Opinión

Deseo y budismo

Viernes, Enero 13, 2023
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El budismo es la religión de la muerte del deseo; desistimiento del centro del espíritu occidental
Es doctor en filosofía por la Universidad Libre de Berlín, Alemania. Actualmente es profesor-investigador de tiempo completo en la Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP.
Deseo y budismo

La primera y más profunda de las adicciones es la que desarrollamos respecto al pensamiento, a nuestro propio pensamiento. También, los logros y las derrotas en las obras intelectuales se miden, en buena medida, por la relación del pensamiento consigo mismo, su poder de gobernarse. Como sea, el pensamiento es el sistema que más recompensas nos provee. Si el azúcar o la sal o la marihuana proporcionan alguna gratificación, el pensamiento es la gratificación misma en cuanto produce no un objeto sino un mundo de posibles satisfacciones, todas ellas dirigidas a un centro inamovible, que somos nosotros mismos y que nos asegura la posición de agentes privilegiados. Somos, en el nivel inmediato, el centro del mundo, el cual aparece como nuestro entorno.

Cuando Freud dice que el inconsciente es el sistema de pensamiento encaminado al cumplimiento de deseos, anclado en la figura de un yo, podemos identificar elementos del pensamiento hindú y budista. El yo como velo de maya (una ilusión) que se convierte en una “abstracción real” que gobierna nuestra vida y que la domina, que disfruta malsanamente del mundo, aunque al final nos deja en una constante insatisfacción y malestar, etc., son temas comunes. Habría que distinguir, desde luego, entre las múltiples escuelas clásicas del pensamiento hindú (vedanta, yoga, los materialismos, los vitalismos, los escepticismos, etc.) y el budismo (Mahayana e Hinayana, la peculiaridad del budismo tibetano y zen, etc.).  

Pero psicoanálisis y budismo, pese a la aparente similitud, terminan fatalmente enfrentados. Al menos si consideramos la recepción occidental de este último. El budismo es la religión de la muerte del deseo. Es el desistimiento más grave respecto a lo que constituye el centro del espíritu occidental. Seguro que “vencer el deseo” es una representación grosera y hasta adulterada de las diversas escuelas hindúes y budistas, pero constituye el núcleo de su poder de seducción en occidente. El “nirvana” se torna la imagen que captura, a ojos del occidental, el paraíso budista. Ojos cerrados. Calma. Renuncia. Indiferencia respecto al mundo. El budista comete los peores pecados: renuncia a su deseo, da la espalda al mundo, destruye la subjetividad en un “sentimiento océanico” de fusión con el mundo. Que esta situación constituye el infierno de occidente, antes de identificarlo con el budismo, basta regresar a la Fábula de las Abejas de Mandeville. En ella nos advierte: el espectacular mundo occidental del siglo XVIII es movido esencialmente por pecados capitales. Hirschman advertía que el capitalismo fue posible por una conversión del concepto de pasión en el concepto de interés. Mandeville habla todavía en el lenguaje del escándalo moral, pero saca la misma consecuencia. La sociedad es la máquina que transforma la descomposición moral en triunfo social. La fábula nos presenta una colmena habitada por abejas corruptas y ambiciosas, dispuestas a apuñalarse por la espalda. Pero en ese mundo florecen “las artes y la industria”. Dichas abejas, avergonzadas de sí mismas, deciden un buen día reformarse. Se vuelven santas. Pero sin crimen no hacen falta policías; sin corrupción, sobran los jueces; sin engaño de los médicos, sobran los boticarios y sin pecado no hacen falta curas. Todo se realiza según medida. Pero al suprimir el exceso moral, se suprimen también la productividad social, la creatividad: el excedente. Dichas abejas, puras y santas hunden entonces en el “sol negro del aburrimiento y la melancolía” (Pierre Bruno).

En el siglo XIX el orientalismo permitió la traducción de textos fundamentales de la India, como Los Vedas y el Baghavad Gita o el Dhamapada, por citar algunos hitos. A partir de ahí la penetración fue imparable. En la cultura popular como en el arte y la academia, se multiplicaron las influencias. Se traducían textos. Se realizaban viajes espirituales y antropológicos. Se aprendían el sánscrito, el tibetano, el chino y el japonés, etc. Pero este es el siglo donde se formula el discurso del nihilismo europeo. Atribuible a Jacobi, este toma su aspecto más dramático en Nietzsche y se extiende durante todo el siglo XX. Ha llegado el momento del ocaso. Muerte de Dios. Del hombre. Evaporación del mundo, vuelto fábula. Ahí entonces, en ese momento de “enfermedad moral” de occidente, es que cachamos el virus oportunista del budismo-hinduísmo-orientalismo-newageismo.

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Todo es lo mismo: primero, una huida frente a la verdad del nihilismo, a saber, que el mundo está privado de dioses, que el ser humano es una invención caduca que será rebasada por el superhombre (y, en nuestros días, por la máquina, el cyborg y todo lo que alegre o trágicamente pregonan los posthumanistas), el mundo carece de sustancialidad, etc. Pero, mientras que nosotros, occidentales, encontramos en ello el motivo para convocar al surgimiento de un héroe existencial, que convierta la pregunta por la verdad del mundo en una pregunta por la autenticidad de la existencia, en la cual enfrentaríamos la falta de sentido como buen estoico, el budhinduísta encontraría ahí una antigua sabiduría de reconciliación con el cosmos, una pacificación espiritual inédita. Cosa terrible para personajes muy disímiles. Para el aristócrata, el budismo descafeína la tragedia de la existencia. Para el militante, el budismo produce indiferencia respecto al sufrimiento ajeno. Para el médico del alma, el budista le quita toda su relevancia al inconsciente, porque no tiene interés en jugar con él.

Pero la “paradoja” del nihilista, que decide tomar su tragedia como el más sublime objeto de su goce, es que, si desprecia al yo por constituir un autoengaño, convoca ahora un personaje que se engañe sabiendo que se engaña, que goce como nunca su falta de sentido, que se ate a la popa de un navío ya destinado al hundimiento y que mire de frente el sol oscuro que le carcome la piel. Paradójico, porque el sujeto es solamente sujeto por engañarse y, ahora que ya no puede hacerlo más, decide invertir todas sus fuerzas en el último gran engaño de sí mismo, ahora como héroe trágico.

Se vive entonces como el espectro que ha sobrevivido su propia muerte. El deseo funciona así, como truco de magia: disimulando su procedimiento. ¿Cómo podríamos realmente engañarnos? Hay que conocerse para hacerlo y si nos conocemos, ¿cómo es que nos desconocemos al mismo tiempo? Por una división, un desdoblamiento. Es verdad, esa división persiste aun y cuando se le reconoce, pero el deseo no resulta bien librado. Conocido el truco, pierde su gracia. Nietzsche es el niño que abuchea al mago de la fiesta para jugar él sólo con la varita mágica. Nosotros decimos: todo es ilusión. Sólo es real el deseo. Pero el deseo funciona únicamente cuando considera que la ilusión no lo es. El deseo se desea a sí mismo a condición de creer que desea algo real. Ahora solamente desea desearse, sin mediación de un mundo real. Pero entonces, no puede desear ya nada.

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