No tengas nada en las manos
Ni una memoria en el alma,
Que -cuando un día tus manos
Pongan el óbolo último,
Cuando las manos te abran-,
Nada se te caiga de ellas.
¿Qué trono te quieren dar
Que Átropos no te lo quite?
¿Qué laurel que no se mustie
En los arbitrios de Minos?
¿Qué horas que no te conviertan
En la estatua de sombra?
¿Que serás cuando, de noche,
estés al fin del camino?
Más artículos del autor
Coge las flores, mas déjalas luego
Caer, apenas miradas.
Al sol siéntate. Y abdica
Para ser el rey de ti mismo.
Fernando Pessoa. No tengas nada en las manos.
Por recomendación de una querida amiga y colega, gran investigadora educativa y excelente persona, fui invitado recientemente a grabar una cápsula para una serie que en su momento comentaré aquí con mis cinco lectores. El tema no dejó de sorprenderme gratamente, pues se trató de responder a la pregunta: ¿Cómo trabaja la humildad en el proceso de enseñanza-aprendizaje?
Tratar este tema es algo raro en un contexto sociocultural como el que nos ha tocado vivir, en el que se nos trata de vender por todos los medios -desde la publicidad hasta los libros llamados de autoayuda- que la vida consiste en destacar, en creernos nuestros sueños y llevarlos a la realidad al cien por ciento sin importar los medios.
En efecto, vivimos en la cultura del éxito entendido como acumulación de dinero, de fama, de admiración por parte de los demás hacia nuestros logros, de engrandecimiento de cualquier paso que logramos dar en la vida, de difusión de todo lo que hacemos, comemos, vestimos y visitamos; un tiempo de auto engrandecimiento en el que la máxima orientadora de la vida podría ser, parafraseando -y distorsionando a Descartes- “Brillo, luego existo”.
Esta necesidad de constuirnos y mostrarnos ante los demás en una imagen engrandecida, glamurosa y sin grietas ni problemas, sin ninguna debilidad que nos deje ver algún grado de vulnerabilidad, tiene mucho que ver con el sistema económico de competencia feroz que domina el mundo actual a pesar de haber mostrado su fracaso global, en el que el mensaje oculto es que el que se muestra frágil o humano es presa del fracaso y no llega a lo que se considera hoy que es triunfar en la vida.
Por ello es extraño que alguien plantee como importante el desarrollo de esta virtud de la humildad en el contexto de una educación universitaria mayoritariamente mercadizada y orientada a la rentabilidad como dice la filósofa estadounidense Martha C. Nussbaum.
Pero también por ello es tan relevante educar a los futuros profesionistas y ciudadanos en este rasgo esencial para poder vivir una vida realmente humana y aspirar a la construcción de un proyecto de felicidad personal, social y planetario que tenga al mismo tiempo la mirada en el cielo, en el horizonte que nos abre puertas continuas de asombro y crecimiento, pero los pies bien asentados en la tierra firme de una realidad objetiva que no sea este juego de espejos y luces de colores que nos pone como señuelo la llamada civilización del espectáculo, como la ha denominado el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa en un ensayo.
¿Cómo lograr una educación en la humildad, un desarrollo de esta virtud esencial en toda ética profesional?
En primer lugar, considero que resignificando el término que esta sociedad competitiva y superficial ha ido vaciando de su sentido y equiparando con autodenigración, humillación, rebajamiento ante los demás, negación de uno mismo. Esta resignificación tiene mucho que ver con la frase de Santa Teresa de Ávila que decía que “la humildad es andar en verdad”.
Ciertamente la humildad es andar en verdad, es decir, reconocer nuestra propia posición en el mundo con objetividad, mirando tanto nuestros talentos, saberes, logros y aportaciones a la sociedad como nuestras limitaciones, nuestros errores, nuestras derrotas y nuestra complicidad por acción u omisión con la crisis estructural de humanidad que se vive en nuestros tiempos de decadencia del sistema mundo.
En el campo del conocimiento este desarrollo de la humildad pasa desde mi punto de vista por otras dos frases de dos grandes personajes de la historia. Por una parte, el “Yo sólo sé que no sé nada” atribuido a Sócrates y por la otra, la que se dice que Newton escribió al reconocer que sus grandes descubrimientos se debían a que antes de él, otros grandes científicos habían aportado las bases indispensables para lograrlos: “Si he visto más, es poniéndome en hombros de gigantes”.
La máxima socrática es un principio de verdadera humildad que nace de la sabiduría. La sabiduría de alguien que ha desarrollado muchos conocimientos y respondido a muchas preguntas y cae en la cuenta de que entre más se sabe, más se amplía el campo de consciencia de todo lo que se ignora, de que -dicho en términos lonerganeanos- entre más crece el mundo de lo que sabemos que sabemos, más amplio se nos presenta el mundo de lo que sabemos que ignoramos, porque cada nuevo conocimiento nos genera más interrogantes.
La frase de Newton tiene que ver con el hecho de que como decía Antonio Machado a través de Juan de Mairena -ya lo he citado seguramente en este espacio alguna otra ocasión- “todo lo que sabemos, lo sabemos entre todos” y diría yo ampliando esta sentencia, de que todo lo que somos como humanidad, lo somos entre todos.
De manera que hay que reconstruir el verdadero significado de la palabra humildad y formar personas que sepan andar en verdad, que no se dejen envolver por el canto de las sirenas de la soberbia ante algunos logros o aportaciones profesionales, personales o ciudadanas.
Personas que sean conscientes de que como dice Pessoa en su poema, ningún trono es eterno, todos los laureles se secan y finalmente, todo lo que hayamos pretendido acumular o presumir se esfumará cuando estemos al fin del camino.
Educar en humildad es en esencia, formar personas que cojan las flores y las dejen caer luego de apenas mirarlas, sentarse al sol y abdicar de las glorias personales vanas para poder llegar a ser reyes -o reinas- de sí mismas.