En el artículo El Yo y el Ello de Freud encontramos esta extraña frase: “el hombre normal no sólo es mucho más inmoral del que cree, sino mucho más moral de lo que sabe”. ¿Qué quiere decir eso? Que son incorrectas todas las lamentaciones según las cuales en nuestra época estamos dominados por un brutal pensamiento calculador, que habitamos un mundo sin moral, pragmático, escaso de valores. Por el contrario, somos más morales que nunca, incluso moralistas. Lo que se hace pasar por razones frías, incluso las reglas indiferentes del mercado, no pueden disimular su profunda dimensión moral.
Solemos distinguir entre la política por principios y la política por resultados. Los primeros suelen verse como “ideologizados”, mientras que los segundos pasan por “pragmáticos”. Los “populistas”, por ejemplo, actuarían de acuerdo con principios, es decir, de acuerdo con “ideologías”. Mientras tanto, el tecnócrata sería el verdadero científico, pendiente de los resultados gracias a mecanismos de evaluación. Este último sería no-ideólogo. Pero no es posible ser neutral respecto a la sociedad. Ella es, especialmente para los científicos, un campo de disputa. Pero hay que matizar esta afirmación. La disputa absoluta en el campo social haría imposible una vida social. Un acuerdo completo, sin embargo, la haría innecesaria. La vida en común se coloca en la membrana entre acuerdo y desacuerdo. Quien insiste en el antagonismo se eterniza en su posición y pierde lo social al reducirlo a mera oposición, mientras se condena a la unilateralidad. Por otro lado, quien se pretende neutral y dice estar por encima de toda ideología, en realidad solapa el conflicto y su propia posición en el campo social.
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Somos, entonces, mucho inmorales de lo que creemos y mucho más morales de lo que sabemos. ¿Qué significa, entonces, esto? Que nuestra altura ética es más que dudosa, incluso para nuestros propios estándares. El “militante a muerte” cede a la unilateralidad y con ello suprime todo derecho de impugnación, haciendo fácil acreditar los excesos propios como medios necesarios. Lo llamamos violencia excepcional. Igualmente, quien afirma estar más allá de toda ideología, naturaliza sus actos y los hace pasar por una normalidad que no requiere justificación. La llamamos violencia estructural. Así pues, quien antagoniza comprende su posición política, pero pierde lo político, porque su fin es el mismo que el de su adversario, a saber, suprimir la diferencia. Éste, el adversario, pisotea lo político con su apariencia científica, anticipando en la teoría un antagonismo social vigente. Proceder políticamente significaría, en cambio, hacer surgir una diferencia donde aparentemente no la hay, al mismo tiempo que transformar una diferencia que se habría erigido en absoluta. Es decir, hacer visible el “espacio de posibilidades” con el que un campo político opera: sus regiones, sus actores, las relaciones admitidas, etc., al mismo tiempo que modificar los ya existentes.
Somos mucho menos morales de lo que creemos porque, atrapados en la convicción subjetiva de nuestra verdad, consideramos los argumentos ajenos como estrictamente ideológicos. En verdad, el antagonista considera que su adversario es un ideólogo. Y lo es. Pero en otro sentido. Y el cientificista orientado supuestamente a resultados también mira en su oponente una crasa consumación de ideología. Con todo, el primero es capaz de advertir su propia posición ideológica en cuanto afirma que la solución a toda oposición no puede provenir de posiciones políticas, sino de la práctica. El orden social no puede darse por constituido. Por la misma razón, ofrecer argumentos no puede consistir en apelar a un marco normativo ya disponible y completo. Pero confiar en que un acto político ser capaz de producir por completo su marco de justificación lo coloca de facto en el irracionalismo en cuanto se corta de toda cadena o secuencia de razones.
El enigma de la razón o, mejor, de lo razonable, consiste en sobrepasar un marco de razones existente, sin por ello desecharlo. La impugnación a un marco de razones existente debe, al menos, hacer visibles relaciones internas y supuestos de dicho marco, de los cuales éste no era consciente o que operaban como un punto ciego. Mucho se avanza en mostrar las suposiciones y puntos ciegos del adversario. Una filosofía del acontecimiento, en la cual un sujeto deja de obedecer un marco de razones común, para vivir en uno accesible únicamente a él, opera igual que la filosofía excepcionalista, donde el soberano se coloca por encima de la ley para producirla desde su exterioridad.
Es un lamentable prejuicio suponer que el espacio de razones y posibilidades de una época conduzca a caminos preestablecidos. No existe nunca un sistema claro y distinto, definitivo, de razonamiento. Para ser más claros, toda organización social efectiva consiste en diferentes sistemas y subsistemas entrelazados de manera no trivial que dan un marco de juego no cerrado. Pensemos solamente en el universo finito de palabras y reglas sintácticas de una lengua y el universo infinito que podemos crear con ello. Si nuestra época está atrapada en cierto inmovilismo o sometido a una espantosa inercia en materia política ello se debe más bien a cuestiones del deseo, que un asunto del “saber”.
Cuestiones del deseo. A ello alude la segunda parte de la frase de Freud con la que comenzamos este texto: “…y más morales de lo que creemos”. Masivamente se dice en nuestra época que hemos perdido la moral, que nos hacen falta valores, que estamos entregados a una racionalidad pragmática y a un dominio tecnocientífico de la naturaleza y a un inédito control social. La matemática sería el medio para la completa racionalización del mundo, y la técnica, su instanciación efectiva en el mundo. Operaríamos bajo el imperativo de la eficiencia, el control y la maximización con ayuda de modelos matemáticos y grandes computadoras que nos ayudarían con el cálculo. Al mismo tiempo, seríamos pragmáticos y, ante todo agentes de una cosificación generalizada del prójimo.
Pero veamos. Del universo matemático contemporáneo aquello que tomamos y que convertimos en herramienta tecnológica, es una fracción muy pequeña. Y lo que nos impulsa en el mercado no es el espíritu de dominio de la naturaleza, sino de los otros. El cambio climático no se ignora porque falten recursos, inteligencia o ideas, sino porque es un asunto de mercado y competencia. Es más urgente explotar el último yacimiento de petróleo para no perder en la contienda económica, que asegurar la sobrevivencia. La competencia es un asunto del deseo, un asunto de la moralidad, es decir de la relación entre hermanos(as), del resentimiento que los mueve, del deseo de venganza o la envidia. Es por ello que no es verdad que cosificamos al otro. Una piedra no puede ser humillada. Nos complace más escuchar un grito que nos pide piedad que servirnos de la mecánica obediencia de un trabajador. La piedra la usamos, al otro, lo sometemos, lo cual no indica una falta de reconocimiento, sino un reconocimiento retorcido.
Cuando nos damos a pensar el mal nos confrontamos con una paradoja. Si lo consideramos como un problema de razones, de causas y consecuencias, entonces le quitamos su especificidad y lo integramos al juego de justificaciones y contrajustificaciones sociales e históricas. Es decir: le negamos existencia. Por otro lado, si lo colocamos del lado de la excepcionalidad absoluta, entonces le otorgamos el triunfo final al considerarlo impensable. La frase de Freud, sin embargo, permite apreciar mejor esta paradoja. Somos más inmorales de lo que creemos, es decir, caemos por debajo incluso de la más pobre justificación. Pero no porque nos hayamos entregado a un pragmatismo “maquinal” y calculador. Antes que a un criterio de eficiencia, seguimos la fuerza del deseo de poder; antes que calcular, preferimos arriesgarlo todo por una capacidad soñada de dominio.