“No le creas al tendero lo que dice, créele lo que hace”: dicen que escribió Marx en alguna parte de La ideología alemana. La reacción del grupo en el poder frente a la crítica directa y concisa del expresidente Zedillo parecen darle la razón.
En lugar de rebatir sus argumentos, se fueron contra su persona. “Todo el poder del Estado” contra el expresidente. ¿A quién le importa si lo que dice es cierto o no? Lo que importa es desautorizarlo, sea con verdades, con medias verdades, o con mentiras completas.
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No se trata de una disputa en el orden político electoral. Está más bien en el orden de la moral política. No parece que Zedillo esté actuando con una motivación partidaria. Su partido, el PRI, hace rato que lo dio por muerto. El mismo PRI parece estar ya en los rincones polvosos de la historia política.
Por eso sería importante que el grupo en el poder le entrara a la polémica. Que se defendiera, sin cuestionar lo que sucedió hace treinta años. El FOBAPROA fue el resultado de enfrentar un dilema difícil: rescatar a los bancos o dejar que se hundiera todavía más la economía nacional. Reconozco que la complejidad del tema me rebasa. Pero no tanto como para tener claro que nada tienen que ver con asaltos al patrimonio nacional como los casos de la Estafa Maestra y Segalmex.
A mí también la pensión que el Banco de México le da a Zedillo me parece excesiva. Aunque creo que todo expresidente debe tener las condiciones necesarias para no preocuparse por el dinero. Y lo que importa no es tanto si los políticos son austeros o no, sino si generan bienes o males públicos.
¿Qué beneficios han traído o traerán al país los enormes gastos en la cancelación del aeropuerto de Texcoco, la construcción del Tren Maya o la refinería de Dos Bocas? La deuda de los gobiernos de la 4T, dice el diputado Rubén Moreira, es siete veces la deuda que generó el FOBAPROA.
Finalmente, la comparación de los datos de los sexenios de Zedillo y López Obrador algo dice. En el primero la economía creció 3.4% anual, en el segundo 0.8%. La tasa de homicidios y desaparecidos fue mínima en el primer sexenio, y en el segundo las mayores en nuestra historia contemporánea.
Hay similitudes: ambos terminaron con porcentajes de aprobación similares, alrededor del 75%. Y López Obrador cuidó como cosa sagrada el orden macroeconómico creado por Zedillo.
Pero en el fondo, está la cuestión de la democracia. No como la encarnación de un pueblo abstracto (que bien podían hacer suya Hitler y Mussolini) sino como gobierno y protección de la ciudadanía. ¿Está el grupo en poder convencido de que México no puede ser una democracia, y nos lleva de regreso a lo que Vargas Llosa llamó la dictadura perfecta? Hay varios pasos muy claramente en ese sentido.