Las amenazas y señalamientos del presidente Trump —de imponer aranceles a México, Canadá y China, así como de señalar una alianza entre el crimen organizado y el gobierno mexicano que desemboca en el tráfico y consumo del fentanilo en la Unión Americana— y la pausa acordada por éste y la presidenta Sheinbaum para posponer por un mes esa medida, han suscitado lecturas diferentes, para comenzar las de los propios mandatarios. Cada uno dio su versión, destacando lo que le interesaba.
Sobre el envío de 10 mil efectivos de la Guardia Nacional, uno dijo que es para detener el flujo de migrantes y del fentanilo, la otra destacó sólo lo segundo: el fentanilo; omitió el tema migratorio [en lo cual siguió su premisa de que lo que no se nombra no existe]. Sheinbaum señaló que el gobierno de Estados Unidos se comprometía, por su parte, a evitar el flujo de armas de su territorio a México, Trump no mencionó esto siquiera. Más allá de la interpretación de cada quien, hay que ver qué significa e implica todo esto.
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Para ello lo primero es salir de la polarización, ir más allá del nacionalismo trasnochado, del discurso de unidad nacional para “identificar” a un mega-enemigo común que amenaza la soberanía nacional, cosa que “no podemos permitir”. Bajo tal polo, quien no cierre filas con el oficialismo es, simplemente, un “traidor a la patria”. En el polo contrario, bulle la perspectiva de que el hombre de cabello naranja puede poner en su lugar a la 4T, como si la sociedad mexicana sólo estuviera de adorno.
Ni lo uno ni lo otro. No se trata de mera interpretación ni, en función de ésta, irse a la “cargada” oficialista o antioficialista. Ni envolverse en la bandera nacional ni esperar que la salvación venga del exterior ayuda en momentos claves para el país. Aquí procede lo que todo pensamiento sensato sugiere cada vez que hay problemas que afectan al bien común de la sociedad, o de sus estamentos más vulnerables: mirar con cabeza fría y encontrar caminos que, aunque modestos, abran soluciones duraderas.
«Soluciones duraderas» para el bien común de la heterogénea y plural sociedad mexicana, quizá esa es una premisa determinante. La posposición de un problema no es, en estricto sentido, una «solución», salvo que la situación sea grave, de vida o muerte. Pero al parecer del gobierno mexicano (muy distinto de la sociedad mexicana), la situación en el país no es grave y todo marcha viento en popa. Aun con tal lectura, exorcizada dicha gravedad, comunicó tal acuerdo de mandatarios como un gran logro.
Ganar tiempo es un logro, ciertamente, si hay gravedad en la situación del país. Cosa que percibimos la mayoría de los mexicanos, tanto en la economía como en asuntos de seguridad pública. Por tal razón, las amenazas del presidente Trump si se traducen en acciones por supuesto que pueden afectar a la economía nacional, a los migrantes mexicanos (y de otros países) y a las políticas de seguridad nacional de ambos países. En este último rubro está un talón de Aquiles del gobierno mexicano.
Lo que muchos mexicanos y mexicanas vemos todos los días —la violencia y la inseguridad en nuestras ciudades y poblaciones— nos lleva a pensar que hay una colusión entre el crimen organizado y el gobierno, lo que explicaría la gran indiferencia de éste ante las atrocidades de las células criminales y el empoderamiento de los cárteles en regiones enteras del país. Sinaloa es un ejemplo vivo de este aserto. Pues eso lo volvió a señalar el señor Trump en la batería amenazante de sus comunicados.
La respuesta de la señora Sheinbaum fue: “Si en algún lugar existe tal alianza es en las armerías de los Estados Unidos que venden armas de alto poder a estos grupos criminales”; y luego señaló las detenciones y decomisos que ha hecho su gobierno en este rubro. Para el presidente norteamericano eso no es suficiente ni es de peso. Algunos analistas han escrito que de un plumazo logró que 10 mil efectivos custodiaran su frontera sur, a cambio de nada, y que la presidenta será víctima de la política de los “otros datos” de su homólogo estadounidense.
No hay que restarle mérito a la presidenta mexicana, pero tampoco hay que extrapolarlo. La amenaza sigue. Como mecanismo de negociación utilizado por Trump, no sólo ante el gobierno mexicano, sino ante los diversos gobiernos, el maximalismo le ha dado resultados pragmáticamente. Exigir todo para obtener lo más que se pueda es una de sus premisas de negociación; ya lo fue en lo privado como empresario, ahora lo pretende en lo público. Su argumento es el mismo que el del régimen mexicano: “Así lo dispuso la mayoría abrumadora”. Ante la crisis de la democracia esto es letal.
¿Qué pasaría si, independientemente de las mayorías electorales, el puntal de nuestras democracias —de cualquier cuño— fuera la división real de poderes, la inclusión de las minorías en las decisiones colectivas y el reconocimiento de la pluralidad social como fuente de riqueza para mayorías y minorías? A lo anterior habría que añadir lo siguiente: el pueblo en sus diversas expresiones, como comunidad, como sociedad, como diversidad de estamentos, no es propiedad de ningún gobierno ni se confunde con éste. Creo que sólo así todo gobierno servirá a la sociedad, que no es otra cosa que expresión existencial del pueblo. El buen juez por su casa empieza.