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Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Personeidad y personalidad en la educación

Los educadores debemos tratar con respeto a nuestros estudiantes, partiendo de su dignidad humana

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Octubre 23, 2023

…la realidad personal posee dos modos de actualización: la mundanal y la campal, la primera alude directamente a la personeidad, comprendida como la afirmación elemental y radical de la persona como realidad. Mientras que la segunda se refiere directamente a la personalidad concebida como un modo ulterior de actualización, que incluye toda las vicisitudes propias del campo de realidad. De esta manera «La personalidad es un modo de actualidad de mi propia realidad en el campo de las demás realidades y de mi propia realidad»…
Randall Carrera-Umaña. La persona como sujeto de la religación en Xabier Zubiri, p. 223-224.

Un buen número de veces he hablado aquí de la necesidad de cambiar nuestra visión como educadores respecto a quienes tenemos enfrente de nosotros en el aula, a quienes vemos muchas veces bajo la categoría abstracta de estudiantes, olvidando que se trata de personas únicas, con historias propias e irrepetibles, con necesidades y preguntas, contradicciones, luces y sombras que están en proceso de búsqueda de una identidad y un lugar en el mundo que les toca vivir.

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Esta visión, producto de la rutina y el desgaste que son propios de una profesión que es cíclica y a menudo se vuelve mecánica si no le ponemos un sello de novedad y de pasión renovada, nos hace cosificar a los niños y jóvenes, a quienes en el mejor de los casos nombramos por su apellido o en el peor, por un número de lista o de adscripción a la escuela, construyendo con ellos una relación yo-ello, como diría Martin Buber, en la que se vuelven simples instrumentos para ganarnos un salario mientras observemos ciertas normas, horarios y rituales.

De este modo, se bloquea la relación yo-tú, que según el mismo Buber, debe ser propia de una relación de auténtica comunicación y empatía humana, de reconocimiento del otro como un semejante a mí, como una persona con necesidades y aspiraciones como yo, de un misterio que hay que agradecer y acompañar, en lugar de controlar y disciplinar.

De esta manera, muchos profesores violamos cotidianamente el imperativo categórico kantiano que nos pide ver a los demás seres humanos como fines y no como medios y tratarlos como tales, para evitar cosificarlos y ponerlos a mi servicio.

Pero naturalmente podemos hacernos la pregunta: ¿Qué significa tratar a los alumnos como fines y no como medios? ¿Qué implica o en qué consiste verlos como personas y no como roles abstractos y sin rostro?

Buscando elementos para construir un capítulo teórico para un libro al que me hicieron favor de invitar, encontré este valioso artículo del que tomo el epígrafe de hoy, que me dio mucha luz acerca de cómo entender a la persona, de manera que sin conocer suficientemente el pensamiento de Zubiri y apoyado en este texto de Carrera-Umaña que explica con bastante claridad la visión de persona que tiene el filósofo vasco, me atrevo a escribir estas líneas que pueden ayudarnos como educadores a comprender ese misterio complejo que es la persona de cada educando para cambiar nuestras relaciones cotidianas.

En primer lugar, explica el autor desde el pensamiento de Zubiri, la estructura humana lleva a cada persona a poseerse, es decir, a mantener “la sustantividad de sus estructuras”, a religarse en todas sus dimensiones, órganos y sistemas, para mantenerse vivo, como lo hacen todos los demás animales.

Sin embargo, el ser humano, por ser un animal de realidades, por no ser solamente estimúlico sino “instaurarse en la realidad”, tiene una forma distinta de poseerse que tiene que ver con afirmarse como un sujeto distinto a su entorno, como alguien capaz de decir yo y diferenciarse del mundo, lo que equivale a afirmarse como suidad, en términos zubirianos, lo cual significa “el comportarse consigo mismo desde el punto de vista de su realidad”.

Esta suidad humana, esta realidad personal, única en los seres humanos, se desdobla en dos modos de actualización intrínsecamente ligados, inseparables y complementarios que son, una dimensión mundanal y una campal.

La primera dimensión, la mundanal, es la personeidad, que es la afirmación “elemental y radical de la persona como realidad”, añado yo, única, irrepetible y con una dignidad inalienable. La segunda forma de actualización, la campal, es la personalidad, que se entiende como un modo de actualización que se sigue de la personeidad y depende de las circunstancias propias del contexto de realidad en que cada persona tenga que vivir.

De este modo, la personalidad es algo que se construye y es un modo de actualidad de la realidad propia de cada persona en el campo de las demás realidades que le rodean en el campo de las demás realidades en las que se desenvuelve y de su propia realidad concreta en cada etapa de su vida.

Por ello, la personalidad es una “cualificación campal de la personeidad”, es decir, es el modo en que se realiza y se manifiesta la personeidad de cada persona. En este sentido, desde mi pobre comprensión del planteamiento zubiriano explicado por Carreras-Umañana, la personeidad es algo más común a todo ser humano como realidad concreta y radical en el mundo, mientras que la personalidad es más diversa porque implica las distintas formas en que la personeidad de cada sujeto se va delineando y construyendo de manera continua dependiendo de las realidades que le toca enfrentar y de la propia realidad que se va modificando de acuerdo a ellas y a las propias decisiones y formas de enfrentarlas.

Tanto la reforma educativa del 2013 como la de este sexenio -totalmente opuestas entre sí, al menos en el discurso- afirman que se sustentan en el humanismo, pero no definen qué entienden por humanismo, cuáles son las características del humanismo que postulan y cómo vivir ese humanismo en las aulas cotidianamente.

Creo que hay una gran tarea por hacer en términos de teoría antropológica, epistemológica, ética, estética y social en el campo de la pedagogía para definir qué es lo que podría entenderse como un humanismo que, como afirmaba Ortega y Gasset, esté a la altura de nuestros tiempos.

Un elemento orientador básico que podría ayudarnos mientras esas grandes definiciones y teorías se construyen es esta visión de Zubiri el ser humano como suidad que se desdobla en estos dos modos de actualización: la personeidad y la personalidad.

Los educadores tendríamos que partir de que cada uno de nuestros educandos posee esta personeidad que implica una realidad que parte de su autoafirmación como sujeto humano dentro de la realidad y honrar esa personeidad tratando con respeto y reverencia a cada uno de nuestros estudiantes, partiendo de su dignidad humana y respetándola sin restricciones.

Por otro lado, los profesionales de la educación también deberíamos comprender la enorme responsabilidad que implica nuestro papel como facilitadores u obstáculos para el desarrollo de la personalidad de cada educando que tiene un potencial enorme pero que depende de la calidad del ambiente, de los estímulos y de los desafíos y el acompañamiento que vayamos dándoles para desarrollarse y actualizarse hasta orientarse hacia un desarrollo personal, ciudadano y planetario constructivo, justo, pacífico y respetuoso del medio ambiente que abone a la probabilidad emergente de transformar la cultura del descarte y de la muerte en que vivimos, en una cultura de la inclusión y de la vida.

 

 

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