En los noventa, un equipo dominaba las canchas de la NBA y dejaba una marca indeleble en la historia del baloncesto: los Chicago Bulls. Yo, Eduardo Tovilla, no me considero fanático de este deporte, pero una tarde de ocio vi El último baile (The Last Dance), un documental lanzado por Netflix y ESPN en 2020. Me resultó fascinante la dinámica, dentro y fuera de la cancha, de este equipo cargado de talento, egos y presión por ganar, y cuya batuta estaba en manos de Phil Jackson.
Jackson logró domar una constelación de estrellas y convertirlas en una máquina ganadora. Esto, sin duda, fue todo un desafío, porque entre los astros estaban Michael Jordan, el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos; Scottie Pippen, uno de los mejores jugadores de la liga y que durante años fue mal pagado y subestimado; y Dennis Rodman, el excéntrico y genial reboteador que destacaba en la cancha, pero también hacía titulares fuera de ella. Sí, hablo del mismo Rodman que se teñía el pelo de colores psicodélicos y fue pareja de Madonna. Entonces, ¿cómo le hizo Jackson para guiar a los Bulls y ganar seis campeonatos?
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La pregunta más bien es: ¿cómo le hizo Jackson para ganar once campeonatos? Sí, porque además de los seis anillos que ya mencioné con los Chicago Bulls (1991-1993 y 1996-1998), repitió la hazaña con los Lakers de Kobe Bryant y Shaquille O'Neal, pero con cinco campeonatos (2000-2002, 2009 y 2010). Aunque como jugador conquistó dos campeonatos con los New York Knicks en los años setenta; su verdadero legado lo construyó en el banquillo.
Por esta razón, esta columna es sobre el hombre estratega, conocido por su enfoque zen y el uso del ataque triangular. En "Once anillos", de la mano de Hugh Delehanty, Jackson nos comparte los once principios de su liderazgo que forjaron su exitosa carrera como entrenador en la NBA:
1. Liderar de dentro hacia fuera: Un líder debe conocerse a sí mismo y actuar con autenticidad. Hay que hablar desde el corazón para crear una conexión más profunda con el equipo, fortalecer la confianza e impulsar el rendimiento colectivo.
2. Dejar el ego en el banquillo: Intentar ejercer poder de manera directa puede ser contraproducente. En este sentido, hay que moderar el ego y distribuir el poder dentro del equipo, para robustecer la colaboración y centrarse en la visión colectiva.
3. Permitir que cada jugador descubra su propio destino: No se puede imponer la voluntad a los demás. Un líder debe inspirar a cada individuo a pensar por sí mismo y tomar decisiones difíciles, fomentando su crecimiento personal y profesional.
4. El camino hacia la libertad es un excelente sistema: Hay que definir una forma de hacer algo. Jackson implementó el "triángulo ofensivo", un sistema que estimulaba la creatividad y el trabajo en equipo, liberando a los jugadores de memorizar jugadas preestablecidas y otorgándoles roles decisivos dentro de una estructura clara.
5. Sacralizar lo mundano: Hay que transformar actividades rutinarias en algo significativo. Una opción es incorporar la meditación y rituales en los entrenamientos para crear un sentido sagrado y mantener la concentración del equipo.
6. Una respiración, una mente: La sincronización y la calma son fundamentales. Practicar la respiración conjunta ayuda a alinear al equipo y a que los integrantes actúen como una sola mente bajo presión.
7. El enfoque en el espíritu más que en el marcador: La verdadera fuerza de un equipo se manifiesta cuando sus miembros renuncian al interés personal en favor del bien colectivo, priorizando el espíritu de equipo sobre los resultados inmediatos.
8. Ante la duda, no hacer nada: A veces, la mejor solución es la inacción. Permitir que el inconsciente procese problemas complejos puede conducir a soluciones más efectivas que una intervención apresurada.
9. Olvidarse del anillo: Obsesionarse con ganar puede ser contraproducente. Es más beneficioso centrarse en crear las condiciones óptimas para el éxito y aceptar los resultados con serenidad.
10. Aprender a confiar en el momento: La preparación y la confianza en el proceso hacen que las decisiones correctas surjan de manera natural en situaciones de presión. Así que mantener la calma y actuar con seguridad en los momentos decisivos es lo que define a un equipo ganador.
11. Dejar ir: Aferrarse a una era exitosa no es opción, hay que aceptar el cierre de una etapa, para liberar presión y abrir espacio para nuevas oportunidades.
En el documental El último baile que les comenté, pueden verse en acción estos principios. Por ejemplo, Jackson enseñó a Jordan, quien estaba acostumbrado a resolver todo solo, a distribuir el juego y confiar en Pippen, así como en el sistema ofensivo del ataque triangular y otros jugadores. Jackson también comprendió que Dennis Rodman era un personaje complicado, así que le concedió ciertas libertades, como tomar descansos inesperados, con tal de que el maestro de los rebotes rindiera al máximo en la cancha.
Del mismo modo, se observa que Jackson no era de los entrenadores que gritaban o hacían ajustes constantes desde la banca. En varios partidos importantes, en lugar de pedir un tiempo fuera o hacer cambios drásticos, dejaba que el equipo encontrara su ritmo por sí mismo. En el famoso partido de 1997 contra los Jazz, Jackson dejó que Jordan improvisara la jugada final, que terminó en el icónico "The Flu Game" (el partido en el que Jordan jugó enfermo y anotó 38 puntos).
En mi opinión, Jackson, más que equipos ganadores, construyó una cultura donde el talento individual se ponía al servicio del grupo. Buscó crear una mentalidad ganadora basada en la confianza, la calma y la conexión entre los jugadores. Es por ello que sus principios siguen vigentes hoy en día y son aplicables en cualquier entorno donde el trabajo en equipo y el liderazgo tienen roles clave.
Me despido compartiéndoles la lección más valiosa que me dejó Once anillos: el arte de dejar ir, algo que Jackson aplicó tras el sexto campeonato con los Bulls en 1998. Entendió que el verdadero éxito está en la capacidad de construir algo grande y soltarlo cuando el ciclo ha llegado a su fin, no en los juegos o campeonatos ganados. En el deporte, como en la vida, hay que tener la sabiduría para reconocer cuándo es el momento de soltar y la valentía para hacerlo sin mirar atrás. Al final lo que realmente perdura es la huella que dejamos en los demás.