tierra, ya que aunado a la enfermedad, zozobra y cambio de “normalidad”, se llevó muchas cosas como la salud y la vida de mucha gente a nuestro alrededor. Sin embargo, en las grandes dificultades también surgen grandes oportunidades, como fue el poder conocer a personas que de un plano profesional trascendieron hasta convertirse en grandes amigos e incluso hermanos del alma.
Uno de ellos fue el Dr. Alfredo Victoria, a quien conocí precisamente en esos días tan complicados por ser un reconocido epidemiólogo y sobre todo un referente en la lucha contra el COVID-19 en Puebla, no por nada le otorgamos el mote de “doctor Covid”.
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Recuerdo que por esas fechas empecé a realizar unos “lives” a través de mis diferentes redes sociales con la intención de combatir la infodemia que complicaba aún más la pandemia y para poder llevar información confiable a todas las personas que me siguen. Fue así que coincidimos, Alfredo amablemente accedió a participar en mi transmisión y desde ahí fue creciendo nuestra amistad al lado de otros amigos, no sólo por los temas médicos y científicos, sino porque además coincidíamos en la forma de entender la política, el bienestar e incluso la vida.
Precisamente, en el capítulo 4 de mi podcast BienEstar, un proyecto que inicié hace algunos meses enfocado al bienestar integral, nuevamente tuve la oportunidad de entrevistarlo y hablar de su concepción de la vida, la cual era vivir cada día como si fuera el último: el “memento mori”, una palabra en latín que, literalmente, tenía tatuada.
La mañana del lunes que me enteré de su partida, me quedó claro que nuestro encuentro en este plano terrenal no fue una casualidad, por el contrario, como él un día me dijo, me permitió conectar los puntos hacia atrás y visualizar el gran legado que dejó en todos aquellos que tuvimos la suerte de ser sus pacientes, así como sus amigos.
Alfredo era un guerrero, un luchador natural que desde el día uno encontró su vocación en la salud pública y la epidemiología, pero también la vida lo llevó a fortalecer su espíritu afrontándolo a grandes batallas como la que libró a los 28 años cuando experimentó en carne propia una grave enfermedad.
Él mismo me lo dijo: “nada es casualidad”, ya que cada batalla fortaleció su interior y le permitió poder agradecer cada momento vivido, malo o bueno, él tomaba lo positivo, lo transformaba para salir adelante y tomar motivación. No se arrepentía de nada, porque podía ver que cada una de estas vivencias lo había hecho lo que era, lo había llevado a tomar el toro por los cuernos y a ser “responsable” de su propia vida.
Siempre vi en él a un alma vieja, allanada por la experiencia y el aprendizaje, en un cuerpo joven y fuerte. A sus 42 años había trabajado diligentemente en su fortaleza mental, espiritual, física y emocional. Por ello no tenía miedo de vivir en el hoy, de aprovechar para cultivarse, crecer, de ser visionario y sobre todo de dar todo por los demás.
Esa capacidad de servicio y entrega fue la que lo llevó a combatir mano a mano al Covid, a atender en los peores momentos de la pandemia a miles de pacientes y a luchar con las mejores herramientas y conocimientos que tenía a su alcance para salvar sus vidas. Desafortunadamente este mismo compromiso fue el que lo llevó a estar contagiado en seis ocasiones del virus y, sobre todo, a sufrir los estragos de la enfermedad, con el llamado “long covid”.
La mayor afectación la sufrió su corazón e incluso este año lo inició en terapia intensiva. Fueron esas mismas complicaciones las que de manera fulminante terminaron con su vida la madrugada del lunes.
Esta inesperada partida es muy dolorosa, pero fiel a la esencia de Alfredo nos deja una gran lección. Su muerte nos recuerda la brevedad y fragilidad de la vida, nos invita a vivir con plenitud y autenticidad. Nos lleva a apreciar cada momento, a valorar lo efímero y a trascender el miedo. Nos impulsa a buscar un propósito más profundo y a dejar un legado significativo.
Nos lleva a recordar siempre que la vida es un regalo precioso y que en cualquier momento podemos morir, por ello debemos aprovechar cada día para vivir con pasión, amor y gratitud, sabiendo que nuestro tiempo aquí es limitado y valioso.
Descansa en paz mi querido Alfredo, has dejado un gran hueco en el que rebosa tu gran legado.