Sinceramente soy escéptica de que Trump tenga intención de mantenerse firme en los aranceles a las importaciones. Mire, los dueños del corral hablaron y en menos de 36 horas, la gran amenaza arancelaria del presidente de Estados Unidos se desmoronó. A diferencia de los políticos, los magnates de la industria automotriz no se andan con rodeos: un 25% de aranceles a autos importados de México y Canadá significaba un golpe mortal para su negocio. Ford, GM y Stellantis se lo hicieron saber con claridad al expresidente, y, como era de esperarse, Trump cambió de opinión
No es la primera vez que la retórica arancelaria de Trump surte buenos efectos. En 2018, bajo una amenaza similar, el entonces recién electo presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, cedió, creó la Guardia Nacional y desplegó 6,000 efectivos a la frontera sur para apaciguar a Trump. Ahora, ante un nuevo chantaje, la hoy presidenta Claudia Sheinbaum ha vuelto a ceder con una respuesta más contundente: 15,000 elementos en la frontera norte.
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Pero el teatro político de Trump no es sólo con México. En su llamada con Justin Trudeau, el expresidente no dudó en acusar a Canadá de ser un trampolín para el fentanilo, a pesar de la evidencia en contra. Trudeau, consciente de la jugada, lo ignoró y se enfocó en la defensa de su industria. No es casualidad que, tras esa conversación, los asesores de Trump comenzaran a recibir presión de líderes empresariales y legisladores republicanos.
El colapso del plan arancelario quedó sellado cuando Wall Street reaccionó con una caída de 670 puntos en el Dow Jones. Trump, siempre obsesionado con el mercado, no tardó en enviar a su secretario de Comercio a calmar las aguas. Howard Lutnick apareció en televisión insinuando un posible "alivio", y, en cuestión de horas, la Casa Blanca anunció la exención arancelaria por un mes.
La volatilidad política de Trump no sorprende. Ha convertido la amenaza de aranceles en un juego de presión, pero rara vez se mantiene firme. Soy escéptica de que su amenaza sea cierta y que los aranceles lleguen a aplicarse. Sus propias palabras en el Congreso contrastaron con su acción inmediata: primero, un discurso duro sobre la industria; después, una concesión inmediata a las automotrices.
Mientras tanto, en México y Canadá, la incertidumbre persiste. Aunque el respiro de un mes da algo de estabilidad, las empresas saben que la amenaza puede regresar en cualquier momento. No es un problema económico, sino político: Trump juega con la economía para mantener su narrativa de "duro en el comercio", sin importar los daños colaterales.
El caso también deja en claro que, a diferencia de los mandatarios extranjeros, los grandes empresarios son quienes realmente pueden influir en Trump. La política de "Estados Unidos primero" siempre ha tenido un pie en la realidad del capital: cuando los dueños de los grandes capitales hablan, hasta los discursos más radicales se desmoronan.
En conclusión, la estrategia de aranceles de Trump sigue siendo más ruido que acción. Puede amagar y amenazar, pero el golpe final lo decide el mercado. Si 2018 nos enseñó que México respondería con despliegues de seguridad, 2025 nos muestra que ya le gustó presionar al mundo con el mismo cuento. Esperemos un mes a ver si sus advertencias son ciertas o no.