La reunión del G-20, que tuvo lugar en Nueva Delhi el 9 y 10 de septiembre pasados, generó expectativas tanto positivas como negativas sobre el papel de este foro y el futuro del multilateralismo. Sin etiquetar el resultado de la cumbre como exitoso o fallido, lo que resalta es cómo visibiliza la complejidad actual del sistema internacional, así como su reconfiguración cuyo desenlace es incierto.
El G-20 integra a 19 países (México es uno de ellos) más la Unión Europea, que tienen las economías más grandes del mundo. Este grupo nació en 1999 como respuesta a la crisis financiera que estalló en 1997 en Asia, por lo que sus temas principales son la economía mundial y el sistema financiero internacional; sin embargo, con el tiempo su carácter informal ha permitido que se convierta en un foro para abordar los problemas globales más apremiantes, por ejemplo, el cambio climático. Baste decir que el bloque representa el 85% del PIB mundial y el 80% del comercio internacional (Ordoñez, 2023).
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Su desempeño en la crisis financiera de 2008 fue excepcional, de hecho, en esa cumbre la reunión se elevó a nivel de líderes (antes asistían las autoridades financieras de los países). Michael Froman (2023), en un artículo publicado en Fortune, señala que la coordinación entre los mandatarios evitó que una recesión global se convirtiera en una gran depresión. EE. UU., China, Rusia y los demás países movilizaron miles de millones de dólares para gestionar la crisis, acordaron políticas macroeconómicas y establecieron mecanismos para regular la cooperación como el Consejo de Estabilidad Financiera.
La cuestión es que después de su actuación en 2008, el G-20 ha fallado en concretar los acuerdos establecidos no sólo en temas monetarios y financieros, sino en otros asuntos como la guerra de Siria o la pandemia de Covid-19, en la que lejos de coordinar un plan de acción, más bien los países optaron por el unilaterlismo. Por eso, quienes tenían expectativas negativas sobre la reunión, no auguraban grandes resultados, e incluso, algunos todavía cuestionan la relevancia y efectividad del foro. En cambio, los que lo que tenían expectativas positivas veían una oportunidad sobre todo para la India, bajo el liderazgo del primer ministro Narendra Modi, de lograr conciliar las diversas posiciones de sus homólogos y con ello darle aire al multiraleralismo, que ha sido cada vez más relegado en las relaciones internaciones de los últimos años.
Es importante señalar que Modi aprovechó al máximo la presidencia india del G-20 (que rota cada año) para mostrar a su país como una potencia mundial que representa la voz del sur global y que tiene capacidad de ser un puente entre los países en desarrollo y las potencias occidentales, lo que materializó bajo el lema: “una Tierra, una familia, un futuro”. De ahí que en la agenda figuraran cuestiones como el financiamiento climático, la seguridad alimentaria y las reformas de los bancos multilaterales de desarrollo. Además de la posibilidad de convertir en miembro del G20 a la Unión Africana (Chatterjee, 2023).
A pesar de la voluntad de Modi y su gobierno para sacar el mayor provecho de la cumbre, el líder indio enfrentó un panorama complicado para llevar a cabo las negociaciones que, como dije, son un reflejo de lo que se vive hoy en el contexto internacional. Al final, los resultados de este foro dependen de la voluntad política de los líderes y con las tensiones geopolíticas que enfrentan entre sí a los países del G-20, la tarea de alcanzar una declaración conjunta no era sencilla.
El asunto que provocó mayor división entre los miembros del G-20 es la invasión rusa a Ucrania: Francia, por ejemplo, anunció públicamente antes del encuentro que no firmaría ninguna declaración que no condenara la invasión de la misma manera que lo hizo la declaración de Bali de 2022, lo que no pasó. Vladimir Putin, el principal responsable de la guerra rusa-ucraniana, no participó y en su lugar asistió el ministro de Asuntos Exteriores, Serguéi Lavrov. Otro actor primordial que tampoco participó fue el presidente chino, Xi Jinping (es la primera vez que no asiste a una reunión del G-20), quien fue remplazado por el primer ministro Li Qiang (Chatterjee, 2023). Es muy posible que la ausencia de Xi se deba a las disputas fronterizas que hay entre China e India, así como a las tensiones políticas y comerciales que mantiene la RPCH con EE. UU.
También Modi estuvo en una situación complicada, pues tuvo que encontrar el equilibrio entre sus alianzas con Occidente y la relación bilateral con Rusia ya que como explica Manjari Chatterjee (2023), en un artículo publicado en Council on Foreign Relations, India le sigue comprando petróleo y carbón a Rusia y, además, depende del armamento de ese país. A todo esto, hay que sumarle el factor chino, ya que para la India el acercamiento entre Rusia y China es muy peligroso.
La informalidad del G-20 permite que los líderes tengan conversaciones bilaterales, así como otro tipo de reuniones no oficiales que incentivan la negociación de temas que en otros espacios más institucionales serían muy complicadas. Esto lo hace un mecanismo importante y por eso los mandatarios no deben desaprovecharlo. No obstante, cuando los líderes de dos países que están desafiando el poderío occidental (en particular el estadounidense) no asisten, es poco probable que se tomen acuerdos trascendentes. Por ejemplo, la reanudación de la exportación de granos ucranianos a través del mar Negro (Putin abandonó el acuerdo que lo permitía en julio) que es uno que preocupa a todos los miembros por las implicaciones que conlleva, no puede negociarse sin la participación directa del presidente ruso.
Si bien hay que reconocer, como lo señala Ordoñez (2023) en su artículo para Foreign Affairs Latinoamérica, que la India logró consenso sobre cuestiones destacables respecto a Ucrania, la transición climática, así como la inserción de la Unión Africana como miembro permanente, que se expresaron en una declaración conformada por 83 puntos, la realidad es que los intereses individuales siguen estando por encima de los colectivos. Todo indica que, mientras sigan los intentos por modificar el orden internacional por parte de países como Rusia y China y al mismo tiempo la lucha de las potencias occidentales por mantenerlo, llegar a acuerdos sólidos y efectivos será cada vez más complicado, lo que implica el fortalecimiento del unilateralismo.