En un mundo en constante cambio, las sociedades evolucionan y se adaptan a nuevas circunstancias, y a medida que lo hacen, es natural que el sistema de gobierno y las estructuras políticas también lo hagan.
Y es que, así como en las personas existe un ciclo de vida, que empieza desde la concepción, la infancia y que avanza hacia el crecimiento y desarrollo, para posteriormente llegar a la madurez/adultez y culminar con el envejecimiento y muerte; así también estas etapas se manifiestan en las naciones y en los estados subnacionales.
Más artículos del autor
México no ha sido ajeno a esta evolución que ha marcado hitos significativos en la construcción de su identidad como nación, a pesar de las dificultades que se han presentado en el camino.
En la segunda mitad del siglo pasado, esto fue evidente a partir de los movimientos estudiantiles de 1968, en los cuales ni la represión del poder pudo evitar que quedara en evidencia el hartazgo de una sociedad que, a pesar de los embates, se fortaleció expresándose en una mayor participación ciudadana.
Para 1988 el descontento seguía creciendo, en medio de las medidas aprobadas para “reactivar” la economía producto de los daños del terremoto de 1985, por lo que en las elecciones de ese año el viejo régimen no encontró otra manera de “resistir” que ejecutando uno de los fraudes electorales más escandalosos en la historia del país.
A pesar de este revés, en el ambiente seguía latiendo la esperanza del urgente cambio de régimen, el cual tiene su primera gran oportunidad en el año 2000, en el que por primera vez en más de setenta años se logra la alternancia política en el país.
Desafortunadamente, la oportunidad de vivir un renacimiento se vio truncada con un gobierno que simplemente replicó más de lo mismo, lo cual también ocurrió en el 2006 y que incluso llevó a un retroceso político al permitir que para el 2012 regresara el PRI al poder.
Sin embargo, la pauta ya había sido marcada y para el pueblo no hubo vuelta hacia atrás. De manera histórica e irrefutable, en el 2018 se rompe la hegemonía política y se logra la anhelada llegada de un nuevo régimen que impactó no sólo el ámbito político, sino además el social y el económico a nivel nacional.
Esta inercia nacional también se ha visto reflejada en Puebla, en donde de manera paulatina ha quedado de manifiesto la decadencia del viejo régimen que, a pesar de lo arcaico, se ha resistido a desaparecer.
La primera gran oportunidad en el estado de construir una nueva alternativa surgió a raíz de la decadente administración de Mario Marín, ya que fue en ella que se evidenció la crisis del partido hegemónico y de sus viejas prácticas, culminando con la victoria en el año 2010 de una amplia coalición de partidos de derecha y de izquierda que, por primera vez, destronó al PRI en el estado.
En los inicios de ese nuevo gobierno, Rafael Moreno Valle enarboló un proyecto “innovador y transformador” que lamentablemente con el paso del tiempo se fue desdibujando hasta convertirse en una versión renovada del antiguo régimen.
Llegó una segunda oportunidad con la victoria de Miguel Barbosa en 2019, en donde desafortunadamente tampoco se materializó una verdadera transformación. Por el contrario, en ese gobierno no hubo cambios sustanciales en ningún ámbito e incluso se recrudecieron los vicios: creció la corrupción y la represión, lo cual generó un incremento de la violencia y la pobreza.
A pesar de estos intentos fallidos, es claro que en el estado de Puebla el viejo régimen agoniza. De ahí que es urgente e inevitable el nacimiento de un nuevo modelo que encuentre su motor en la esperanza de las y los poblanos de construir un futuro de prosperidad y bienestar. No nos equivoquemos, las decisiones políticas del 2023 y del 2024 determinarán si Puebla puede avanzar hacia un renacimiento o si quedará atada al círculo vicioso en el que todavía se encuentra.
La encrucijada es clara: se puede decir sí al lado correcto de la historia y con ello a la construcción de un nuevo modelo de estado o, por otro lado, continuar con el viejo sistema que relega a la entidad al atraso, a la inseguridad y a la pobreza.
Para lograr este renacimiento el Instituto Mexicano para la Transformación de la Vida Pública y su promotor comunitario, Nacho Mier, así como miles de poblanas y poblanos han planteado la necesaria construcción de un Nuevo Pacto Social por Puebla, que ponga verdaderamente en el centro a las y los ciudadanos. Un proyecto que implique una auténtica transición política, económica y social, que tenga como brújula a la democracia participativa, a un régimen de libertades, a la división de poderes y a un verdadero estado de derecho.
Sé que la decisión que está en puerta dentro del Movimiento de Regeneración Nacional favorecerá a quienes se han situado del lado correcto de la historia, defendiendo un proyecto realmente transformador que será el primer paso para iniciar el anhelado renacimiento de Puebla y situarla en el lugar de privilegio que merece entre los estados del país. No queda más tiempo: la decisión es hoy y el momento es ahora.