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OPINIÓN

Capitanes de nuestra alma: ¿analistas o activistas?

Investigadores pierden la brújula con discursos partidistas disfrazados de conocimiento científico

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Diciembre 11, 2023

En la noche que me envuelve,/ negra, como un pozo insondable,/ le doy gracias al Dios que fuere/ por mi alma inconquistable./ En las garras de las circunstancias/ no he gemido, ni llorado./ Bajo los golpes del destino,/ mi cabeza ensangrentada jamás se ha postrado.
Más allá de este lugar de ira y llantos,/ acecha la oscuridad con su horror./ Y sin embargo la amenaza de los años me halla,/ y me hallará sin temor./ Ya no importa cuan estrecho haya sido el camino,/ ni cuantos castigos lleve a mi espalda:/ Soy el amo de mi destino,
Soy el capitán de mi alma.
William Ernest Henley, Invictus

Como se ha dicho ya muchas veces en estos tiempos que cuestionan la falsa neutralidad de la ciencia, toda investigación conlleva una carga política. En efecto, no existe ningún proceso de construcción de conocimiento, ya no digamos en las ciencias humanas y sociales sino incluso en las llamadas “ciencias duras”, que no tenga detrás una postura política y un compromiso ético o no ético con cierta visión humanizante o deshumanizante, justa o injusta del mundo.

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Sin embargo, existe una línea muy delgada entre esa postura política que está siempre en el fundamento de lo que los investigadores realizamos y la tendencia o la tentación de dejar de ser generadores de conocimiento y analistas, para convertirnos en manipuladores del conocimiento y activistas de una causa partidista o de un político, partido o grupo de poder.

Como dice William Ernest Henley en el poema que tomo hoy como epígrafe del artículo, la lucha por ser capitanes de nuestra alma y amos de nuestro destino es una guerra permanente en nuestra conciencia como investigadores, que implica una rigurosa y sistemática autocrítica y una continua revisión epistemológica.

Este peligro tiene dos caras igualmente peligrosas: la primera es la que aborda el poema, la del miedo a los golpes que durante nuestra vida y carrera nos va propinando el destino que pueden hacer que se postre nuestra cabeza ensangrentada ante el poder que nos reprime, nos amenaza o nos manda mensajes sutiles para dejar a un lado nuestro pensamiento crítico y nuestra independencia para abordar los temas que nos importan, los problemas que tienen relevancia social, los huecos de conocimiento que piden a gritos ser indagados para conocerlos, para arrojar luz y poder, a partir de los hallazgos investigativos, aportar elementos para quienes diseñan las políticas públicas, los programas educativos o los proyectos y estrategias de intervención para resolver las deficiencias que requieren subsanarse para construir una educación de calidad, con equidad e inclusión.

Gemir y llorar ante las circunstancias de las que muchas veces podemos ser víctimas e históricamente han convertido en víctimas del poder a los grandes investigadores, intelectuales, escritores, poetas, científicos o artistas críticos del sistema son posibilidades reales y muy humanas que tenemos que estar muy atentos para evitar.

Pero está también la segunda cara, la del riesgo de sucumbir ante el canto de las sirenas de una causa política partidista, de la propuesta de un grupo de poder o que aspira al poder, la ambición de figurar y tener un cargo de relevancia, un puesto que nos aporte prestigio, poder, dinero y en el mejor de los casos, posibilidades de influir desde nuestra visión política genuina y bienintencionada en el rumbo del sistema educativo.

En ese segundo escenario, es indispensable también tener claridad intelectual, capacidad autocrítica y la habilidad y honestidad para distinguir nuestra postura política como investigadores, como generadores de conocimiento y reflexión sobre la educación, de las aspiraciones político-partidistas que como personas también es válido tener.

De manera que el problema no está en pretender que ser investigador es ser neutral o ser objetivo -en el sentido erróneo que le dio la modernidad, de suprimir nuestra subjetividad y eliminar nuestra cosmovisión- ni en condenar a quienes siendo investigadores, académicos, intelectuales o artistas se plantean de forma legítima la posibilidad de unirse a una causa o movimiento social o partidista que aspire al poder e incluso de tener intereses personales y deseos de ocupar cargos en un proyecto de poder.

El verdadero conflicto está en que ese canto de sirenas de algún líder, movimiento o partido nos lleve a abandonar esta vigilancia epistemológica y esta perspectiva autocrítica, conduciéndonos a no distinguir en qué momentos y ámbitos estamos actuando como académicos y científicos en el campo pedagógico -en el caso de este espacio ese es nuestro tema, pero puede ocurrir en cualquier otro ámbito- y en qué situaciones podemos y debemos comportarnos como militantes y activistas de un partido o como seguidores de un líder político.

Traigo a colación este tema en el espacio de hoy porque esto ha ocurrido con muchos intelectuales a lo largo de la historia en todos los países y específicamente en el nuestro. Investigadores que pierden la brújula y mezclan su tarea y compromiso con el conocimiento y la búsqueda de afirmaciones verdaderas y sustentadas en lo teórico y empírico con la de la generación de discursos burdamente partidistas disfrazados de conocimiento científico.

Pero el detonador temporal que motiva esta reflexión es mi reciente participación en el XVII Congreso Nacional de Investigación Educativa (CNIE), organizado cada dos años por el Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE) que tuvo como sede la ciudad de Villahermosa, Tabasco la semana pasada.

Dentro del muy nutrido y complejo programa del congreso donde todos los días están llevándose a cabo simultáneamente muchas actividades académicas entre conferencias magistrales, conversaciones académicas, mesas de ponencias, presentaciones de libros, en esta ocasión también la presentación de los estados del conocimiento de la década pasada que pronto verán la luz, estaba anunciada una conferencia cuyo título hablaba de un análisis comparativo de los sistemas y políticas educativas en el mundo actual.

Esta conferencia fue impartida por un muy reconocido y prestigiado investigador experto en el tema, por lo que acudimos varios colegas y yo a escucharlo. Cuál sería nuestra decepción cuando constatamos que la supuesta conferencia apenas abordó de manera colateral e ideológicamente sesgada el tema prometido y se convirtió en una especie de mitin en el que se mencionó con nombres y apellidos a la candidata oficial como futura presidenta, se planteó que ya “estamos trabajando en las propuestas educativas del próximo sexenio” y se hizo una invitación a que del congreso surgiera un manifiesto que prácticamente apoyara la plataforma de dicha candidata.

Ojalá que estas líneas sirvan a quienes se dedican a la investigación educativa para reflexionar sobre la principal característica de un buen investigador educativo -y en cualquier campo- que es la de ser fiel a su compromiso con la búsqueda y difusión del conocimiento, lo cual requiere ser el amo de su destino, ser el capitán de su alma.

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