Pocas veces dos elecciones de gobernador han atraído tanta atención como las del Estado de México y Coahuila de este año. Pero hay que acotar: esa atención de políticos y observadores no correspondió al interés de los electores: en los dos estados la participación disminuyó respecto a la elección anterior (2017). En el Estado de México cayó de 53.7% a 50.1% y en Coahuila de 60.5 a 56.4%.
Este contraste entre el interés de políticos y observadores y el de los ciudadanos parece indicar una separación entre la clase política y la sociedad. A pesar de que era mucho lo que estaba en juego en esta elección, tanto para el partido en el poder y sus aliados como para sus opositores, no lograron movilizar un mayor porcentaje de votantes que los que participaron seis años antes.
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La marca Morena sigue vendiendo bien, pero no es suficiente. En Coahuila no alcanzó ni para ganar uno de los 16 distritos de la entidad. Se concluye, con cierta razón, que la ausencia de una coalición con el PT y el PVEM lo que explica la derrota. Si es así, la conclusión es que Morena sola no garantiza el triunfo.
Hay otras variables que explican el resultado coahuilense: un buen candidato y un buen gobierno previo. Y un candidato de Morena que no convenció. Por otro lado, el buen gobierno no se dio en el Estado de México. El priismo mexiquense tenía poco que presentar como resultados gubernamentales.
Se dice que el gobernador, Alfredo del Mazo entregó la plaza. No parece que a cambio de una embajada, como ha sido el caso de otras derrotas priistas. Ya queda poco tiempo de este sexenio y una oferta así ha perdido atractivo. La hipótesis de la extorsión suena más plausible.
Hay datos de corrupción, publicados la semana previa a la elección, que señalan al gobierno de del Mazo. Muy probablemente hay otros datos que no conocemos, que pondrían en riesgo al gobernador priista. A partir de ellos el gobierno federal pudo haber negociado “la entrega de la plaza”, o al menos la pasividad suficiente para garantizar el triunfo de Morena.
Pero el gobernador mexiquense no es el único que ha sido visto como pasivo. Los dirigentes de los tres partidos opositores, PRI, PAN y PRD, han estado ausentes de los muchos y polémicos temas del actual gobierno federal.
El sospechosismo nos obliga a preguntar: ¿están también extorsionados? ¿Algo les sabe el gobierno federal, y de ahí su pasividad, no en esta elección, sino a lo largo del sexenio?