Una encuesta sobre preferencias partidarias publicada la semana pasada mostró a Movimiento Ciudadano por encima del PRI y del PAN. Un dato extraordinario: dos partidos con largas décadas de historia y que llegaron al ejecutivo federal sean rebasados un partido minoritario.
La diferencia es pequeña, por lo que podríamos hablar más bien de un “empate técnico” entre los tres partidos. Aun así, el dato es extraordinario, algo que nadie hubiera previsto hace diez, o cinco años.
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Una de las explicaciones de este notable cambio es una tensión permanente en todo partido político: entre el interés público que formalmente representan, y el interés particular de sus dirigentes.
Una tensión que nos lleva al origen de las organizaciones partidarias. Partido viene de “parte”, de “parcial” por lo que los partidos fueron en principio rechazados. Lo que se quería en política era la representación de toda la nación, no de partes de ella.
Una serie de cambios en la cultura y en la filosofía política generaron la idea, y los mecanismos institucionales adecuados, para que esas “partes” pudieran representar al todo social. Una historia bien contada por Sartori en uno de sus libros clásicos.
Pero la tensión continuó. Si bien hay diseños institucionales que hacer, que quienes lleguen al gobierno representen el interés público, la tentación de que los políticos utilicen sus cargos para su interés personal o de grupo permanece. Latente en algunos casos, viva en otros.
Creo que esa tensión es lo que explica la caída del PRI y del PAN. Sus dirigentes en los últimos años optaron por los intereses de su persona y de su grupo y dejaron de lado el interés nacional. Y el interés de su partido como organización.
No tengo datos, pero es casi seguro que conforme estos dos partidos perdían presencia entre el electorado sus dirigentes fortalecían su patrimonio personal y familiar. Hay responsabilidades personales claras de priistas y panistas en el acceso de Morena al poder y en permitir los excesos que estamos viviendo.
Ahora que se habla de inteligencias múltiples, creo que una de las formas de inteligencia política más relevantes es la capacidad de llevar a buen puerto el interés público en primer lugar, sin descuidar el interés del propio partido (una “entidad de interés público”) impidiendo que los intereses privados lo erosionen.
En este contexto, no puedo dejar de citar un viejo proverbio cholulteca. Que se ponga el saco quien le quede: “En política, hace más daño un tonto que un ratero. Pero si el ratero es tonto, ya nos fregamos todos.”