Teuchitlán y el 5 de marzo han quedado labrados en piedra en el imaginario colectivo de los mexicanos, más allá de los denodados intentos gubernamentales por ignorar, acotar o pulverizar el hecho.
En las conversaciones cotidianas, en semanas recientes, incluso de aquellas personas alejadas completamente de la política nacional (un sector vasto de la población) la sorpresa, incredulidad e indignación brotaron de manera espontánea y natural, lo que ahora se conoce como orgánicamente.
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Escasos eventos de horror -y vaya que hemos tenido múltiples en años recientes- han cimbrado la conciencia nacional (si es que eso existe) como el escalofriante hallazgo en Teuchitlán, Jalisco. Por ello, algunos analistas insisten en que los mexicanos hemos vivido años narcotizados, anestesiados, inertes ante la barbarie de la violencia criminal.
¿Qué cambió con este evento? ¿No sabíamos que hay decenas de campos de entrenamiento-exterminio similares a lo largo de la geografía nacional? ¿Qué provocó que levantáramos la mirada, aguzáramos los oídos y nos confrontáramos con nuestra propia indiferencia?
Las imágenes de los 200 pares de zapatos, las mochilas, las cartas personales, las nóminas secretas, los altares a la santa muerte (en minúsculas), y desde luego de las voces de las Madres Buscadoras (en mayúsculas y negritas) y los testimonios de sobrevivientes, cambiaron de tajo y abruptamente la conversación en el país.
Ni los aranceles de Trump, ni el triunfo de México en la Nations League, ni los múltiples distractores patrocinados por el gobierno en turno que han aparecido en cascada a lo largo de estos días han frenado a Teuchitlán, que se ha apoderado de la narrativa nacional de manera dramática.
Vamos, ni la legisladora Andrea Chávez y sus clínicas móviles, ni los viajes palaciegos e inútiles del senador Fernández Noroña, ni “El Cuau” y la sepultura explícita del “llegamos Todas”, han impedido que el asunto más urgente a atender sea la catástrofe humanitaria de los desaparecidos en México, retratada con brutal claridad en Teuchitlán… con rostro de zapatos.
Los zapatos son ya un símbolo, como quedó evidenciado en la presentación del referido senador Noroña en el CIDE. Con ello, la narrativa de la presidenta y diría especialmente, del anterior gobierno, ha fracasado rotundamente, más allá de la discusión estéril, cruel e inhumana sobre si son o no “campos de exterminio”.
Los esfuerzos de la presidenta de México por contener los reclamos han sido vanos, e infructuosos. Ha echado mano de todo lo que esconde en la chistera. Igual que en Ayotzinapa, se pensó que era un asunto local y correspondía atender e investigar al gobierno emecista de Jalisco y ahí se quedaría; solicitó la intervención de la FGR y su titular que “como dice una cosa, dice otra”, para enmarañar todo; propuso diversos cambios legales y acciones fast track para solucionar la crisis y finalmente optó por sacar el as bajo la manga, García Harfuch, quien anunció la relevante detención de “El Lastra”, presunto encargado del rancho Izaguirre.
Sin embargo, se olvidó de escuchar, dialogar y mostrar mínima empatía con las familias de los desaparecidos y las Madres Buscadoras. Sin la participación de estos colectivos y otros actores sociales, las soluciones (extremadamente complicadas y de largo plazo) son prácticamente inalcanzables.
En el centro de esta barbarie, se impone la terca y persistente realidad que se reveló con crudeza: el fin del “abrazos no balazos”.
Hemos llegado hasta aquí sin inmutarnos, tras más de 200 mil homicidios, más de 60 mil desaparecidos, según cifras oficiales, esparcidos en decenas de campos de entrenamiento-exterminio.
Aunque es evidente el cambio de estrategia en materia de seguridad pública de Claudia Sheinbaum -con la sutil ayuda y presión de Trump- sin reconocer el fracaso implícito del presidente anterior, el simbolismo de Teuchitlán lo desenmascara.
En la medida que aparezcan más predios como Teuchitlán y fosas clandestinas, lo que es altamente probable, se estará en el camino de sellar el legado histórico de AMLO.
Arrancaron las campañas para cargos en el Poder Judicial de la federación y quizá la presidenta Sheinbaum, las vea como un respiro, como un bálsamo mediático para ella y sus seguidores, y desviemos la atención a un proceso electoral cargado de un sinnúmero de ocurrencias y absurdos que seguramente presenciaremos y de los que ya tuvimos algunas pinceladas.
La destrucción del Poder Judicial y del equilibrio de poderes que dejará maltrecha a nuestra República Mexicana que convalece día a día. Nos encaminamos a una elección surrealista, en la que todo es posible y lo único seguro que tendremos es un sistema de justicia más precario, sobre todo para los más vulnerables y adversarios.
Lo observaremos privilegiadamente en primera fila, en tiempo real y en Tik Tok y las benditas redes sociales.