inicios, adoleció de colección propia y, la existente hoy día, no puede considerarse digna de su apelativo de “Internacional”. En cuanto a sus cuitas financieras y su raquítica afluencia es, por decirlo con benevolencia, decepcionante para un recinto que, en palabras de la propia Josefina Farfán, no logra remontar la controversia: “…por su ambigua definición que lo mismo lo ha llevado a ser interactivo, a ser sede de espectáculos de lucha libre o a ser fiel a su definición de barroco”.
Finalmente señalaré que las contadas exposiciones de envergadura que en el MIB han sido, se debieron al furor y desmesura presupuestal de Rafael que con él mismo se acabó y hasta la fecha; porque para un recinto “más importante que el Nacional de Antropología”, según Farfán, una exposición del oro colombiano, otra Exposición Tornaviaje: La Nao de China y el Barroco Mexicano, una más de los acervos de pago con especie de la Secretaria de Hacienda federal y dos exposiciones inmersivas: una de Miguel Barbosa y la actual de Alejandro Armenta, son poco lustre para nueve años de existencia, tanto para el museo, como para la OPD y, ni qué decir, para Puebla.
Ahora bien, para ilustrar la desmesura de la aseveración de Josefina Farfán, demos un somero avistamiento (a vuelo de cuervo), de los fundamentos del Museo Nacional de Antropología.
Como Museo Nacional de Antropología e Historia (MNA) surge en 1964, pero sus antecedentes se remontan a finales del siglo XVIII cuando son descubiertas las esculturas de la Coatlicue, la Piedra del Sol, la Piedra de Tizoc y una cabeza de serpiente Xiuhcóatl. En 1825, estos y demás vestigios (monolitos, códices, cerámicas, colecciones etnográficas, etc.), dieron pie a la creación del Museo Nacional, mismo que para el inicio del siglo XX (1901) contaba ya con 10,122 objetos, aumentando prácticamente día a día. El resguardo, clasificación, investigación y difusión de este universo histórico cultural le fue concedido al Instituto Nacional de Antropología e Historia desde su creación en 1939. De esa fecha y hasta 1962 fue creciendo en acervo e importancia por lo que en 1963 se inició la construcción del actual recinto museístico en el Bosque de Chapultepec. En su diseño, construcción y engalanamiento colaboraron, entre otros: Pedro Ramírez Vázquez, Alfonso Caso y Manuel Felguérez.
El MNA se yergue sobre 70,000 m2 y cuenta con 22 salas temáticas. Contiene maravillas como la recreación arquitectónica maya del Cuadrángulo de las Monjas de Uxmal, una celosía en forma de serpiente geometrizada y el portentoso paraguas monumental recubierto con un relieve escultórico en bronce cuyo guion lo creó Jaime Torres Bodet. Quién, que lo vivió o le contaron, no se asombró con la megatónica operación para traer y colocar en el frontispicio del museo al gigantesco monolito (164 toneladas) del Dios Tláloc.
Podría decir más, pero con lo poco expuesto hasta aquí, la declaración de Josefina Farfán adquiere la adecuada dimensión de una mirada de Mamá Cuervo al comparar el MIB con el MNA. No cabe duda que, como se asegura: “madre sólo hay una”… afortunadamente para Puebla en este caso.