Adolescencia, la miniserie británica de Netflix, ha acumulado un enorme éxito y comentarios positivos en términos de su indudable calidad artística, técnica y narrativa, a la que algunos críticos de cine califican de perfecta y como la más destacada en años recientes.
El éxito ha sido mundial, pero quiero detenerme en el impacto que ha suscitado en México y la polémica abierta en torno al tema familiar y en específico sobre la relación entre padres e hijos y las consecuencias sociales de ello.
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Como en pocas ocasiones, ha sido tema de conversación amplia y variada. El común denominador de los comentarios escuchados, se ha centrado en destacar la crudeza del caso y, sobre todo, por la gran sorpresa suscitada por el cruel destino que enfrenta un joven o quizá aún niño, que creció en un entorno familiar de cariño y cuidado y que en teoría por ello merecía un mejor futuro.
En México, hemos sido cautivos involuntarios -hasta llegar al hartazgo- de toneladas de historias en libros, películas y series de televisión de diversa concepción y manufactura -la mayoría de pobre calidad- sobre las consecuencias perniciosas de las relaciones familiares disfuncionales y su relación con el reclutamiento de jóvenes en las filas del narcotráfico y el crimen.
Se atribuye a dichas relaciones ser la principal causa para dar origen a juventudes que se precipitan en conductas antisociales que llegan al extremo máximo de cometer homicidios, feminicidios, parricidios, matricidios y otros términos equiparables.
El dictamen más socorrido y no quiero decir con esto, que no le asista razón, es delinearnos a un adolescente que es capaz de segar la vida de otro ser humano, como consecuencia “natural” de provenir de un entorno familiar disfuncional y disruptivo. Los casos de jóvenes homicidas en la vida real e imaginaria abundan en México y en otras latitudes, a tal grado que no podemos aventurarnos a aseverar si la ficción supera a la realidad o viceversa.
Como uno de los ejemplos más dramáticos, podemos recordar el caso del “Ponchis”, el niño sicario de Morelos, que fue detenido en diciembre de 2010 cuando intentaba viajar a San Diego, California. Desde que nació estuvo asociado a los narcóticos ya que sus padres eran adictos. El desenlace es por todos conocido.
Por ello, uno de los principales méritos de la miniserie inglesa, radica en presentarnos al protagonista central Jamie Miller (Owen Cooper) de tan sólo 13 años, que vive y crece en el condado de Yorkshire, Reino Unido, en un ambiente familiar de clase media “común”, “normal” y no precisamente disfuncional.
De ahí deriva el shock, el cisma, que dramáticamente se vierte al público. Con un manejo magistral del “plano secuencia” (cámara en mano), que nos arrastra involuntariamente y nos sumerge profundamente en los sentimientos y emociones de cada uno de los personajes que le impregna a Adolescencia una fuerza narrativa poderosa.
Entonces, de pronto abrimos los ojos, despertamos de nuestro letargo y nos percatamos, sin preámbulos, que aún en familias “funcionales”, es posible que casos como el de Jamie, estén cada vez más presentes en nuestra sociedad e incluso pueden reposar a nuestro costado, sin siquiera darnos cuenta de ello.
El lugar más seguro del mundo, nuestro hogar, nuestra casa y más específicamente nuestra recámara, es ahora un sitio inseguro y vulnerable, donde el agente patógeno, exógeno, el virus externo, se introduce y derriba brutalmente nuestras fortalezas infranqueables.
El internet y las despiadadas redes sociales son los principales victimarios que se introducen invisiblemente y sigilosamente, abriendo puertas, ventanas, recorriendo pasillos y subiendo escaleras para llegar a las recámaras juveniles, sin que los padres nos percatemos de ello. ¿Qué hicimos mal? Se pregunta Eddie Miller (Stephen Graham), el padre de Jamie.
Como una droga ampliamente extendida y cargada de una violencia inusitada, muchos de nuestros jóvenes padecen acoso, engaños, discriminación que pueden dislocarles la vida a muchos que no cuenten con las herramientas necesarias para impedirlo. La presencia permanente, el acompañamiento de padres, familiares y la pertenencia a algo o alguien son indispensables, como uno de los antídotos que se sugieren.
No menos relevantes son otros asuntos que se abordan espléndidamente, con actuaciones sobresalientes, como el sistema educativo –no se pierda de vista que estamos hablando de Gran Bretaña, no de México– caótico, aderezado de wokismo y rebasado; intervenciones psicológicas que lejos de tratar de “sanar” o arrojar verdad, enferman y dañan más al paciente y un uso excesivo de la fuerza de la policía para asegurar a un niño de 13 años y cuyos integrantes son incapaces de entender los hilos poderosos que mueven a un adolescente.
No se necesitan únicamente hijos de familias disfuncionales para abastecer las columnas de jóvenes que se enrolan en esisml narco. Ahora, sabemos cruelmente que jóvenes mexicanos en busca de empleo han sido atraídos con engaños en redes sociales y portales digitales para forzarlos, contra su voluntad, a sumarse al crimen organizado y desgraciadamente para algunos acercarlos a su muerte.
El fin del episodio 2 de la miniserie cierra con un excelente cover de “Fragile” de Sting… que nos recuerda lo frágiles que somos y en particular qué endebles pueden ser nuestras certezas.
cotellodavid@gmail.com