Hace un par de años, viajé a Chicago en compañía de mi hijo para conocer la prestigiosa universidad homónima donde él quería cursar su maestría, así que hice que coincidiera con el viaje anual que hago con unos amigos amantes del Americano, para matar dos pájaros de un solo tiro. Fue un viaje planeado con cuidado que, para mí, Eduardo Tovilla, terminó convirtiéndose en una gran experiencia, llena de emociones y descubrimientos.
Cuando menciono un viaje planeado, me refiero a la intención deliberada de inspirar a mis hijos a alcanzar sus metas. Llevar a mi hijo mayor a Chicago fue una forma de desafiarlo a soñar con estudiar allí. He aprendido que los jóvenes guardan deseos y sueños que, si se cultivan con estrategia, reconociendo sus fortalezas y debilidades, pueden transformarse en logros tangibles.
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Para ponerlo en términos más familiares, relacionémoslo con el pádel, un deporte que practico con pasión. Cuando inauguré mi club de pádel, empecé en la Segunda Categoría, consciente de que mi meta era ascender a ProAm, dado que la categoría Open estaba fuera de mi alcance por razones de edad y tiempo disponible para entrenar. Dos años después, conseguí competir en la categoría ProAm junto a Sanyo Gutiérrez, un reconocido jugador profesional. Fue la culminación de un objetivo realista que, con dedicación y muchas horas de esfuerzo, logré alcanzar.
Este viaje a Chicago representó una exploración académica para mi hijo y el reflejo de una filosofía de vida que he tratado de inculcarle: la importancia de establecer metas claras y trabajar arduamente para alcanzarlas.
Pero volviendo a Chicago, es una ciudad que particularmente me gusta mucho. Está a orillas del Lago Michigan, así que cuando recorres sus calles bulliciosas, sorprende ver cómo la naturaleza y la modernidad conviven tan de cerca. Además, tiene mucha historia. En 1885, ahí se construyó el primer rascacielos moderno, el Home Insurance Building, el cual marcó un antes y después en términos de arquitectura.
Mis amigos y yo ya habíamos estado ahí antes, sin embargo, parecía nuestra primera vez, por lo menos eso nos dijo mi hijo que nos notaba tan sorprendidos como él. Definitivamente, ir juntos hizo que la experiencia fuera única.
Como la visita a la Universidad de Chicago estaba planeada un día después de llegar a la ciudad, decidimos dar una vuelta primero por el Millenium Park. Fue uno de los lugares que nos dejó boquiabiertos, no sólo por las casi 25 hectáreas que mide o por las extraordinarias obras de arte expuestas entre sus jardines, también por cómo llegó ahí.
En la década de los noventa, una parte del espacio en el que se construyó el parque funcionaba como estacionamiento, mientras que otra era utilizada como bodega por la compañía ferroviaria de Illinois. Los trenes viejos daban al terreno un mal aspecto, por lo que el gobierno colaboró con el sector privado para construir un parque y mejorar la apariencia de la ciudad. Como ciudadanos, empresarios y exfuncionarios públicos, fue grato encontrar una prueba de lo que se puede lograr cuando el sector público y privado trabajan por un bien común.
Nos llevó todo el día recorrer la totalidad del parque. Una de las experiencias que más disfruté fue la presentación de una banda de jazz en el anfiteatro Jay Pritzker Pavilion que topamos por casualidad. Si bien ninguno era fanático de este género, decidimos quedarnos y disfrutar la música con otros que sin duda sí eran amantes del mismo. Terminamos muy relajados y preparados para la visita que haríamos a la Universidad de Chicago al otro día y en la cual había estudiado uno de mis amigos.
Esta universidad fue fundada en 1890. Se distingue por su compromiso con la investigación pionera y el rigor intelectual. Es reconocida a nivel mundial por sus programas de posgrado y su enfoque interdisciplinario. Sus estudiantes y académicos se caracterizan por desafiar los límites del conocimiento convencional, contribuyendo significativamente a la ciencia, la cultura y las políticas públicas. No me extrañaba que mi hijo quisiera formar parte de ella.
Quedamos impresionados con la facultad. Me sentí muy emocionado al darme cuenta de la oportunidad que sería para mi hijo desarrollarse en este entorno académico. A él, la sorpresa se le notaba en los ojos. Como mencioné, la Universidad de Chicago no es cualquier institución, ha sido galardonada con 91 premios Nobel.
Como mi hijo quería estudiar ahí la Maestría en Ciencia de Datos, después de hacer un recorrido general de la universidad, nos dirigimos a la facultad correspondiente. Al llegar ahí, entramos a un pequeño museo que albergaba otra notable colección de premios Nobel en Economía, entre los cuales destacaban los de Gary Becker y Milton Friedman. La experiencia me transportó de inmediato a mi época universitaria en el ITAM. Me hizo recordar a muchos de los profesores cuyos libros y cuyas enseñanzas tuvieron un impacto en mí. Sentí mucha emoción al pensar que mi hijo tendría la posibilidad de aprender de los mismos expertos que habían sido una fuente de inspiración para mí.
Este viaje nos unió aún más a mi hijo y a mis amigos. Durante nuestra visita a la universidad, pude comprender mejor por qué él ansiaba estudiar en Chicago. Estaba dispuesto a hacer sacrificios, tanto económicos como familiares, para que tuviera la oportunidad de inscribirse, aunque reconocía que no dependía únicamente de mí. Al regresar a México, me aseguré de compartir con su mamá nuestra experiencia, con la esperanza de aliviar sus preocupaciones sobre la separación física que conllevaría que mi hijo estudiara allá. Era importante priorizar su crecimiento profesional y personal.
El viaje a Chicago fue inolvidable, además, por otras razones. A pesar del frío característico de la temporada en la que realizamos nuestra visita, nos sentimos extraordinariamente bien. Disfrutamos cada comida que hicimos. Entre mi grupo de amigos, estaban un médico, un empresario y un consultor, lo que enriquecía mucho nuestras conversaciones. Temas como medicina, educación y religión surgían naturalmente, pero en lugar de generar conflictos, alimentaban nuestro intercambio de ideas de forma respetuosa y constructiva. Valorábamos profundamente las opiniones de los demás, todos encontramos en estas conversaciones una valiosa oportunidad de aprendizaje.
La visita a la Facultad de Economía de la Universidad de Chicago dejó una gran impresión en mi hijo. Con la familia y amigos suele siempre hablar sobre esta travesía. Yo, Eduardo Tovilla, hago lo mismo. Está en mi top 5 de viajes favoritos. La semilla fue sembrada y la vida y él decidirán qué sigue en su vida.
Esta experiencia ha sido tan reveladora para mí como padre como lo ha sido para mi hijo. A través de este viaje, he comprendido aún más mi rol como soporte de sus decisiones, pero también de dejarlo aprender de sus propias experiencias y desafíos. Observar cómo evalúa sus opciones, entre continuar trabajando para ganar más experiencia laboral o pausar su carrera para perseguir una maestría, me ha mostrado que está preparado para enfrentar sus retos. Confío en que tomará las decisiones más acertadas para alcanzar sus metas.
En lo que respecta al pádel, mi situación es un reflejo de aceptación y realismo. El deporte es cada vez más competitivo debido a la aparición de nuevos jugadores y al inevitable avance de la edad. Entender y aceptar estos cambios es esencial. Empecé mi aventura en el pádel en la Segunda Categoría y, con un espíritu realista, he decidido que en esa misma categoría me retiraré. Este retorno simboliza un ciclo completo, y estoy en paz con esta decisión, sabiendo que he disfrutado plenamente del juego y he dado lo mejor de mí en cada partido.