Este lunes comienza la convención del Partido Republicano en la ciudad de Milwaukee. En esa convención, los delegados nominarán de manera unánime a Trump como su candidato rumbo a las elecciones presidenciales de noviembre.
Esto ya lo sabíamos. Pero, el atentado que sufrió el pasado sábado Donald Trump en un mitin político en Pennsylvania, cambia notoriamente el equilibro de fuerzas en la contienda electoral de los Estados Unidos.
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Trump es un convicto de la ley. Se le encontró culpable del delito de abuso sexual contra la columnista E. Jean Carroll en el marco de un juicio civil en mayo de 2023.
Prácticamente un año después, “un jurado popular declaró culpable de 34 delitos a Donald Trump, lo que lo convierte en el primer presidente o expresidente de Estados Unidos en ser condenado en un juicio penal”. Se le condenó por tratar de "influir ilegalmente" en las elecciones de 2016 falseando información sobre sus pagos y cuentas.
A pesar de todo, cuenta con el apoyo irrestricto de su base conocida como Nación MAGA y de los republicanos de su partido. El atentado que sufrió entierra la narrativa de convicto y proclama una nueva narrativa: la de víctima.
Así se ha vendido Trump, como víctima del sistema podrido y corrupto de Washington que sólo protege a una pequeña élite política. Y sus seguidores se sienten muy identificados con él. Hay, por tradición, en el ciudadano estadounidense, una suerte de enojo con el Estado policía y que cobra impuestos.
Trump ha dicho que es víctima de una cacería de brujas y por eso le han inventado cargos judiciales que él ha calificado de ridículos y absurdos. Ha comparado su persecución con lo que ocurre en países latinoamericanos o africanos (bananeros según él) y que eso demuestra la decadencia de su país, porque se ha convertido en una nación “del tercer mundo.”
Pero el atentado que sufrió sube los decibeles de estos argumentos. Para su base electoral, ya no hay duda. Trump es el elegido y por eso las fuerzas del mal lo persiguen. Suena a frase de un culto religioso. Eso es precisamente, un culto en el que sus seguidores niegan cualquier evidencia que demuestra cómo Trump viola la ley, un culto que lo ama, lo protege y que, ahora, lo ha convertido en un héroe.
La imagen de Trump ensangrentado, alzando el puño e incitando a sus seguidores a “pelear” será la imagen de la campaña. Ilustra a un Trump valiente, fuerte, decidido. Y contrasta con las imágenes en el debate de Biden cansado, desorientado y decaído.
Trump es ahora un héroe que se salvó de un atentado. El discurso que circulará lo alabará por su entereza y dirá que dios lo protegió. Su destino es gobernar para hacer grande a Estados Unidos otra vez.
Es muy difícil visualizar un escenario en el que Trump no gane las elecciones en noviembre de este año. Y también es fácil imaginar un escenario de más polarización y violencia en el país.
En un mensaje, Joe Biden pidió calma y tranquilidad a sus conciudadanos. El mensaje es profundamente preocupante. En una nación polarizada, y con millones de personas armadas, los vientos de guerra civil soplan en el vecino del norte. Y no se trata de una exageración. Decenas de periodistas, intelectuales y analistas en Estados Unidos y el mundo están haciendo sonar las alertas ante el advenimiento de tiempos peligrosos para Estados Unidos. Y, por definición, para el mundo.