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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Nuevas masculinidades

Una sociedad democrática y justa incorpora masculinidades positivas para promover la igualdad

María Elena Guerrero

Doctora en Derecho. Presidenta de la Asociación Interdisciplinaria de Juristas de México A.C. Capítulo Puebla; especialista en Derechos Humanos y Bioética, e integrante y asesora de Comités de Bioética del Estado. Ha ocupado diversos cargos en la administración pública federal, estatal y municipal. Es conferencista y académica.

Miércoles, Abril 9, 2025

"La verdadera masculinidad se construye sobre la base del respeto, igualdad, no discriminación, no violencia y apoyo entre personas". 

A pesar de que históricamente hemos constatado avances significativos en torno a la tutela de derechos de las mujeres, y que la progresividad de derechos humanos obliga a garantizar la igualdad entre el hombre y la mujer, esto aún es una quimera pues actualmente prevalecen condiciones de discriminación por sexo y género;  desigualdad, violencia y muchas otras violaciones que se generan dentro del seno familiar, llegando al extremo de la violencia sexual por familiares y gente cercana a las víctimas de este atroz acto de violencia hacia la condición de mujer.

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Y sí cuando recordamos la historia, obligadamente evocamos algunos hitos claves en la lucha por los derechos de las mujeres, como la proclamación en 1791 por Olympe de Gouges con su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana en Francia, osadía que le costó su decapitación en la guillotina por atreverse a exigir igualdad de derechos.

Tampoco olvidamos la Convención de Seneca Falls en Estados Unidos con el inicio del movimiento sufragista, o en 1893 con Nueva Zelanda que fue el primer país en otorgar el derecho al voto a las mujeres hasta llegar a 1979 donde en el seno de la ONU se emite la "Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer". Así podríamos enumerar muchos antecedentes que han construido un marco legislativo robusto en torno a proteger los derechos de mujeres y niñas, pero este artículo no se trata de educar en legislación, sino de evidenciar la necesidad de reprogramar los paradigmas hasta ahora existentes.  

El marco normativo tanto nacional como internacional constituyen herramientas útiles para visibilizar ciertos tipos de violencia que han pasado muchos años ocultos, y tan solo por dar un ejemplo tenemos que hablar de violencia doméstica o familiar es un retroceso en cuanto a la defensa de los derechos de las mujeres, pues la violencia ya no solo se da dentro de un entorno familiar, la violencia es por género porque equiparar otros tipos de violencia a la violencia de género es no saber cuál es su verdadera naturaleza.

A partir de este punto, valdría la pena preguntar ¿cómo se aprendió a ser hombre?, ¿el hombre de hoy es el mismo de ayer? Las políticas públicas no funcionan o son las instituciones las que por acción u omisión han propiciado el aumento de la violencia debido a que por incapacidad o apatía omiten la recepción de denuncias, realizan una labor deficiente en la integración de las Carpetas de Investigación, así como su respectiva judicialización ante los jueces de control, siendo todo esto un estímulo para el violentador que le apuesta a la estadística de impunidad.

Y si bien las masculinidades están asociadas al tema de evolución de los Derechos Humanos, desde una perspectiva de género, la masculinidad no se entiende como algo natural, es una construcción social producto de procesos históricos, culturales y políticos. La masculinidad está asociada con la fuerza, la determinación, el dominio, la seguridad, la racionalidad, el éxito, la competitividad, el control, la protección, la seguridad, la habilidad, entre otras etiquetas construidas socialmente. Son las diferentes formas de ser varón en cuanto al sentir decir y hacer. Depende del momento social cultural político e histórico en el cual se socializa y se convierte en adulto.

Hasta hace poco la masculinidad hegemónica conformaba un único modelo de ser hombre, se creía que construir relaciones violentas de género servía como mecanismo de control, presumiendo cierto poder y estatus social. Irónicamente era una aspiración de los hombres que querían demostrar autosuficiencia, fuerza física e invulnerabilidad emocional, aunado a una desconexión con el cuidado físico y emocional donde los roles masculinos rígidos asociados principalmente a labores domésticas y de cuidados estaba totalmente excluido. Se magnificaba la heterosexualidad y homofobia, la agresión, el control y la hipersexualidad.

Este esquema tradicional, pasado de generación en generación nos lleva a reflexionar sobre si debe existir una latente preocupación debido a la alta tasa de suicidios en hombres, quienes coaccionados por esta imposición social de comportarse como el género fuerte, insensible y macho terminan acabando con su vida. De acuerdo con datos estadísticos del INEGI de septiembre de 2024, por cada 100 mil personas los suicidios ocurrieron en 6.8 por ciento de la población, 2.5 en el caso de mujeres y 11.4 en hombres. Las tasas más altas de suicidio son los estados de Chihuahua, Yucatán, Campeche y Aguascalientes (15.0, 14.3, 10.5 y 10.5, respectivamente)

Los estudios de género y los criterios de la Suprema Corte de Justicia de la Nación coinciden en señalar que la identidad de género es parte de la construcción de la propia identidad de las personas como resultado de una decisión libre y autónoma. Es un derecho humano que debe ser garantizado sin discriminación, que se reconoce mediante la voluntad de la persona de manifestar su identidad de género, que no se requiere presentar pruebas de estado civil, certificaciones médicas o sicológicas, y estas afirmaciones hacen propicio hablar de una sentencia polémica a favor de la comunidad trans en la que la Primera Sala reconoce el derecho de mujeres trans a la no discriminación y ordena indemnizaciones por daños moral y punitivo.

En efecto, la Sala en cuestión determinó que  impedir el acceso a un sanitario por identidad de género y dar un trato hostil a las mujeres trans viola sus derechos a la igualdad, no discriminación e identidad de género; que, si se acreditan los hechos discriminatorios, debe presumirse la afectación a la integridad de la persona en casos de discriminación basados en categorías protegidas por el artículo 1° constitucional en este caso, de género, conforme al artículo 1916 del Código Civil para el Distrito Federal (ahora Ciudad de México).

La Sala reconoció el derecho de las afectadas a recibir una indemnización por daño moral y ordenó una condena por daños punitivos contra las empresas, con el fin de sancionar su conducta discriminatoria y prevenir casos similares en espacios privados de uso público. Con esta decisión, se reafirmó la obligación de juzgar con perspectiva de género en casos de discriminación contra personas trans y se establece un precedente sobre el deber de los establecimientos comerciales de garantizar espacios libres de discriminación.

Como se afirmó, es un tema polémico porque como siempre se ha sostenido los derechos humanos no son derechos absolutos y al tutelar dichos derechos el juzgador debe tomar en consideración otros derechos involucrados de la comunidad, tales como el tema a la seguridad, a la protección de la salud, la privacidad, etc., así que en un esquema de ponderación existe convicción de que no debe coartarse el derecho del libre desarrollo de la personalidad de sentirse del género de cualquier elección, pero siempre tomando en cuenta que dentro de un entorno social existen otros derechos que pudieran resultar vulnerados máxime que en un espacio público puede haber menores de edad cuyo interés superior debe ser ponderado por encima de otros derechos.

Retomando el centro de este artículo, existen varios movimientos que motivan hablar de masculinidades tales como #Me Too (Harvey Weinstein), #Ni una Menos, #Nosotras Paramos, etcétera, esto debido a abusos, acosos sexuales permitidos y alentados, modelo cultural de masculinidad hegemónica contemporánea y a expresiones machistas de mandatarios latinoamericanos.

A todo esto se suman los micromachismos como la cosificación de la mujer, la publicidad sexista, el hecho de afirmar que las mujeres son las únicas que tienen el instinto de cuidar a los padres, entre otras etiquetas arraigadas en la sociedad, sin embargo hoy por hoy la masculinidad hegemónica está en crisis. Hoy las prácticas violentas con las que muchos hombres han tratado de reafirmar su propia virilidad ya son visibles y pese a que aún es tortuoso el acceso a la procuración y administración de justicia, es significativo el compromiso de muchas instituciones preocupadas por construir masculinidades positivas a partir de una posición antihegemónica, antisexista, antirracista, anticlasista, rompiendo estereotipos, promover valores como el respeto, la igualdad y la empatía.

Es un proceso colectivo en el que hay que desobedecer a lo hegemónico, educar en igualdad de género desde la infancia, promover modelos de masculinidad positiva en medios de comunicación, la cultura y la vida cotidiana, apoyar a los hombres que buscan cambiar, repensar estructuras de poder desiguales, desaprender viejas conductas que socialmente les han inculcado, compartir el control de la realidad con las mujeres, promover formas justas de vivir en sociedad, compartir las labores domésticas y el cuidado de los hijos e hijas, fomentar ambientes libres de violencia y seguros para las mujeres. Denunciar al 911 si se es testigo de una situación de violencia en contra de alguna mujer.

Todo esto porque una sociedad democrática y justa incorpora masculinidades positivas para promover la igualdad y la equidad de género, con el objetivo de transformar la vida de las personas y de sus comunidades.

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