Las escuelas deberían ser lugares educativos protegidos, ya que promueven la inclusión, la equidad y el bienestar individual y colectivo, y también deberían reimaginarse con miras a facilitar aún más la transformación del mundo hacia futuros más justos, equitativos y sostenibles. Las escuelas deben ser sitios que reúnan a grupos diversos de personas, ofreciéndoles desafíos y oportunidades que no existen en ninguna otra parte. Hay que aportar las modificaciones necesarias a las arquitecturas, los espacios, los horarios y las agrupaciones de alumnos de las escuelas, a fin de alentar y permitir a los individuos para que trabajen de consuno. Las tecnologías digitales deberían tener como objetivo apoyar a las escuelas, y no sustituirlas. Las escuelas deberían forjar los futuros a los que aspiramos garantizando los derechos humanos y convirtiéndose en ejemplos de sostenibilidad y neutralidad en carbono.
UNESCO. Reimaginar juntos nuestros futuros. Un nuevo contrato social para la educación, p. 10.
En las últimas décadas del siglo pasado surgieron, frente al desarrollo de las tecnologías digitales para la información y para el aprendizaje, muchas voces que hicieron sendos llamados a las instituciones educativas de todos los niveles para que planearan y ejecutaran acciones conducentes para la transición hacia una educación cada vez más mediada por la virtualidad e incluso se publicaron ensayos e investigaciones que hablaban de que el futuro sería más pronto que tarde, el de una formación totalmente a distancia con la consecuente desaparición de las escuelas y universidades con grandes edificios y espacios para la impartición de asignaturas, programas y actividades curriculares y extracurriculares.
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De hecho en la actualidad existen ya instituciones sobre todo de educación superior que se dedican a ofrecer programas de licenciatura, especialidad, maestría o doctorado -ahora incluso empiezan a hacer negocio con el post doctorado como si fuera un grado académico- totalmente en línea y que no tienen prácticamente instalaciones para clases presenciales sino espacios reducidos con oficinas para encargarse de la administración institucional y curricular y plataformas tecnológicas propias o de libre acceso a través de las cuales se imparte la totalidad de la carga de asignaturas de las diversas áreas.
Sin embargo, la transición hacia la educación en línea no se hizo a la velocidad que exigían los visionarios de aquellas primeras décadas de auge de las llamadas Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) y Tecnologías para el Aprendizaje y el conocimiento (TAC). Prueba de ello es que el confinamiento obligado por el surgimiento y expansión de la pandemia de la COVID-19 tomó a la mayor parte de las instituciones educativas de todos los niveles sin la infraestructura tecnológica y sin las capacidades técnicas y didácticas para transitar de forma ágil y eficiente a la educación a distancia y el aprendizaje desde casa.
Paradójicamente la obligada adaptación a la educación a distancia debida a esta emergencia de salud, aunque obligó a redoblar esfuerzos y a acelerar el paso en la adopción o adaptación de las tecnologías y en la capacitación de los y las docentes en todos los niveles educativos, también trajo consigo una revalorización de las escuelas -y universidades- como espacios para el encuentro y el aprendizaje de la convivencia social y me atrevería a decir que también, derivado de lo anterior, como lugares donde se aprende en la interacción cara a cara en qué consiste ser humanos, que es, según afirma Fernando Savater en El valor de educar, la finalidad última del proceso educativo.
Coincidiendo prácticamente con el inicio de la pandemia y el posterior confinamiento, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura – UNESCO por sus siglas en inglés- conformó la Comisión para los futuros de la educación, convocando a una veintena de expertos en diversas áreas educativas de varios países del mundo con la misión de pensar en la prospectiva deseable para una educación orientada a la transformación real de la humanidad frente a la crisis multidimensional que se vive hoy.
En el documento de informe preliminar, la comisión ya señalaba entre sus nueve ideas para la acción pública en la educación tras la experiencia de la COVID, en el número cinco, la necesidad de “…Proteger los espacios sociales que ofrecen las escuelas a medida que transformamos la educación. La escuela como espacio físico es indispensable…” pero debe ser repensada y reorganizada desde distintas maneras de “dar clase”. Sin embargo “…la escuela como espacio-tiempo independiente de la vida colectiva, específico y diferente de otros espacios de aprendizaje, debe mantenerse…”
Este señalamiento debería hacernos reflexionar y trabajar de forma creativa y colaborativa para resignificar y reestructurar las escuelas y universidades como espacios sociales donde los futuros ciudadanos del país y del planeta pueden ir aprendiendo nuevas formas de convivir que sean, como dice el epígrafe tomado del documento final de esta comisión, “…lugares educativos protegidos…que promueven la inclusión, la equidad y el bienestar individual y colectivo, y también deberían reimaginarse con miras a facilitar aún más la transformación del mundo hacia futuros más justos, equitativos y sostenibles…”
¿Cómo construimos escuelas que sean lugares que congreguen a personas diversas y les ofrezcan “…desafíos y oportunidades que no existen en ninguna otra parte…” convirtiéndolas por ello en lugares de aprendizajes significativos y profundos que los entusiasmen y motiven? ¿Cómo serían las modificaciones arquitectónicas, ambientales, de tiempos y formas de agrupación necesarias para promover y permitir que cada educando trabaje en unidad con sus compañeros?
Estas deberían ser hoy las preguntas orientadoras para crear la educación que responda a los desafíos del cambio de época que vivimos, en lugar de seguir haciendo lo mismo de siempre, con cada vez más exigencias burocráticas, normatividades y prohibiciones -incluyendo las del uso de dispositivos que acaba de aprobarse en Querétaro- y esperando obtener resultados diferentes. Porque este es, como dicen que decía Einstein, el principio de la locura.
Como afirma el reporte final de la Comisión para los futuros de la educación, las tecnologías digitales tendrían que apoyar a las escuelas en lugar de tender a sustituirlas, como parece ser -ahora sí, tardía y no pertinentemente- la tendencia actual, más por razones mercadológicas y de aumento de la demanda que por visiones pedagógicas de mejora de la formación para la construcción de un auténtico bien común en nuestras sociedades.
“…Las escuelas deberían forjar los futuros a los que aspiramos garantizando los derechos humanos y convirtiéndose en ejemplos de sostenibilidad y neutralidad en carbono…”, construyendo y practicando nuevas formas de convivencia social dialógica, pacífica, justa y fraterna. ¿Seremos capaces de reconceptualizar a la escuela o dejaremos que siga perdiendo su sentido y siendo sustituida por las tecnologías?