Lunes, 18 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Popocatépetl y burocracia, una fábula sobre la SEP

En una tierra cargada de historia, un volcán convivía con los habitantes y con su sistema educativo

Juan Martín López Calva

Doctor en Educación UAT. Tuvo estancias postdoctorales en Lonergan Institute de Boston College. Miembro de SNI, Consejo de Investigación Educativa, Red de Investigadores en Educación y Valores, y ALFE. Profesor-investigador de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (UPAEP).

Lunes, Mayo 29, 2023

La ley levanta
Frente al oficial cacumen
La sacrosanta
Letra que todos consumen.
No se interprete la Letra.
Su cuerpo mismo es sagrado.
Si una mente la penetra,
Se nos desploma el Estado.
Requisitos y papeles
Eso es lo bueno,
Con sus colas de peleles,
Pies en el cieno.
Cuando un jefe toca un timbre,
Algo nuevo se enmaraña.
Nadie rehúya la urdimbre
De nuestra araña si maña.
Vale candor
Si alguna vez estremece
-¡Señor, Señor!
-Que pase el número trece.

Jorge Guillén. Coro de burocracia

Había una vez -así debe empezar toda buena fábula- en una tierra añeja y cargada de historia, un volcán que convivía con los habitantes de una región rica en tradiciones e historia, mosaico de culturas, producto del sincretismo de costumbres y cosmovisiones. Un volcán que tenía su propio mito y su pareja, porque había sido un príncipe enamorado que se convirtió en mezcla de rocas y nieve, pero nunca perdió el fuego interno por su amada, un fuego que durmió por décadas, pero de pronto resurgió con una fuerza renovada, como en esas historias en las que los amantes están condenados a consumirse por dentro porque su unión es impedida por la muerte.

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Tan cercano era el volcán para su gente, que tenía chamanes que eran capaces de predecir su comportamiento, sus tiemperos que se especializaban en el clima con el que amanecía y anochecía en diferentes épocas del año, en distintos años del calendario. Sus tiemperos tenían el don de influir sobre su carácter y apaciguar su furia cuando despertaba de pronto desesperado o agresivo, explotando de amor y sacando los fluidos de su pasión contenida por siglos. Ellos le hablaban con cercanía y respeto, le habían puesto incluso un nombre para incluirlo en su mundo, un nombre familiar Gregorio o Goyo, pero precedido del Don que le rendía la pleitesía que su estirpe y su origen merecían.

Hubo en esa región tiempos tranquilos. Días, meses y años en los que las comunidades velaban su sueño y admiraban su imponente figura, custodiando siempre a esa mujer dormida a su lado e incluso se atrevían a escalar por sus laderas, a asomarse a su cráter o simplemente gozaban con su imponente belleza en tiempos nevados y épocas de sequía, mirándolo desde distintos ángulos, estudiando su dinámica desde la ciencia y los mitos que configuraban las creencias y la vida de quienes con él cohabitaban.

Pero hubo también momentos, días y años en que de pronto despertaba, explotando continuamente y lanzaba fuego, rocas incandescentes, vapor de agua y cenizas que generaban paisajes similares a los de una nevada, una nevada gris que se metía por los ojos, la nariz y la garganta y ponía en riesgo la salud y la seguridad de todos los que vivían en su entorno, en distinta medida según las distancias, con diferentes efectos de acuerdo a zonas que se fueron marcando por los científicos del lugar.

Fue en una de esas temporadas de furiosos despertares de Don Goyo, quizá la más intensa que se recordaba en muchas décadas, que las autoridades educativas decidieron cerrar las escuelas y volver al aprendizaje en línea o a distancia que ya se conocía por una pandemia causada no por un gran coloso, sino por un pequeño virus que mató a millones de personas no sólo en esa región sino en el mundo entero.

La decisión se tomó con buenas intenciones. Pensando en preservar la salud de los niños, adolescentes y jóvenes que vivían en torno al volcán. Pero desde “la sacrosanta letra que todos consumen”, ésa que no se interpreta porque “su cuerpo mismo es sagrado” y “si una mente la penetra” tratando de pensarla y aplicarla con buen juicio, puede hacer que “se nos desplome el Estado”.

De modo que, como la legendaria tortuga de Libertad, la pequeñísima amiga de Mafalda que se alimentaba con su lechuguita, se activó todo el sistema educativo para reaccionar ante la emergencia. Pero, ¿qué creen? Que esta maquinaria no se puso en marcha para pensar sobre la forma en que se daría la dinámica de las escuelas nuevamente cerradas frente a papás y mamás que tenían que seguir saliendo a trabajar, mucho menos se pensó en formas creativas de planear los aprendizajes durante los días -que afortunadamente fueron pocos en principio, pero podrían repetirse y ser más- sino en “requisitos y papeles”.

Porque así como la burocracia, la tortuga se alimenta de lechuguita, burocracia, la del sistema educativo se alimenta de papeles y requisitos que hoy llaman de forma muy moderna y elegante, evidencias.

De manera que desde la punta de la pirámide fueron bajando a través de los jefes de sector y los supervisores el conjunto de requisitos y evidencias que necesitaban cumplir las escuelas para justificar que estaban obedeciendo la sacrosanta palabra de la autoridad. Cada una más absurda que la siguiente, empezando por dar la orden de que mientras no hubiera estudiantes se hiciera una limpieza completa de las instalaciones, pero decretando al mismo tiempo que nadie podía asistir a la escuela, ni siquiera el personal de intendencia. Sí, el que se dedica a la limpieza completa de las instalaciones.

Como la burocracia se moderniza en sus medios, aunque no en su fondo, circularon en domingo los mensajes de WhatsApp anunciando la suspensión de clases presenciales y sobre todo, los requisitos y papeles, las evidencias a entregar: capturas de pantalla de los mensajes “de ida y vuelta” en los que los directores informaban a sus profesores, padres de familia y estudiantes del retorno al trabajo a distancia y también de cada una de las respuestas que demostraran que todos ellos se habían enterado de esta sabia medida.

Después de esas evidencias iniciales, la maquinaria del sistema siguió activada y se le ocurrió que era buena idea solicitar un reporte ilustrado con fotografías de las escuelas antes -con todo lleno de ceniza-, durante y después de la limpieza profunda.

¿El aprendizaje durante esta semana perdida? Eso es algo que va más allá de requisitos y papeles, muy lejos del toque del timbre de los jefes, de la urdimbre de nuestra araña si maña, de la enmarañada red de la tramitología y por tanto, ajena a eso que paradójicamente se llama sistema educativo.

 

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