Hay una escuela grande como el mundo./ Allí enseñan maestros, profesores,/ abogados, albañiles,/ periódicos, televisores,/ carteles callejeros,/ el sol, los temporales, las estrellas./
Hay lecciones fáciles/ y lecciones difíciles,/ feas, bonitas y así.
Allí se aprende a hablar, a jugar,/ a dormir, a despertarse,/ a bienquerer e incluso/ a enfadarse./ Hay exámenes a cada momento,/ pero no hay suspensos:
nadie puede parar a los diez años,/ a los quince, a los veinte,/ ni descansar un solo instante.
De aprender no se acaba jamás,/ y aquel que no sabe/ es siempre más importante
que aquel que sabe ya./ Esta escuela abarca todo el mundo./ Abre los ojos:/ tú también eres un alumno.
Gianni Rodari. Una escuela tan grande como el mundo.
La escuela es indudablemente todo un mundo donde se aprenden muchísimas cosas. Algunas están en el currículo y otras, la mayoría están fuera y no fueron planificadas por expertos ni suelen ser evaluadas como aprendizajes que muchas veces son los verdaderos aprendizajes clave, esos que sirven para afrontar la vida, para construirse una vida que valga la pena, para participar en la transformación del mundo para que un día lejano, todos puedan tener vida.
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La escuela es todo un mundo donde se goza, se sufre, se piensa, se siente, se crece físicamente, se experimenta lo que es convivir con otros que son por definición distintos a nosotros y a los nuestros, se aprende a compartir y también a competir, a cooperar y muchas veces a luchar sin tregua para destacar, para ser “el mejor”, para recibir “honores” y adquirir esa fama que muchas veces nos permite luego, echarnos a dormir por años obteniendo siempre buenos resultados.
En la escuela los niños y niñas aprenden a conocer la diversidad y pueden también aprender a incluir o a excluir a los diferentes: a los que tienen alguna discapacidad, otra forma de pensar o de vivir, distintas creencias o proceden de familias que no son iguales a la propia.
El espacio escolar es una microsociedad en la que se va desarrollando el hábito de convivir bajo ciertas reglas y a desarrollar habilidades para resolver los inevitables y además muy sanos conflictos interpersonales, intergrupales o intergeneracionales, ya sea a través de la violencia y la ley del más fuerte, de alianzas de poder y violencia o bien del diálogo y la concertación, de la comprensión y la colaboración, incluso de la compasión y el amor por los compañeros, los profesores, los directivos, los otros.
Pero en la institución educativa se aprende también lo que es la injusticia, se padece o se compadece con los compañeros y compañeras, con los profesores o por los profesores, con los directivos o por sus decisiones o imposiciones. En la escuela también se sufre, se siente el dolor de una amistad perdida o de un examen no aprobado o de una llamada de atención por alguna falta cometida. En la escuela se generan también complicidades, a veces para cosas buenas que no están permitidas y a veces también para cosas negativas, aunque no sean sancionadas.
Todo esto que se aprende en el mundo de la escuela, sea gozoso o doloroso, justo o a veces injusto es útil porque sirve para ir experimentando en carne propia lo que es la vida y cómo es vivir en el mundo real, en el que está cruzando la puerta del colegio.
Por ello no resulta un objetivo constructivo el que buscan muchos estudiantes y padres de familia de nuestra época -a la que se ha llamado tal vez exagerada pero ilustrativamente de generaciones de cristal y padres de algodón- que consiste en exigir que la escuela sea una especie de parque de diversiones, un espacio de convivencia y aprendizaje ideales en el que no existan límites, contrariedades ni frustraciones.
Pues aún cuando pudiera lograrse -cosa imposible en la práctica- construir una escuela que sea modelo de perfección en la que todo sea alegría, disfrute y aprendizajes positivos y no exista ninguna situación conflictiva, agresiva o frustrante para los niños y adolescentes que asisten a ella, se trataría de una escuela alejada del mundo, de un mundo fantástico e ideal blindado frente a la realidad desigual, injusta, frustrante, dolorosa y desafiante en la que vivimos y en la que de diversas formas han vivido todas las generaciones de seres humanos que han habitado el planeta.
Porque aunque la escuela es todo un mundo, la escuela no es EL mundo y entre más se acerque al mundo será una mejor escuela. Toda institución educativa debe por ello salir a la realidad y dejar que la realidad entre a sus espacios de aprendizaje que no deberían pretender ser asépticos y estar totalmente “desinfectados” de los males de este planeta en crisis que está tratando de dar a luz una nueva época.
Porque como dice el poema de Rodari: el mundo es la escuela en la que todos los días los niños, adolescentes y jóvenes están abrevando conocimientos de “maestros… abogados, albañiles, periódicos, televisores, carteles callejeros, el sol, los temporales, las estrellas…” y muchas cosas más.
En efecto, en el mundo existen lecciones fáciles y difíciles -por eso en la escuela tenemos que tener de ambos también-, lecciones feas y bonitas y de todo tipo. Vivir en el mundo es aprender de la vida tal como viene: con sus momentos de alegría y de tristeza, de satisfacción y frustración, de éxito y fracaso, de justicia e injusticia, de inclusión y de exclusión, en fin, de todo ese mosaico que constituye la existencia personal, social y planetaria y poder ser felices con todos esos aprendizajes.
En el mundo, además o más que en la escuela aprendemos “a hablar, a jugar, a dormir, a despertarse, a bienquerer e incluso, a enfadarse…” La vida nos presenta continuamente exámenes que tenemos que resolver y en el que no hay reprobados porque por más mal que nos vaya, podemos extraer valiosas lecciones de cada uno de ellos. El mundo de la escuela tiene recreo, días feriados, vacaciones, pausas, pero la escuela del mundo no los tiene, no nos deja parar ni descansar un solo momento.
En el mundo de la escuela podemos terminar de aprender en la secundaria, el bachillerato, la licenciatura o el posgrado, pero en la escuela del mundo no podemos terminar jamás, aunque sea viable a posteriori distinguir etapas, fases, momentos de quiebre o de cambio, se trata de un dinamismo inacabable mientras estemos respirando.
La escuela del mundo debería enseñarnos que el más importante no es el que sabe sino el que no sabe, el que más necesita, el que más carencias tiene, para poder encargarnos de estas personas, para hacernos cargo de que puedan acceder a los mismos niveles de aprendizajes para la vida que nosotros tenemos, para que podamos construir un mundo en el que quepamos todos.
La escuela es todo un mundo, pero no es el mundo. Finalmente, el mundo es la escuela que realmente cuenta y en la que al final de nuestra vida tendremos que presentar el examen final y rendir cuentas, presentar evidencias de lo que aprendimos y de lo que nos faltó aprender. Ojalá nos asumamos todos como alumnos de esta escuela enorme y compartida.