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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Dolor e indignación

Aunque el régimen haga malabares mediático-discursivos, no podrá anular la verdad ni la justicia

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Marzo 19, 2025

A los más de 120 mil desaparecidos reconocidos,
y a los que este régimen desapareció de sus registros.
A sus familias, para que su dolor no nos sea ajeno y nos indigne.

En el pecho de México caído./
Polvo soy de aquellos lodos./
Río de sangre,/
                         Río de historias/
De sangre,/
                        Río seco:…

Octavio Paz, Blanco (1966) (1).

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La indignación es un termómetro de cómo se valora (o no) la justicia, en las personas y en las comunidades. Precisamente, tenemos indignación básicamente ante tres formas de injusticia: a) Cuando hay repartos desiguales que deberían ser igualitarios; b) Cuando alguien no cumple con su palabra o con sus compromisos; c) Ante los castigos (o premios) desproporcionados (2). Si ante una desigualdad, ante un incumplimiento o ante una desproporción no nos indignamos, significa que nuestra conciencia humana y moral está anestesiada.

Si en una fiesta de niños vemos que la señora que sirve el pastel a los infantes, a todas luces, se salta a uno y lo ignora enteramente, cuando menos arqueamos las cejas, o decimos algo; si alguien dice que llega a una hora para llevarnos el libro que le prestamos y no lo hace o, peor aun, no lleva el libro, lo increpamos; si en el súper, vemos que una señora comienza a golpear a su hijo porque a éste se le cayó la nieve que previamente le había comprado, cuando menos damos aviso al guardia. La indignación es una respuesta humana —natural— ante una situación de injusticia.

De hecho, histórica y socialmente, por esas tres situaciones generales de la convivencia humana ha surgido el derecho, o sus ramas principales. Así, para prevenir los casos del trato desigual, apareció el derecho civil; para prevenir el incumplimiento de la palabra, los tratos o los contratos, el derecho mercantil; y para evitar los premios o castigos desproporcionados (sobre todo éstos), se fue configurando el derecho penal. Desde luego, la ramificación es más compleja y, en la conciencia actual, son elementos relevantes los derechos humanos y sus diversas generaciones.

El caso Teuchitlán, como otros casos de terror y horror, así como crímenes de lesa humanidad, envuelve un híbrido de injusticias que, si no nos causa indignación —como se ha mostrado, sobre todo, en simpatizantes del régimen actual—, querría decir que nuestra conciencia no está despierta ni percibe lo que racional y humanamente constituye su objeto propio de percepción y, por tanto, neutraliza las correspondientes operaciones que —naturalmente— le corresponden, como indignarse y abrazar a las víctimas o —en este caso— a sus familiares. Dolor e indignación también humanizan.

Las historias que han podido darse a conocer, de muchachos y muchachas que buscaban trabajo y que, al final, encontraron la muerte (cuando menos los restos humanos ahí encontrados así lo muestran), nos hablan de la gran injusticia desproporcionada: Perder la vida por manos criminales. Esto involucra a los gobiernos —federal y locales—. Al primero porque la portación ilegal de armas (sobre todo de uso exclusivo de las fuerzas armadas) es un delito federal y en ese rancho, según los testimonios de los sobrevivientes, se usaron. A los segundos, porque hubo desapariciones y crímenes de personas provenientes de diversos estados.

Además de la desproporción en el castigo, en el caso referido, se encuentra la segunda forma de injusticia: la del incumplimiento de la palabra o compromiso. En otras palabras, la mentira como método de reclutamiento. Pero en esto no sólo se dio la mentira de los criminales, sino que se está dando la mentira sistemática del régimen para minimizar los acontecimientos. Ya la presidenta señaló que no puede hacerse un juicio con solo una foto (cuando la misma sería un gran indicio de lo que ahí pudo haber pasado); el presidente del Senado también salió a minimizar el asunto. ¡Increíble!

Pero así son estas autoridades de este momento (2025): minimizan los problemas, echan la culpa al pasado y no asumen su responsabilidad. Los datos del caso Teuchitlán son indignantes, deben de serlo. La sociedad civil (el pueblo real) no puede no indignarse ni quedarse callada. Primero porque debe escuchar el grito de las madres, padres y hermanos y hermanas buscadores. El estado y sus instituciones desde hace tiempo no sólo los han ignorado y dado la espalda, sino los tildan de mentir.

Esa escucha también debe de ser un abrazo al dolor inconmensurable de esas familias. Se debe convencerlas —porque así es realmente— de que la muerte que infligieron los criminales a sus seres amados no les anuló su dignidad trascendente. Como escribe Rodrigo Guerra: “No debemos olvidar que el que comete una injusticia, fracasa en su humanidad, mientras que el que sufre una injusticia, afirma en silencio a través de su vida, y hasta el último instante, que su dignidad es trascendente e inalienable.” (3).

Si la sociedad civil (el pueblo real) se indigna ante este y otros casos, si es capaz de percibir y apreciar la vida humana en todas sus fases de desarrollo, si, además, genera una conciencia crítica y moral del poder, podrá exigirle al estado y a las instituciones estatales que cumplan su cometido: proteger la integridad física, patrimonial, social y cultural de todos sus miembros, especialmente de las y los jóvenes. Son ellos los que no deben dejarse seducir por los cantos de sirenas del poder.

Ahora bien, no basta la indignación. Es bueno y sano hacerlo, pero si nos quedamos sólo en ella corremos el riesgo de todo revolucionario: “Se comienza por querer la justicia y se acaba organizando una policía.” (4). No sólo organizándola, sino justificándola. La propaganda y la publicidad de este régimen morenista que antes criticaba la “guerra sucia”, ahora, ante su ineptitud, critica una “campaña sucia”, donde los “adversarios”, o la “oposición”, orquestan una campaña contra el gobierno. Y todo lo hacen por seguir una idea y olvidarse de las personas concretas, como los desaparecidos y sus familias. Teuchitlán es una realidad, dolorosa, pero verdadera.

La justicia llama con la indignación, pero hay que abrirle la puerta para que haya abrazo, acompañamiento y, en la medida de lo posible, reparación. Las víctimas han desaparecido, no su ser profundo —inalienable y trascendente—; la memoria y la oración hacen que pervivan en nosotros, y nos recuerdan que tenemos una deuda social con sus familias. Aunque el régimen haga malabares mediático-discursivos, no podrá anular la verdad ni la justicia. México es la sociedad, más allá del gobierno.

Notas:

1) Octavio Paz, Obra poética I (1935-1970), en Obras completas 11, Edición del autor, Círculo de lectores, Fondo de Cultura Económica, México, 4ª reimp. 2006, p. 430.
2) Paul Ricoeur, Lo justo, Caparrós (colección Esprit), Madrid 1999, pp. 23-24.
3) Rodrigo Guerra López, “La muerte de tantos jóvenes no debe ser estéril”, El Heraldo de México, 17/mar/2025, https://goo.su/Sty3Be.
4) Albert Camus, Los justos, Alianza, Madrid, 3ª reimp. 1990, p. 72.

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