Para Coro, que tu voz se escuche a nivel nacional
México ha dejado de ser solo un país de tránsito para convertirse en un enorme corredor de contención migratoria. La cifra es brutal: 6.3 millones de migrantes irregulares, según Francisco Garduño, el -todavía- comisionado del Instituto Nacional de Migración. No hay certeza sobre cuántos están en tránsito prolongado, cuántos han logrado asentarse o cuántos sobreviven en la clandestinidad. No sabemos nada. Y lo peor es que a nadie en el gobierno parece importarle.
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Mientras las políticas de Donald Trump impusieron a México la obligación de frenar a los migrantes, aquí nos hemos hecho de la vista gorda. El país entero se ha llenado de retenes, operativos y estaciones migratorias. Pero, lejos de detener el flujo, lo han vuelto más peligroso. Quien quiere moverse lo hace bajo el riesgo de extorsión, secuestro o muerte. Veracruz es un claro ejemplo: quienes intentan cruzarlo deben esquivar retenes como si estuvieran en una guerra silenciosa, donde cualquier error puede costarles el envío a la frontera sur.
El control migratorio en México no tiene orden ni propósito más allá de satisfacer las demandas estadounidenses. La política oficial es la negligencia. Nadie tiene claro qué hacer con los miles –quizás millones- de migrantes que han quedado atrapados en este territorio. No hay un plan de regularización ni estrategias de integración. No se piensa en su derecho al trabajo, a la educación, a la salud. Se les deja a la deriva, condenados a la precariedad absoluta.
Los niños migrantes enfrentan un abandono total. No pueden acceder a la escuela sin papeles, y aunque legalmente deberían poder hacerlo, en la práctica enfrentan trabas burocráticas absurdas. Se les niega la posibilidad de estudiar, de imaginar un futuro fuera del limbo migratorio. Y así crece una generación de niños sin derechos, sin protección, sin expectativas.
El empleo es otro callejón sin salida. Sin una forma migratoria que los regularice, los migrantes quedan a merced de la explotación. Jornadas inhumanas, pagos miserables, ausencia de seguridad social. Viven con el miedo constante de ser denunciados o asegurados. México, que presume de ser un país solidario, mantiene en la marginación a quienes buscan un refugio o una oportunidad.
El problema se agrava con la parálisis institucional. El exgobernador de Puebla, Sergio Salomón Céspedes, aún no ha tomado posesión formal como nuevo titular del INM, y mientras tanto, el vacío de dirección se siente. No hay nadie que asuma la responsabilidad, que diseñe una estrategia realista, que entienda la urgencia de la crisis. Lo que hay es una estructura burocrática que opera en piloto automático, sin rumbo ni sensibilidad.
Esta negligencia no es solo un asunto de derechos humanos; es un desastre social en construcción. Los migrantes que hoy sobreviven en las sombras no desaparecerán. Sus vidas siguen, sus hijos crecen, sus necesidades se multiplican. Sin una respuesta clara, lo que estamos cultivando es una crisis mayor, una población condenada a la irregularidad permanente, un problema que no se resolverá solo.
Una forma migratoria que les permita regularizarse no es solo un acto de justicia, es una necesidad para el país. Integrarlos al empleo formal, permitirles acceso a la educación y la salud, reconocer su presencia en lugar de negarla. Hay maneras de hacerlo, pero se necesita voluntad política. Hasta ahora, lo único que ha habido es indiferencia y complicidad con el modelo de contención estadounidense.
México no puede seguir pretendiendo que el problema no existe. No puede continuar con esta política de simulación, donde la contención se disfraza de control y el abandono se normaliza. Es urgente hablar de regularización, de integración, de soluciones reales. Porque cada día que pasa sin acción es un día más en el que millones de personas siguen obligadas a vivir en las sombras.
Esta columna se la dedico a Coro, una mujer que fue obligada a salir de su tierra y que, por azares del destino, quedó atrapada en México. Aquí intenta hacer su vida, pero está condenada a la ignominia, siempre al filo de los depredadores que se enriquecen con sus tragedias. Trabaja, produce, deja ganancias a este país, pero sigue siendo invisible. Ya es hora de regularizar a todas esas mujeres que sólo buscan una oportunidad para hacer la vida.